Actualizado el jueves 7/DIC/17

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio

7. POBREZA DE MARÍA

 

1. María, seguidora de Jesús

 

Nuestro amado Redentor, para enseñarnos a desprendernos de los bienes efímeros, quiso ser pobre en la tierra. “Por vosotros se hizo pobre siendo rico, y con su pobreza todos hemos sido enriquecidos” (2Co 8, 9). Por eso Jesús exhortaba al que quería seguirle: “Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y ven y sígueme” (Mt 19, 21).

La discípula más perfecta y que mejor siguió su ejemplo fue María. Es de opinión san Pedro Canisio que la Santísima Virgen, con la herencia dejada por sus padres hubiera podido vivir cómodamente, pero quiso quedar pobre reservándose una pequeña porción y dando todo lo demás en limosnas al templo y a los pobres. Se cuenta en las revelaciones de santa Brígida que le dijo la Virgen: Desde el principio resolví en mi corazón no poseer nada en el mundo. Los regalos recibidos de los Magos serían ciertamente valiosos, afirma san Bernardo, como convenía a su regia majestad, pero se distribuirían a los pobres por manos de san José.

Por amor a la pobreza no se desdeñó en casarse con un trabajador como lo era José y en sustentarse con el trabajo de sus manos, como coser y cocinar. Reveló el ángel a santa Brígida que las riquezas de este mundo eran para María como el barro que se pisa. Y así vivió siempre pobre.

 

2. María nos enseña a amar la pobreza

 

Quien ama las riquezas, decía san Felipe Neri, no llegará a ser santo. Y afirmaba santa Teresa: Es claro que va perdido quien camina tras cosas perdidas. Por el contrario, decía la misma santa que la virtud de la pobreza abarca todos los demás bienes. Dije “la virtud de la pobreza”, que, como dice san Bernardo, no consiste en ser pobre, sino en amar la pobreza. Por eso afirma Jesucristo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). Bienaventurados porque no quieren otra cosa más que a Dios y en Dios encuentran todo bien y encuentran en la pobreza su paraíso en la tierra, como lo entendió san Francisco al decir: “Mi Dios y mi todo”. Amemos ese bien en el que están todos los bienes, como exhorta san Agustín: Ama un bien en el que están todos los demás. Y roguemos al Señor con san Ignacio: Dame sólo tu amor, que si me das tu gracia soy del todo rico. Y cuando nos aflija la pobreza, consolémonos sabiendo que Jesús y su Madre santísima han sido pobres como nosotros. Dice san Buenaventura: El pobre puede recibir mucho consuelo con la pobreza de María y la de Cristo.

Madre mía amantísima, con cuánta razón dijiste que en Dios estaba tu gozo: “Y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, porque en este mundo no ambicionaste ni amaste otro bien más que a Dios. Atráeme en pos de ti. Señora, despréndeme del mundo y atráeme hacia ti para que ame al único que merece ser amado. Amén.

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