Actualizado el martes 1/MAY/18

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

2. Del hombre de Obras, sin la Vida interior

Esta frase lo caracteriza: Si aún no llegó al estado de tibieza, llegará fatalmente. Ese estado de tibieza, no de sentimiento ni fragilidad, sino de voluntad, es un pacto hecho con la disipación y la negligencia habitualmente consentida o no combatida, y un pacto con el pecado venial deliberado, y, por consiguiente, es privar al alma de la seguridad de su salvación y disponerla al pecado mortal.

Tal es la doctrina de San Alfonso acerca de la tibieza, que con toda claridad ha desarrollado su discípulo el P. Desurmont .

¿Por qué el hombre de obras cuando carece de vida interior va a parar necesariamente a la tibieza? Decimos necesariamente y para probarlo nos serviremos de las palabras que un Obispo misionero dirigía a sus sacerdotes; palabras terribles que brotaban de un corazón devorado por el celo en favor de las obras y de un espíritu con tendencia al quietismo: "Es preciso -decía el cardenal Lavigerie-, adquirir esta firme persuasión. Para un apóstol no hay otra elección que ésta: O la santidad completa, al menos de deseo, trabajando para alcanzarla, o la perversión más absoluta".

Teniendo en cuenta los gérmenes de corrupción que la concupiscencia deposita constantemente en nuestra naturaleza, la guerra sin cuartel que nos hacen nuestros enemigos interiores y exteriores y los peligros que nos cercan por todas partes, representémonos la situación de un alma entregada al Apostolado, sin defensa contra los peligros que la acechan.

X... desea consagrarse a las Obras. Desde luego carece de experiencia. Su inclinación al apostolado nos permite imaginarlo lleno de ardor, de carácter vivo, ávido de trabajar y acaso de luchar también. Lo suponemos de conducta intachable, piadoso y hasta devoto, con una devoción más sentimental que sólida, que no refleja a un alma resuelta a buscar en todo exclusivamente la voluntad de Dios, sino más bien es signo de una rutina, resto de hábitos piadosos. 

La oración, si la hace, es una especie de divagación y la lectura espiritual un ejercicio de curiosidad, sin influencia real en su conducta. Acaso el mismo Satanás, haciéndole tomar por sentimiento de la vida interior lo que no es sino una ilusión de gusto artístico, provoca en él el paladeo de las lecturas que tratan de las vías extraordinarias de la unión con Dios, y el entusiasmo por ellas.

Total, que esa alma, aunque de muy buenas costumbres, muy buenas cualidades naturales y con un deseo leal, aunque un poco vago de conservarse fiel a Dios, cuenta con muy poca o ninguna vida interior.

Ya tenemos a nuestro apóstol, lleno de deseos de trabajar, dispuesto a entregarse con el mayor celo a ese ministerio nuevo para él. Pronto, en virtud de algunas circunstancias que originan nuevas ocupaciones (toda persona habituada a las obras puede comprendernos), surgen mil motivos de vivir fuera de sí, mil cebos de su curiosidad, mil ocasiones de pecado, contra las cuales se sintió protegido hasta entonces por la atmósfera tranquila de su hogar, o del seminario, noviciado o comunidad, o al menos por la tutela de un director experimentado.

Esa alma que no está preparada para resistir ninguna clase de asaltos, sentirá crecer su disipación, o despertarse en ella una curiosidad malsana de saberlo todo, mil impaciencias o susceptibilidades, la vanidad, la envidia, la presunción o el abatimiento, la parcialidad o el descrédito y la invasión de todas las flaquezas del corazón y de las formas más o menos sutiles de la sensualidad, que la forzarán a un combate sin tregua ni descanso. Por eso, no le faltarán heridas.

Pero ¿podrá resistir esa alma con su piedad superficial, entregada del todo al gusto excesivamente natural de gastar su actividad y sus talentos en provecho de una causa excelente? Satanás está al acecho, olfateando ya su presa.

Y en vez de dificultar esta satisfacción, la excita con todo su poder.

