Actualizado el miércoles 13/DIC/17

Formación católica

El que no vive como piensa...

Dice el dicho que “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”. Es decir que el que no lleva a la práctica lo aprendido, la buena doctrina; terminará pensando según su forma de vivir pecaminosa, cambiando las ideas buenas y cristianas, por el paganismo.

En la vida espiritual no hay términos medios, o se crece y avanza, o se retrocede y decrece.

También puede decirse lo mismo de la vida de formación: o tratamos de formarnos cada día más, no sólo con los libros sino meditando cada hecho de nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios, o terminamos por pasar horas y horas frente al televisor, siendo cada vez más absorbidos por la estupidez y frivolidad.

Tenemos una sola vida, y en ella debemos aprender a ver las cosas como las ve Dios. Todo lo demás es un desperdicio de tiempo y energías, porque lo que no nos lleve a un mayor conocimiento de Dios, para así poder amarlo más y servirlo mejor, es tiempo y energías perdidos.

Vemos que Jesús, en sus parábolas y enseñanzas, tomaba ejemplos de la vida cotidiana. Porque para el sabio, hasta las cosas más sencillas y comunes de la vida le dejan una enseñanza que lo hace más sabio todavía.

Así que no se trata de leer muchos libros y estudiar más filosofía, sino más bien en saber ver las cosas que nos pasan a través de la Sabiduría de Dios, con la Palabra de Dios en el corazón, y por supuesto con la gracia de Dios en el alma, porque si vivimos en pecado mortal, nunca llegaremos a ser verdaderamente sabios.

 

 

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Necesidad de la formación

No basta con llevar una intensa vida interior. Si deseamos que nuestra vida espiritual no degenere en "sensiblería", se requiere una seria formación en el campo de la doctrina. Cristo es Vida pero también es Verdad y Camino. Si unimos la "vida espiritual", la "verdad doctrinal" y el "obrar moral", seremos sin duda fieles y enteros discípulos de Cristo.

Todos los cristianos, sobre todo los que anhelan ser militantes, tienen la grave obligación de conocer lo mejor posible las verdades de la Fe. No se puede amar lo que se desconoce. En este sentido exhortaba San Gregorio Magno: "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor aspires a las cosas eternas." Debemos frecuentar las Sagradas Escrituras, los escritos de los Padres de la Iglesia, los documentos del Magisterio eclesiástico, las obras de los doctores de la Iglesia (especialmente Santo Tomás de Aquino), los libros de los santos y grandes maestros de la moral, el dogma y la espiritualidad. Sólo acudiendo a estos faros seguros de la fe no caeremos en las modernas celadas de los falsos profetas que promueven el cambio en la fe, la duda o el agnosticismo.