Actualizado el jueves 6/SEP/18

Formación católica

No juzgar.

El Señor nos ha mandado en el Evangelio a que no juzguemos a nadie, puesto que no sabemos por qué, determinada persona, actúa de una forma o de otra, ya que el corazón lo conoce sólo Dios.

¡Cuántos que parecían tan santos en la tierra, ahora están ardiendo en el Infierno! ¡Y cuántos otros que fueron tratados como pecadores, ahora gozan del Paraíso!

Éste es un secreto que el Señor nos quiso revelar: “No juzguéis para no ser juzgados”.

Tenemos que saber aprovechar este secreto, que si bien no es secreto, no lo aprovechamos puesto que no lo cumplimos.

Pensemos un poco. Si no juzgamos al prójimo, entonces Dios no nos juzgará tampoco a nosotros. ¿Hay algo más consolador que esta verdad, nosotros que le tememos tanto al juicio particular y al Juicio Final?

Nosotros mirémonos a nosotros mismos y con nosotros seamos jueces severos. Pero para los demás tengamos toda la indulgencia y hagamos la “vista gorda”, miremos para otro lado, compadezcamos, sabiendo que si nosotros no caemos en esos pecados o maldades, es simplemente porque Dios nos sostiene, que si nos dejara de su mano, caeríamos en pecados peores que esos.

 

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Necesidad de la formación

No basta con llevar una intensa vida interior. Si deseamos que nuestra vida espiritual no degenere en "sensiblería", se requiere una seria formación en el campo de la doctrina. Cristo es Vida pero también es Verdad y Camino. Si unimos la "vida espiritual", la "verdad doctrinal" y el "obrar moral", seremos sin duda fieles y enteros discípulos de Cristo.

Todos los cristianos, sobre todo los que anhelan ser militantes, tienen la grave obligación de conocer lo mejor posible las verdades de la Fe. No se puede amar lo que se desconoce. En este sentido exhortaba San Gregorio Magno: "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor aspires a las cosas eternas." Debemos frecuentar las Sagradas Escrituras, los escritos de los Padres de la Iglesia, los documentos del Magisterio eclesiástico, las obras de los doctores de la Iglesia (especialmente Santo Tomás de Aquino), los libros de los santos y grandes maestros de la moral, el dogma y la espiritualidad. Sólo acudiendo a estos faros seguros de la fe no caeremos en las modernas celadas de los falsos profetas que promueven el cambio en la fe, la duda o el agnosticismo.