(Sección especialmente dedicada a los Apóstoles de la Divina Misericordia)

Actualizado el viernes 13/OCT/17

Fragmento del Diario de Santa Faustina Kowalska,
"La Divina Misericordia en mi alma", con comentario

Tinieblas y tentaciones.  

77  Mi mente estaba extrañamente obscurecida, ninguna verdad me parecía clara.  Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una roca.  No lograba sacar del corazón ni un solo sentimiento de amor hacia Él.  Cuando con un acto de voluntad trataba de permanecer junto a Dios, experimentaba grandes tormentos y me parecía que con ello causaba una ira mayor de Dios.  No podía absolutamente meditar tal y como meditaba anteriormente.  Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada.  Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia.  Trataba de leer despacio, frase por frase y meditar del mismo modo, pero fue en vano.  No comprendía nada de lo que leía.  Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria.  Cuando iba a la capilla por algunos ejercicios espirituales, siempre experimentaba aun más tormentos y tentaciones.  A veces, durante toda la Santa Misa luchaba con los pensamientos blasfemos que trataban de salir de mis labios.  Sentía aversión por los santos sacramentos.  Me parecía que no sacaba ninguno de los beneficios que los santos sacramentos ofrecen.  Me acercaba [a ellos] solamente por obediencia al confesor y esa ciega obediencia era para mi el único camino que debía seguir y [mi] tabla de salvación.  Cuando el sacerdote me explico que ésas eran las pruebas enviadas por Dios y que, “con el estado en que te encuentras no sólo no ofendes a Dios, sino que le agradas mucho, (33) es una señal que Dios te ama inmensamente y que confía en ti, porque te visita con estas pruebas.”  No obstante esas palabras no me consolaron, me parecía que no se referían en nada a mí.  Una cosa me extrañaba.  A veces cuando sufría enormemente, en el momento de acercarme a la confesión, de repente todos estos terribles tormentos cesaban; pero cuando me alejaba de la rejilla, todos esos tormentos volvían a golpearme [con] mayor furia.  Entonces me postraba delante del Santísimo sacramento y repetía esas palabras: Aunque me mates, yo confiaré en Ti [65].  Me parecía que agonizaba en aquellos dolores.  El pensamiento que más me atormentaba era que yo era rechazada por Dios.  Luego venían otros pensamientos: ¿Para que empeñarme en las virtudes y en buenas obras?  ¿Para que mortificarme y anonadarme?  ¿Para que hacer votos?  ¿Para que rezar?  ¿Para que sacrificarme e inmolarme?  ¿Para que ofrecerme como victima en cada paso?  ¿Para que, si ya soy rechazada por Dios?  ¿Para que estos esfuerzos?  Y aquí solamente Dios sabe lo que ocurría en mi corazón.  

78   Terriblemente atormentada por estos sufrimientos entré en la capilla y de la profundidad de mi alma dije estas palabras:  Haz conmigo, Jesús, lo que Te plazca.  Yo Te adoraré en todas partes.  Y que se haga en mi Tu voluntad, oh Señor y Dios mío, y yo glorificaré Tu infinita misericordia.  Después de este acto de sumisión cesaron estos terribles tormentos.  De repente vi. a Jesús que me dijo:  Yo estoy siempre en tu corazón.   Un gozo inconcebible inundó mi alma y [llenó] de gran amor de Dios que inflamó mi pobre corazón.  Veo que Dios nunca permite [sufrimientos] por encima de lo que podemos soportar.  Oh, no temo nada; si manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aun mayor, aunque no la notamos para nada.  Un solo acto de confianza en tal momento da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración.  Ahora veo que si Dios quiere mantener a un alma en la oscuridad, no la iluminará ningún libro ni confesor. 

Comentario: 

El Señor hace su obra en las almas. Si le da al alma una gran prueba, también le dará las gracias necesarias para que salga vencedora de ella. Por eso debemos siempre confiar, confiar, confiar en Dios que está siempre con nosotros, aún en los momentos en que nos parece que Él está lejos y nos ha rechazado y estamos condenados. Jesús también en la Cruz padeció este tormento de sentirse separado para siempre de Dios su Padre y esto fue lo que lo hizo morir tan rápidamente. Cuando uno ama mucho a Dios ¡qué terrible es creerse separado para siempre de Él! Es propiamente el infierno. Por eso confiemos en Dios y no dudemos que nos ama con un amor infinito y quiere siempre nuestro bien. En la oscuridad tomémonos de la mano de María y enfrentemos la noche terrible que se nos presenta.

Jesús, en Vos confío.

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