Llega por fin un día en que advierte el peligro. El Ángel de la Guarda habla al corazón y la conciencia da sus aldabonazos. Urge recobrar el propio dominio, y para ello acudir a la calma de un retiro y tomar la resolución firme de sujetarse a un reglamento, para cumplirlo en todas sus partes, aunque ello exija el abandono de alguna de sus queridas ocupaciones.

Desgraciadamente, es tarde porque el alma ha saboreado ya el placer del triunfo como premio de sus esfuerzos y se contenta con decir: Mañana, mañana...; hoy es imposible; necesito mi tiempo para continuar esta serie de sermones, escribir este artículo, organizar este sindicato o esta sociedad de caridad, preparar esta representación, hacer este viaje, poner al corriente la correspondencia, etcétera, etc. ¡Qué alivio experimenta al tranquilizarse con estos pretextos! Porque el solo pensamiento de enfrentarse con su conciencia, se le hace insoportable. Ha llegado el momento en que Satanás puede, con toda garantía de éxito, trabajar en su obra de perdición en ese corazón convertido en cómplice suyo. El terreno está preparado para ello. Las obras eran una pasión para esa próxima víctima suya; él convertirá la pasión en fiebre. Le parecía insoportable el olvido de aquel tumulto de asuntos para recogerse; el demonio le sugiere que eso es horroroso, perfilando en su alma nuevos proyectos que disfraza muy hábilmente con el santo fin de la gloria de Dios y el bien de las almas.

Y ese hombre, que poco tiempo antes estaba adornado de hábitos virtuosos, va ya de flaqueza en flaqueza, hasta poner el pie en una pendiente que es muy resbaladiza para poder evitar la caída. Y, hecho un desgraciado, persuadido de que toda esta agitación no es conforme al Corazón de Dios, se lanza más locamente que nunca en el torbellino, para ahogar sus remordimientos. Las faltas se acumulan fatalmente. Para esa alma, ya no es más que un escrúpulo despreciable lo que antes perturbaba su recta conciencia. No se recata en decir que es preciso saber ser de su tiempo y luchar contra los enemigos con iguales armas, y para ello preconiza las virtudes activas, despreciando lo que desdeñosamente califica de piedad de otra época. Y como las obras van prosperando y el público las elogia al ver nuevos éxitos, "Dios bendice nuestra obra", exclama el alma engañada, por cuyos pecados tal vez llorarán mañana los ángeles del cielo.

¿Causas de la caída de esa alma en ese estado tan lamentable? la INEXPERIENCIA, la PRESUNCION, la VANIDAD, la IMPREVISION y la COBARDIA. Se lanzó a la ventura a través de los peligros, sin preocuparse de los exiguos recursos espirituales con que contaba, y al agotarse estas reservas de vida interior, se vio en la situación de un nadador que, sin fuerzas para luchar contra la corriente, se deja arrastrar al abismo.

Detengámonos un momento a mirar el camino recorrido y la profundidad del precipicio. Procedamos con orden, contando las etapas.

Primera etapa. El alma ha ido perdiendo, en el supuesto de que las tuvo, la caridad y la fuerza de sus convicciones acerca de la vida y el mundo sobrenaturales, y de la economía del plan y acción de Nuestro Señor en cuanto a las relaciones de la vida interior y las obras del obrero evangélico. Las obras se le presentan como un espejismo alucinante, y la vanidad es el pedestal sutil en que descansa su buena intención: "Qué quieren ustedes, Dios me ha otorgado el don de la palabra, y yo se lo agradezco", decía a sus aduladores un predicador hinchado de vana complacencia, de espíritu nada interior. El alma se busca a sí misma más que a Dios. Su reputación, su gloria y sus intereses personales ocupan el primer plano. La frase Si hominibus placerem, servus Christi non essem , se le antoja completamente vacía.

Aparte la ignorancia de los principios, la AUSENCIA DE BASE SOBRENATURAL que caracteriza a esta etapa, es causada y fomentada por la disipación, el olvido de la presencia de Dios, el abandono de las jaculatorias y de la guarda del corazón, y la falta de delicadeza de conciencia y de reglamentación de vida. La tibieza está a un paso, si no la tiene ya.

