Actualizado el martes 19/DIC/17

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 83.

 

Navegando con un grupo de amigos, don Tristán de Arellano, pariente próximo del Virrey, por los años de 1610, en Méjico de la Nueva España, les sobrecogió de repente un recio huracán, que volcó la embarcación, cogiendo a todos bajo ella, por lo cual perecieron ahogados todos los tripulantes quedando con vida únicamente don Tristán de Arellano.

Él, al ver cómo se hundía, acudió al punto, con gran fe, a nuestra Madre Santísima del Carmen, cuyo Escapulario vestía con gran devoción desde muy niño y por cuyo medio esperaba ser socorrido y salvado por nuestra Señora.

Y, en efecto, manifestó haber estado bajo el agua más de media hora, en la cual, lleno de aflicción y congoja estrechaba contra su corazón el bendito Escapulario de María, haciendo innumerables promesas a la Santísima Virgen si le sacaba con bien de tan terrible trance.

Por fin, tras larga espera de luchar con el viento y el agua, que a él se le antojaran siglos, acudiendo varias canoas en su auxilio, logró al fin su deseada salvación, hallando, con gran estupor suyo y de sus salvadores, que, aunque todos sus vestidos estaban empapados, el Santo escapulario permanecía seco.

Tan pronto como logró hallarse en tierra, voló al convento de los Carmelitas y, postrado ante el altar de la Virgen, hizo promesa de abandonar el mundo y consagrarse a la Santísima Virgen como hermano de obediencia para rendirle toda su vida perennes acciones de gracias a la Madre dulcísima que le librara de una muerte temporal y eterna mediante su milagroso y bendito Escapulario.

 

Ejemplo 84.

 

El valiente Don Juan de Austria, digno de eterno recuerdo por su victoria inmortal en Lepanto, navegaba para el puerto de Nápoles con cinco galeras y un galeón. En plena navegación y en mar abierto, les sorprendió furiosa tempestad, que zarandeaba sin tregua los frágiles cascos de las embarcaciones. Creció la tempestad. Los peligros se multiplicaban por instantes; galeras frágiles, de costuras mal calafateadas, hacían agua por mil sitios; la vía de agua, fatalmente, acabaría por hundir al nao.

En el crítico instante, el capitán Pedro de Luna, en presencia de toda la tripulación, saca del pecho el santo Escapulario, hinca sus rodillas, mientras lo besa con fervor, prometiendo ir como peregrino al Santuario de la Madonna Bruna del Carmine de Nápoles si la Señora les salva de tan inminente riesgo, por la virtud de su Santo Escapulario.

Como en otro tiempo las aguas del Tiberíades se calmaran al imperio de la voz de Cristo, así también en la Galera de D. Juan cesó de entrar agua por la vía abierta en el costado. La Virgen del Carmen hizo el milagro; un pez de gran tamaño se había introducido en el agujero del casco salvando a la tripulación.

Un barquito de plata y el Escapulario del capitán Pedro de Luna, colgados como exvotos en el templo de nuestra Madre del Carmen, en Nápoles, recordaron durante varias centurias el milagro obrado por la Virgen Santísima mediante su bendito Escapulario.

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