Actualizado el viernes 21/SEP/18

Ejemplos de la protección de la Medalla de San Benito

 

Preservación en los peligros

 

Ejemplo 47

 

En julio de 1859, en París, el Sr. M... pasaba por la avenida Gabrielle montado en un caballo asustadizo. Al llegar al fondo del jardín del Elysée, uno de los jardineros estaba regando los canteros. Un carro cargado de leña estaba parado en ese lugar, a causa de un accidente que había hecho caer por tierra al caballo. El chorro de agua de la bomba espantó al caballo del Sr. M...; el animal retrocedió bruscamente una distancia de ocho metros. El jinete lo hizo volver adelante y gritó al jardinero: “¡Deje de regar!”; pero el jardinero no hizo caso y el caballo retrocedió nuevamente con el jinete. Finalmente, estimulado por el látigo y las espuelas, pasó al galope apartándose, pero se chocó tan violentamente contra el carro que se rompieron los dos arreos laterales y el estribo de acero se torció. M..., al percibir el peligro, soltó el pie del estribo; pero al inclinarse hacia la derecha, a fin de esquivar el choque, perdió el equilibrio y fue lanzado por encima de la cabeza del caballo, que saltó a su vez sobre el jinete extendido en el suelo sin siquiera tocarlo. El chorro de agua había asustado tanto al animal, que, por más que el jinete tratara de volverlo hacia el lado opuesto, el caballo se lanzaba precipitadamente sobre el carro, con la naturalidad con la que se hubiera disparado en una planicie. El jinete, que llevaba la medalla de San Benito, se levantó sin ninguna herida, sintiéndose sólo ligeramente cansado. El caballo necesitó un tratamiento de doce días para recuperarse de la peladura causada por la rodada en el anca y en el flanco. El estribo se mandó arreglar a un talabartero de la calle Suresnes, a quien algunos testigos del accidente manifestaron su vida sorpresa por el hecho de que el jinete se hubiera levantado sin ningún rasguño.

 

Ejemplo 48

 

En la primavera de 1861, un individuo estaba esperando el coche frente a su oficina en la calle Royale-Saint-Honoré, cuando vio bajar rápidamente un vehículo de alquiler, que paró de repente en medio de la calle, a pocos metros de él. Los dos caballos que conducían ese coche se pusieron atravesando la calzada y cada uno trataba de arrastrarlo por su lado. Por más que el cochero les pegaba vigorosamente con el látigo, no conseguía coordinarlos. Cada cual siguió tirando en direcciones opuestas, poniendo el coche en riesgo de chocar contra cualquier otro, pues a esa hora la afluencia de vehículos era muy intensa. Los pasajeros preocupados, asomaron la cabeza pensando en bajar. El cochero estaba desesperado. Un católico fervoroso, apenas constató la inquietud de todos, se dirigió a un changador conocido suyo que estaba en la calle, diciéndole: “Ese pobre cochero está en un gran apuro con sus caballos, pero voy a hacerlos caminar; vas a ver que no llevará mucho”. Enseguida, rezó interiormente la fórmula inscripta en la medalla de San Benito. En ese mismo instante, los dos caballos pararon, se pusieron uno junto al otro, y partieron al galope. “¿Qué tal?, dice el liberador a su vecino, ¿qué te parece el método?” “¡caramba! ¡sí que es bueno!”, respondió el otro, abriendo grandes ojos, como quien espera una explicación, que por motivos particulares, desafortunadamente, no fue posible darle.

 

Ejemplo 49

 

En una casita aislada, a cierta distancia de Rennes, vivía una pobre mujer, que acababa de perder a su marido. Conociendo el miedo que le inspiraba habitar sola aquella casa, una piadosa persona de esta ciudad le dio la medalla de San Benito, como medio de protección. En 1862 un bandido, que había sido liberado después de cumplir su sentencia, recorría la región; se le ocurrió la idea de incendiar la casita, con el objetivo de atraer a los campesinos vecinos y así tener una buena ocasión de robar sus casas, que quedarían sin vigilancia. La viuda, que en ese momento estaba en la casa de un vecino, siente de repente una inquietud extraordinaria y dice que necesita volver inmediatamente a su casa. Llega allí de prisa y ve salir una nube de humo de su pequeño establo. Al mismo tiempo avista un hombre que parecía huir a través del campo. Sin pensar en lo que hacía, sale corriendo detrás de él y reconoce a un vagabundo a quien poco antes diera de beber. Mientras lo persigue, lanza gritos que despiertan la atención del vecino, éste sale con sus empleados y reconoce en el fugitivo a un malhechor que lo había atacado de noche algún tiempo antes. No fue difícil prender al miserable y entregarlo a la justicia. Condenado nuevamente a catorce años de prisión con trabajos forzados, confesó ante las autoridades los esfuerzos hechos para incendiar la casita y declaró que al no conseguirlo, había tirado un haz de espigas encendido en el establo y luego había emprendido la huida. Esa tentativa de incendio no tuvo resultado ni en el establo ni en el resto de la casa.

 

Ejemplo 50

 

En abril de 1864, el Sr. D..., de Tours, contó que cuando estaba haciendo una cura de aguas termales en Bourbon-Lancy, uno de los veranos anteriores, un rayo cayó sobre una casa, reduciéndola a cenizas. Sólo un cuarto, habitado por dos muchachas, se salvó, sin que pudiera explicarse el prodigio. Toda la ciudad fue a observar el fenómeno. El Sr. D... también fue en compañía de algunos veraneantes. Después de examinar el lugar y oír el relato de los habitantes, no tuvo la menor duda de que se trataba de una intervención sobrenatural. Hasta le pareció que San Benito no podía ser ajeno al hecho, y sacando del bolsillo una medalla del santo Patriarca se la ofreció a las jóvenes. Apenas la vieron, exclamaron: “¡Pero si nosotras ya tenemos esa medalla! Ayer nuestro hermano, cuando fue a dar de beber a los caballos, se encontró con alguien que tenía esas medallas; le pidió una para nosotras sabiendo que nos gustaría tenerlas, y nos la dio justo algunos minutos antes de que empezara la tempestad”.

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