Segunda etapa. El hombre sobrenatural, esclavo de su deber y avaro de su tiempo, lo tiene reglamentado, porque sabe que, de no hacerlo así, todo será naturalismo, capricho y vida cómoda de la mañana a la noche.

El hombre de obras, carente de base sobrenatural, no tarda en comprobar lo que acabamos de decir. Por falta de espíritu de fe en el empleo del tiempo, abandona la lectura espiritual; y aunque lea, no estudia. Que los Padres de la Iglesia se preparasen durante la semana para la homilía dominical, pase; pero él prefiere improvisar y estima que sale airoso del paso, a menos que por vanidad no se prepare... Prefiere las revistas a los libros; carece de constancia, limitándose a mariposear. Y es que la ley del trabajo es una gran ley de preservación, de moralización y de penitencia, él la esquiva, malgastando el tiempo y buscando distracciones. Todo lo que sea privarle de su libertad de movimientos, lo encuentra molesto y de pura teoría. No le basta el tiempo de que dispone para todas sus obras y deberes sociales, y para el cuidado de su salud y sus distracciones. Ciertamente, le sugiere Satanás, "tu tiempo está muy recargado de ejercicios de piedad. Meditación, rezo del oficio, misa, actos del ministerio... hay que hacer labor de poda". E invariablemente comienza por acortar la Meditación, o hacerla sin regularidad, hasta que poco a poco, acaso, acaba por suprimirla. Y esto se explica porque, como se acuesta muy tarde, y tiene sus motivos para ello, no puede madrugar ni, levantarse a una hora fija, condición indispensable para hacer la meditación.

Pero si la persona que se dedica a la vida activa abandona la meditación, es como si se pasase con armas y bagajes al enemigo.

Se atribuye a Santa Teresa esta afirmación; "Dadme una persona que haga un cuarto de hora de oración y yo respondo de su salvación". Nosotros no podemos responder de la autenticidad de estas palabras, pero la experiencia que tenemos de las almas sacerdotales y religiosas consagradas a las obras, nos permite creer que todo obrero evangélico que no haga por lo menos media hora diaria de oración seria y metódica, con la leal resolución fundada en su desconfianza y en la confianza en la oración, de practicar algunos actos que le cuesten para desarraigar un defecto o adquirir una virtud, cae irremisiblemente en el estado de tibieza.

No se trata de imperfecciones, sino de una multitud de pecados veniales. Y como desgraciadamente el alma con su conducta se ha incapacitado para vigilar su corazón, la mayor parte de estas faltas resbalan por la conciencia; el alma se encuentra en una situación en que no las ve ya. ¿Cómo podrá combatir aquello que no discierne que es un defecto? Esa enfermedad espiritual que se llama languidez está muy avanzada en esa alma, y es la consecuencia de esta segunda etapa que sé caracteriza por abandono de la ORACIÓN y de todo REGLAMENTO.

Todo está en sazón para la Tercera etapa, cuyo síntoma es la negligencia en el rezo del BREVIARIO.

La oración de la Iglesia, que debía dar al soldado de Cristo fuerza y alegría para ponerse en pie de tiempo en tiempo y, apoyado en Dios, remontarse sobre el mundo visible, se le hace una carga casi insoportable que hay que llevar.

La vida litúrgica, manantial de luz, alegría, fuerza, méritos y gracias para él y sus fieles, no es sino el motivo para cumplir un deber desagradable, que se despacha sin ganas, con todo lo cual va resintiéndose la virtud de la religión, porque la fiebre de las obras ha contribuido a secarla, y el alma sólo aprecia el culto de Dios cuando va revestido de brillantes manifestaciones exteriores. Aquel sacrificio hecho a solas y sin ostentación, pero que nacía de lo más íntimo del corazón, sacrificio de alabanzas, de súplicas, de acción de gracias y de reparación, nada le dice. Antes, al rezar sus oraciones vocales sentía cierto legitimo orgullo al pronunciar la oración In conspectu angelorum psallam tibi , como si se pusiera al nivel de los coros monacales; pero el santuario de esa alma, perfumado anteriormente por la vida litúrgica, se ha convertido en una plaza pública donde reinan el ruido y el desorden. El cuidado excesivo de las obras y su disipación habitual se encargan de aumentar las distracciones, que por otra parte, cada vez se las combate menos. Non in commotione Dominus .

