Actualizado el miércoles 15/AGO/18

Conociendo a Jesucristo

Jesús, el Amor eterno. 

Si Dios es amor, como dice el Apóstol, entonces Jesús, que es Dios, es amor.

Jesús solo pide amor como correspondencia a su infinito amor hacia nosotros, los hombres, y en cambio muchas veces recibe desprecios y ultrajes.

Llegará el momento en que Jesús, indignado por tanto amor rechazado, gritará desde el cielo y preguntará a la humanidad por qué no lo ha amado.

Es triste cuando uno ama y no encuentra correspondencia del ser amado. Así también le sucede a Jesús, que ama infinitamente a los hombres, a todos los hombres, y de muchos, muchísimos de ellos, recibe solo frialdad y odio.

Jesús va guiando nuestras vidas, y las guía con amor. Y aunque a veces nos parezca que Jesús tiene mano dura con nosotros, porque nos suceden desgracias o accidentes, penas y contrariedades, no tenemos que perder de vista que todo lo que quiere o permite Jesús en nuestras vidas es por puro amor suyo, ya que todo lo que hace Dios es movido por amor, incluso cuando castiga, lo hace amorosamente, no para aniquilar sino para levantar del lodo y perfeccionar en la virtud.

Entonces lo que tenemos que hacer es amar mucho a Jesús, y se lo demostramos con nuestra ilimitada confianza en Él, que lo recompensa de tanta desconfianza, incluso de las almas elegidas por Él.

¡Alabado sea Jesucristo!

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Hoy más que nunca es necesario conocer a Jesucristo, para amarlo más, ya que nadie puede amar lo que no conoce.

Esta sección creada el 1 de abril de 2010, Jueves Santo de la Cena del Señor, estará dedicada a dar a conocer a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y a hacerlo amar por muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

Ojalá estos textos nos enciendan el amor a Jesucristo y, como el apóstol San Juan, reclinemos nuestra cabeza sobre el pecho de Jesús y así vivamos felices en esta tierra, hasta ir a gozar un día del Señor en el Cielo, para siempre.

Encomiendo esta sección a la Virgen Santísima, la que mejor conoció a Jesucristo; que Ella nos guíe en esta noble y necesaria, más aún, vital tarea de conocer al Señor.

¡Alabado y adorado sea Jesucristo!