Actualizado el sábado 29/SEP/18

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 6

 

El autor del libro La Virgen del Carmen – Historia y Culto conoció el siguiente caso. Un general argentino no tenía fe; su mujer, terciaria carmelita, siempre rezaba por la conversión de su marido.

Un día, el militar estuvo al borde de la muerte. Su esposa corrió a la iglesia del Carmen a buscar un sacerdote que convenciera al enfermo de que se arrepintiera y se acercase a Dios. Llegó el Padre, pero todo fue inútil. Antes de marcharse le preguntó al enfermo si aceptaba recibir el santo Escapulario para que la Virgen lo protegiera. Ante su respuesta afirmativa, el Padre le impuso el Escapulario y se marchó.

Al cabo de un tiempo, el enfermo llamó a su señora y le pidió que fuese al Carmen y trajese al Padre que había estado allí. Su mujer lo hizo rápidamente. El enfermo le dijo al sacerdote que deseaba confesarse y comulgar. Lo hizo muy arrepentido. Durante los pocos días que vivió, varias veces recibió la Comunión y al final todos los sacramentos. Murió con esperanzas de salvación, pues todos los que mueren con el Escapulario se salvan.

 

Ejemplo 7

 

Otro suceso similar narra Monseñor Vicente Enrique Tarancón. Este eclesiástico fue obispo de Solsona, arzobispo de Toledo y finalmente Cardenal de Madrid. Con ocasión del séptimo Centenario del Escapulario, escribió una Carta Pastoral desde Solsona. Allí relata lo siguiente:

“Era el mes de junio de 1938 (...) Tenía que asistir espiritualmente a unos condenados a muerte (...) Había uno, entre todos, que llamaba poderosamente la atención (...) Fui allá, muy atentamente, estuve hablando con él un buen rato (...) pero mi desilusión fue terrible, cuando, después de hablar con él por más de media hora, me dijo estas palabras textuales: ‘Mire, Padre, yo le agradezco sinceramente lo que usted está haciendo por mí, pero le suplico que no insista; desde ahora le puedo asegurar que no he de confesarme’. Quedé aturdido de momento, sin saber qué decir. Pero inspirado, sin duda, por la Virgen María, me atreví a proponerle: ‘¿Me haría usted un favor?’. ‘El que usted quiera’, me contestó, ‘con tal de que usted no me confiese’. ‘¿Me permitiría’, añadí, ‘que le impusiese el Santo Escapulario?’. ‘No tengo inconveniente’, me dijo (...).

“Le impuse acto seguido el Santo Escapulario del Carmen y me retiré enseguida a orar por él a la Virgen Santísima. Aún no habían pasado cinco minutos, cuando aquel hombre se me echó encima, llorando inconsolablemente, y me decía: ‘Quiero confesarme, la Virgen me ha salvado’; ante el asombro y la admiración de todos los presentes, se confesó sin dejar de derramar lágrimas”.

 

***

 

En cambio, cuán diversa es la suerte eterna de quien no quiere salvarse. En la guerra de liberación de España contra el comunismo ateo, varios criminales fueron justamente condenados a muerte. El Padre carmelita que los asistía logró confesarlos y los puso bajo la protección de la Virgen, imponiéndoles el Santo Escapulario; hubo uno que se resistió desde el primer momento a recibir los sacramentos, renegando de Dios. Llegado el último instante, el padre carmelita echa sobre el cuello del pobre renegado el Escapulario, pensando en la misericordia de la Virgen. La ráfaga de la ametralladora siega esas vidas. Todos caen a tierra llevando con el Escapulario la protección de María, menos uno, el infeliz renegado, porque la misma descarga lanzó de su pecho ese signo bendito de su protección maternal.

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