Actualizado el viernes 13/OCT/17

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

SEGUNDA PARTE

UNION DE LA VIDA ACTIVA y DE LA VIDA INTERIOR

4. La vida interior y La vida activa se reclaman mutuamente

Así como el amor de Dios se revela por los actos de la vida interior, el amor del prójimo se manifiesta por las operaciones de la vida exterior, y como el amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo, resulta que tampoco estas dos formas de vida pueden subsistir separadas .

Suárez dice que no puede subsistir un estado de vida ordenado con rectitud al logro de la perfección, si no participa de alguna manera de la acción y de la contemplación .

Esas palabras del ilustre jesuita son un comentario de la doctrina de Santo Tomás. Los que se sienten llamados a las obras de la vida activa, dice el Santo Doctor, están en un error si creen que ese deber les dispensa de la vida contemplativa. Ese deber se agrega a esta vida y en nada disminuye su necesidad. Así las dos vidas no se excluyen, sino que se reclaman, se suponen, se mezclan y se completan; y si debe fomentarse más alguna de las dos, ha de ser la contemplativa, que es la más perfecta y necesaria .

Para que la acción sea fecunda, necesita la contemplación; cuando ésta llega a un grado determinado de intensidad, derrama en la primera algo de su soberanía, mediante la cual el alma toma directamente del corazón divino las gracias que habrá de distribuir por medio de la acción.

Por eso, si la acción y la contemplación se funden en una perfecta armonía en el alma de un santo dan a su vida una unidad maravillosa. Tenemos el ejemplo de San Bernardo, que fue el hombre más contemplativo y activo de su época, del cual hace esta pintura uno de sus contemporáneos: "En él la contemplación y la acción iban acordes hasta tal punto, que ese santo parecía al mismo tiempo que estaba entregado en absoluto a las obras exteriores, y absorbido del todo en la presencia y el amor de Dios" .

Comentando el texto de la Sagrada Escritura: Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum , el padre San Jure hace una descripción admirable de las relaciones entre esas dos vidas.

Resumamos sus reflexiones:

El corazón significa la vida interior y contemplativa. El brazo, la vida exterior y activa.

El sagrado texto cita el corazón y el brazo para demostrar que las dos vidas pueden unirse y acordarse perfectamente en una misma persona.

Se nombra el corazón en primer lugar, por ser un órgano más noble y necesario que el brazo. Igualmente, la contemplación es mucho más excelente y perfecta y merece más estima que la acción.

El corazón late día y noche. Un instante de paralización de este órgano esencial acarrearía la muerte instantánea.

El brazo, que es sólo una parte integrante del cuerpo humano, no se mueve sino de tiempo en tiempo; por eso debemos suspender algunas veces nuestros trabajos exteriores, y en cambio no cesar en nuestra aplicación a las cosas espirituales.

El corazón da al brazo la vida y fuerza mediante la sangre que hace llegar hasta él, sin la cual el brazo se secaría. Así la vida contemplativa, que es vida de unión con Dios, merced a las luces y constante asistencia que el alma recibe en esa intimidad, vivifica las ocupaciones exteriores y es la única capaz de comunicarles con su carácter sobrenatural una utilidad efectiva. Sin ella, todo languidece, se esteriliza y se llena de imperfecciones.

El hombre, por desgracia, separa con frecuencia lo que Dios ha unido; por eso es tan rara esta perfecta unión de que hablamos; por otra parte, exige un conjunto de precauciones que ordinariamente no se toman. No aceptan empresa alguna superior a las propias fuerzas. Ver en todo habitualmente, pero con sencillez, la voluntad de Dios. Entregarse a las obras cuando Dios lo disponga, en la medida en que lo disponga, y únicamente con el deseo de ejercitarnos en la caridad. Desde los comienzos, ofrecerle nuestro trabajo, y en el transcurso del mismo, reanimar con frecuencia, por medio de santos pensamientos y de jaculatorias encendidas, nuestra resolución de no obrar sino para Él y por Él. En resumen, cualquiera que sea la atención que prestemos a los trabajos, conservarnos siempre en paz, como señores de nosotros mismos. Para el éxito, dirigirnos únicamente a Dios y no sacudirnos las preocupaciones, sino para estar a solas con Jesucristo. Tales son los sabios consejos que dan los maestros de la vida espiritual, para llegar a esta unión.