Desapareció la verdadera oración, porque la precipitación, las interrupciones injustificadas, la negligencia, somnolencia, retrasos, el dejarla para última hora con peligro de ser vencido por el sueño... y acaso las omisiones más o menos espaciadas, cambian la medicina en veneno, y el sacrificio de alabanza en letanía de pecados, que acaso lleguen a ser algo más que veniales.

Cuarta etapa. Todo se encadena. El abismo llama al abismo. ¡LOS SACRAMENTOS! se los recibe o administra, desde luego, con el respeto que merecen, pero sin sentir palpitar la vida que contienen. La presencia de Jesús en el Tabernáculo o en el Tribunal de la penitencia ya no hace vibrar hasta el fondo del alma los resortes de la fe. LA MISMA MISA, el sacrificio del Calvario es un jardín cerrado. Queremos creer que el alma no ha bordeado aún el sacrilegio, pero ya no siente como antes el calor de la divina Sangre. Las consagraciones que hace son frías y sus comuniones tibias, entre distracciones superficiales. La familiaridad, la falta de respeto, la rutina y acaso el fastidio están ya acechándole.

El apóstol, así deformado, vive fuera de Jesucristo y ha dejado de ser favorecido con las palabras íntimas que Jesús reserva para sus verdaderos amigos.

No obstante, el celestial Amigo le envía de cuando en cuando un remordimiento, una luz o una llamada. Espera, llama y pide permiso para entrar: Ven a mis brazos, pobre alma herida, ven que yo te curaré. Venite ad me omnes... et ego reficiam vos , porque yo soy tu salvación. Salus tua ego sum . YO he venido a salvar lo que había perecido. Venit filius hominis quaerere et salvum lacere quod perierat . Esta voz tan dulce, tan tierna, discreta e insinuante, produce algunos momentos de emoción y algunas veleidades de portarse mejor, pero como la puerta del corazón apenas está entreabierta, no puede entrar Jesús, y esos buenos impulsos del alma desaparecen. La gracia ha pasado inútilmente y va a convertirse en un acusador del alma. Acaso Jesús, movido a misericordia, para no acumular motivos de cólera santa, va a dejar de llamar a aquella alma: Time Jesum transeuntem et nom revertentem .

Avancemos ahora penetrando hasta el fondo de esa alma, cuya fisonomía estamos bosquejando.

Los pensamientos influyen en la vida sobrenatural tanto como en la vida moral y en la intelectual. ¿Qué pensamientos predominan en esa alma? Los humanos; los terrestres; los vanos, superficiales y egoístas.

Todos ellos van a parar al Yo o a las criaturas, a menudo disfrazados de abnegación y sacrificio.

Con el desorden de la inteligencia, corre parejas el de la imaginación, que es la que debe ser más tenida a raya. Sin embargo, se le deja sin freno alguno, y campa por sus respetos, lanzándose a todos los descarríos y, a todas las locuras, y como poco a poco se abandona el recogimiento de la vista, la loca de la casa encuentra pasto en que cebarse por todas partes.

Avanza el desorden. De la inteligencia y la imaginación, baja a las afecciones. El corazón no se alimenta ya más que de quimeras. ¿Qué va a ser de ese corazón que apenas se preocupa de que Dios reine en él; insensible a las intimidades con Jesús, a la poesía sublime de los ministerios, a las bellezas severas de la liturgia, a los aldabonazos y a los atractivos del Dios de la Eucaristía; en una palabra, a las influencias del mundo sobrenatural? ¿Se concentrará en sí mismo?

