Actualizado el martes 28/AGO/18

De pecadores a santos

Tener misericordia. 

Debemos tener misericordia con todos los hombres, porque si hemos sido grandes pecadores, entonces sabremos por experiencia lo débiles que somos los hombres ante la tentación. Si somos justos, entonces sabremos por la Sabiduría que reside en nosotros, ¡qué fácil es que la naturaleza humana ceda a las tentaciones!

Cuando veamos a alguien que peca, pensemos: Quizás esa persona ha sufrido mucho en su vida y reacciona así, quizás le ha faltado amor.

Hay miles de atenuantes que Dios puede conocer y que nosotros no conocemos, y por lo tanto no debemos juzgar, porque no sabemos por qué las personas actúan de una u otra manera.

Recordemos siempre que si nosotros tenemos la gracia de no cometer ya faltas y pecados graves, no es sólo por mérito nuestro, sino más bien porque Dios nos sostiene con su gracia, de modo que si Él nos dejara de su mano, caeríamos en los pecados más graves y humillantes.

Aprendamos de la Santísima Virgen, que por ser criatura purísima detestaba el pecado, pero no juzgó a los pecadores, y fue compasiva y amorosa con todos, e incluso si el mismo Satanás le pidiera perdón, Ella lo perdonaría; cosa que nunca ocurrirá pues el demonio jamás se humillará, ya que está confirmado en el pecado y en la soberbia.

Seamos también nosotros buenos con todos, compasivos, y recordemos que lo que hoy somos tal vez no lo seamos mañana, porque como dice el apóstol: Quien está de pie, cuide de no caer. Y tampoco juzguemos a los pecadores, porque quien hoy es un gran pecador, tal vez mañana sea un grandísimo santo.

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Esta sección es creada el 22 de Julio de 2011, memoria de Santa María Magdalena, que según la Sagrada Tradición es la pecadora pública que lavó los pies a Jesús con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos, llorando por sus muchos pecados, y a quien Jesús perdonó mucho, porque mucho amó.

Dedicada a los que fuimos, somos o seremos pecadores, para que no desconfiemos de la Misericordia de Dios y tomemos impulso para alcanzar la santidad a la que Dios nos llama.