Esta constancia en la vida interior, unida en el Santo Abad de Claraval a un apostolado activísimo, había Impresionado a San Francisco de Sales, cuando escribió: "San Bernardo nada perdía del progreso que deseaba lograr en el santo amor... Cuando cambiaba de lugar, no cambiaba de amor, ni su amor de objeto..., no recibía el color de los negocios o conversaciones, como el camaleón adopta el de los lugares donde se encuentra; sino que se conservaba unido siempre a Dios, con la blancura perenne de la pureza, el rojo encendido de la caridad y la, plenitud de humildad (Espíritu de San Francisco de Sales, 17° parte, Cap. II)".

Habrá momentos en que nuestras ocupaciones se multiplicarán de tal modo que nos veremos forzados a emplear todas nuestras energías, sin poder sacudir la carga ni siquiera aligerarla. Esto traerá como consecuencia la privación por algún tiempo del placer de la unión con Dios, pero esta unión no sufrirá con ello sino por nuestra culpa. Si se prolonga esta situación, ES PRECISO LAMENTARLO, GEMIR y TEMER MAS QUE NADA EL PELIGRO DE HABITUARSE A ELLO. El hombre es débil e inconstante. Cuando descuida la vida espiritual, pronto pierde su gusto. Si se engolfa en las ocupaciones materiales, acaba por complacerse en ellas. Por el contrario, si el espíritu interior expresa su vitalidad latente por medio de suspiros y gemidos, estas quejas constantes que provienen de una herida que no se cierra en el lado mismo de una actividad desbordante, forman el mérito de la contemplación sacrificada, o más bien el alma realza esa admirable y fecunda unión de la vida interior y de la vida activa. Impelida por esa sed de vida interior que no puede mitigar a placer, vuelve con ardor, desde que le es dado, a la vida de oración. Nuestro Señor le procura unos momentos de intimidad. Le exige la fidelidad y en cambio le compensa de la brevedad de esos felices instantes, con el fervor.

En un texto cuyas palabras deben ser meditadas una a una, Santo Tomás resume admirablemente esta doctrina: Vita contemplativa, ex genere suo, majoris est meriti quam vita activa. Potest nihilominus accidere ut aliquis plus mereatur aliquid externum agendo; puta si propter abundantiam divini amoris, ut ejus voluntas impleatur propter Ipsius gloriam, interdum sustinet a dulcedine divinae contemplationis ad tempus separari .

Fijémonos en el lujo de condiciones que el Santo Doctor exige para que la acción sea más meritoria que la contemplación.

El móvil íntimo que empuja al alma a la acción no es otro que el desbordamiento da su caridad; Propter abundantiam divini amoris. No entran, pues, en juego ni la agitación, ni el capricho, ni la necesidad de salir de si mismo. Es, en efecto, un sufrimiento del alma: Sustinet, de ser privada de las dulzuras de la oración , a dulcedine divinae contemplationis... separari. Por consiguiente, no sacrifica sino provisionalmente: Accidere... interdum... ad tempus, y para un fin enteramente sobrenatural: Ut Ejus voluntas impleatur propter Ipsius gloriam, una parte del tiempo reservado a la oración.

Los caminos de Dios llevan el sello de la sabiduría y la bondad, y la dirección que marcan a las almas entregadas a la vida interior es maravillosa. Si éstas saben ofrecerle con generosidad la pena que les produce el privarse del Dios de las obras, en obsequio a las obras de Dios, esa pena tiene su pago, porque gracias a ella desaparecen los peligros de disipación, amor propio y afecciones naturales; las hace más reflexivas y fomenta en ellas la práctica de la presencia de Dios, porque el alma encuentra en LA GRACIA DEL MOMENTO PRESENTE a Jesús viviente, que se le ofrece oculto en la obra que realiza, trabajando con ella y sosteniéndola.

¡Cuántas personas de obras, por saber sufrir esa pena y sacrificar ese deseo de ir al Tabernáculo, por esas comuniones espirituales originadas en esos sacrificios, reciben como premio la fecundidad de su acción, la salvaguardia de su alma y el progreso en la virtud!

 (De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)


 

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