Actualizado el miércoles 9/AGO/17

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 78.

 

El P. Bartolomé de la Ascensión refiere un prodigioso caso que la Virgen obró con un muchacho de unos catorce años, el cual determinó su vocación al Carmelo.

Navegando en una embarcación, desde el puerto de Acapulco a las Islas Filipinas, cayó el joven al mar, siendo la marejada tan recia, la tormenta tan imponente y las olas tan bravías, que no le podían socorrer en manera alguna.

Haciendo algunas diligencias para favorecer, movidos más bien por la compasión y piedad que de esperanza alguna de su remedio, vieron con pasmo y admiración los tripulantes, que el muchacho iba delante de la nave cual si anduviese a pie firme sobre las olas.

Procuraron como pudieron meterle luego dentro de la embarcación, y, viendo no traía otra cosa sobre el cuerpo sino el santo Escapulario de la Virgen del Carmen, preguntáronle con curiosidad que cómo había estado tanto tiempo bajo el agua sin ahogarse, a lo cual respondió que la Santísima Virgen del Carmen, de quien era el bendito Escapulario que él llevaba desde muy niño, con gran amor, le había librado de una muerte cierta sosteniéndole con su propia mano y confortándole con sus palabras llenas de piedad y de dulzura.

Con tal motivo, hizo el voto de tomar el santo hábito del Carmen y consagrarse a María Santísima para servirla como amante hijo toda su vida, lo que realizó cuando pisó tierra firme, siendo en la Orden un modelo de perfección.

 

Ejemplo 79.

 

En 1940, un marino, encanecido en salitres y algas de todos los mares, narró este hecho: En cierta ocasión la mar embravecida nos lanzaba a las costas africanas, amenazando estrellarnos contra una escollera. Una ola gigante arrastró a un joven grumete. El mayor de mis hijos, un hércules y un experto nadador, en un acto de caridad heroica, me dijo, santiguándose:

–“Padre, voy a por él”.

Al mismo tiempo que yo le gritaba:

–“¿Llevas puesto el Escapulario?”

–“Sí, padre”, contestó, lanzándose desde la proa… Los momentos fueron de indecible angustia.

De rodillas sobre cubierta, juntamente con mi hijo el menor, contemplábamos, asidos fuertemente a las maromas de la nave, los esfuerzos titánico y desesperados que hacía mi pobre hijo por llegar hasta el desdichado grumete, que estaba a punto de perecer.

Puse toda mi confianza en nuestra Madre bendita del Carmen y le hice una promesa: comprar una imagen suya para que fuese venerada de estas gentes sencillas, buenas y creyentes; y el primer atún que pescase cada año fuese íntegro para fomentar su culto y su devoción.

Todo fue en un abrir y cerrar de ojos. Vi rasgarse una nube y, en un rompimiento como de gloria, la contemplé embelesado, extendiendo hacia mi pobre hijo su bendito Escapulario.

Ya, entonces, nada temí; no sentía ni congoja ni ansiedad, estaba tranquilo y seguro de que se salvaría. No hacía otra cosa que rezar maquinalmente y de rutina la Salve, pero con una dulzura que parecía relamerme con miel de los labios. Un minuto después, mi hijo traía consigo la preciosa carga del grumete salvado y se echaba en mis brazos, diciéndome:

–“¡La Virgen me ha salvado!”

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