Sería un suicidio. Como necesita afectos y no encuentra placer en Dios, amará a las criaturas y quedará a merced de la primera ocasión que se le presente. Se lanza hacia ellas con toda imprudencia y enloquecimiento, sin pensar en los votos que le ligan, ni en los intereses sagrados de la Iglesia, ni siquiera en su reputación. La perspectiva de una apostasía, desde luego, le da escalofríos; pero el escándalo de las almas le espanta bastante menos.

Son excepciones, gracias a Dios, los que llegan hasta el fin en la pendiente del mal, pero ¿cómo no ver que no sintiendo gusto en Dios y saboreando el placer prohibido, el corazón es arrastrado a las mayores desgracias? Del Animalis homo non intelligit , se va a parar forzosamente al Qui nutriebatur in croceis amplexatus est stercora . La ilusión cada vez más obstinada, la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón aumentan. Puede ya temerse cualquier cosa.

Para colmo de males, la voluntad ha quedado reducida a un estado de debilidad y apocamiento que casi equivalen a la impotencia.

No le pidáis que reaccione con energía contra el estado en que se encuentra, sería inútil. Es incapaz del menor esfuerzo y sólo sabe dar esta respuesta desesperante: "No puedo". Y, naturalmente no poder es avanzar camino de la catástrofe. Un impío famoso se ha atrevido a decir que no podía creer que sean fieles a sus votos y obligaciones las almas que a causa de las obras se ven forzadas a mezclarse con el mundo. "Como andan -añadía- sobre una cuerda tirante, sus caídas son inevitables".

A estas palabras que son una injuria a Dios y a la Iglesia, es preciso contestar sin titubeos que pueden evitarse estas caídas CON TODA SEGURIDAD cuando se maneja con pericia el precioso contrapeso de la vida interior; y que los vértigos y traspiés han de atribuirse al abandono de ese INFALIBLE medio de seguridad.

El admirable Jesuita P. Lallemant apunta a la causa inicial de estas catástrofes, cuando dice "Hay hombres apostólicos que nada hacen por Dios con absoluta pureza de intención. En todo se buscan a sí mismos y mezclan solapadamente sus propios intereses con la gloria de Dios, aun en sus mejores empresas. Así transcurre su vida en esta mezcla de naturaleza y gracia. Sólo en el momento de la muerte se les abren los ojos; entonces ven su vida de ilusión y tiemblan al pensamiento del inmediato y espantoso tribunal de Dios" .

Muy lejos está de nuestro pensamiento catalogar entre estos apóstoles que se predican a sí mismos, a aquel célebre misionero caracterizado por su celo y fuerza que se llamó el P. Combalot. Pero ¿será inoportuno citar las palabras que profirió en su lecho de muerte? "Tenga mucha confianza en Dios, amigo querido, le dijo el sacerdote que le administró los últimos sacramentos. Usted ha observado con toda integridad las obligaciones de su vida sacerdotal, y los millares de sermones que ha predicado durante su vida serán la mejor excusa para la insuficiencia de esa vida interior de que me habla.-Mis sermones: con qué nueva luz los veo ahora. Mis sermones. ¡Ah! Si Nuestro Señor no empieza a hablarme de ellos, no seré yo quien tome la palabra". Al resplandor de la eternidad, aquel venerable sacerdote veía sus obras de celo salpicadas de imperfecciones, que alarmaban su conciencia y que atribuía a la falta de vida interior.

El Cardenal del Perrón a la hora de la muerte, hizo una publica manifestación de arrepentimiento por haber empleado más tiempo y energías en cultivar su entendimiento por medio de la ciencia, que en perfeccionar su voluntad con los ejercicios de la vida interior .

¡Oh!, Jesús, Apóstol por antonomasia: ¿quién se prodigó como tú, cuando vivías entre nosotros? Hoy; mismo te das con más abundancia todavía en su vida eucarística, sin dejar jamás el seno de tu Padre.

Haz que tengamos siempre presente que tú no querrás saber nada de nuestros trabajos, si no están animados por un principio verdaderamente sobrenatural y hunden sus raíces en tu adorable Corazón.

(De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)


 

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