Actualizado el miércoles 2/MAY/18

La infancia espiritual

Buen corazón 

Los niños, en general, tienen buen corazón, especialmente los niños pequeños. Y nosotros, si queremos ser como niños, debemos también tener un buen corazón. ¡Cuánto ama Dios a los hombres y mujeres de buen corazón! Eso es en definitiva lo que quiere Dios, que no seamos duros. ¿Qué hubiera pasado si en Belén, la Nochebuena, el posadero o alguna de las casas de Belén, se hubieran abierto al hospedaje de María y José? Seguramente la historia sería otra y esa persona y esa casa habrían pasado a la historia como modelo de bondad. Pero no, no fue así, y muchos que vivían en ese momento desperdiciaron esa gran oportunidad, única oportunidad de alojar a la Sagrada Familia y de ser instrumentos de bien y de providencia. Pero eso también sucede hoy en día porque, como dice el Apóstol, hay que practicar la hospitalidad porque algunos, sin saberlo han dado alojamiento a los ángeles. Seamos buenos, tengamos entrañas de misericordia y, aunque cometamos pecados y seamos imperfectos, todo quedará perdonado porque somos personas de buen corazón, y Dios ve el corazón.

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En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños." (Mt 11, 25)

En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: "¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?" Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: "Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos." (Mt 18, 1-4)

Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orara; pero los discípulos les reprendían. Mas Jesús les dijo: "Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos." (Mt 19, 13-14)


Mensaje de la Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano:

24 de julio de 1974

Mi triunfo y el de mis hijos.

“Camina en la simplicidad. Yo te llevo de la mano y tú sígueme siempre. Déjate conducir por Mí; déjate alimentar por Mí, déjate mecer por Mí: como un niñito en mis brazos.

Puesto que Satanás hoy ha engañado a la mayor parte de la humanidad con la soberbia, con el espíritu de rebelión a Dios, ahora sólo con la humildad y con la pequeñez es posible encontrar y ver al Señor.

Causada por la rebelión contra Dios, por este orgullo que sólo proviene de Satanás, es la oleada de la negación de Dios, del ateísmo que amenaza verdaderamente con seducir a gran parte de la humanidad.

Este espíritu de soberbia y de rebelión ha contaminado también a una parte de mi Iglesia. Engañados y seducidos por Satanás, aun aquellos que deberían ser luz para los demás, ahora no son más que sombras que caminan en la obscuridad de la duda, de la incertidumbre, de la falta de fe.

Ya dudan de todo. ¡Pobres hijos míos, cuanto más ustedes busquen solos y con sus propias fuerzas la luz, tanto más caerán en la obscuridad!

Hoy es necesario volver a la simplicidad, a la humildad, a la confianza de los pequeños, para ver a Dios. Para lo cual Yo misma me estoy preparando este escuadrón: mis Sacerdotes, a quienes haré cada vez más pequeños para que puedan ser colmados de la luz y del amor de Dios.

Humildes, pequeños, abandonados y confiados, todos se dejarán conducir por Mí. Su débil voz tendrá un día el clamor de un huracán, y uniéndose al grito de victoria de los Ángeles, hará resonar en todo el mundo el potente grito: “¿Quién como Dios? ¿Quién como Dios?”

Será entonces la definitiva derrota de los soberbios y el triunfo mío y de mis pequeños hijos.”