Actualizado el miércoles 11/OCT/17

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

(de San Alfonso María de Ligorio)

CONSIDERACIÓN 8

Muerte del justo

Es preciosa en la presencia de Dios
la muerte de sus Santos.
Ps. 115, 15

PUNTO 1

Mirada la muerte a la luz de este mundo, nos espanta e inspira temor; pero con la luz de la fe es deseable y consoladora. Horrible parece a los pecadores; mas a los justos se muestra preciosa y amable. “Preciosa –dice San Bernardo– como fin de los trabajos, corona de la victoria, puerta de la vida”.

Y en verdad, la muerte es término de penas y trabajos. El hombre nacido de mujer, vive corto tiempo y está colmado de muchas miserias (Jb. 14, 1).

Así es nuestra vida tan breve como llena de miserias, enfermedades, temores y pasiones. Los mundanos, deseosos de larga vida –dice Séneca (Ep. 101)–, ¿qué otra cosa buscan sino más prolongado tormento? Seguir viviendo –exclama San Agustín– es seguir padeciendo. Porque –como dice San Ambrosio (Ser. 45)– la vida presente no nos ha sido dada para reposar, sino para trabajar, y con los trabajos merecer la vida eterna; por lo cual, con razón afirma Tertuliano que, cuando Dios abrevia la vida de alguno, acorta su tormento. De suerte que, aunque la muerte fue impuesta al hombre por castigo del pecado, son tantas y tales las miserias de esta vida, que –como dice San Ambrosio– más parece alivio al morir que no castigo.

Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia, porque se les acaban los trabajos y comienzan a descansar. “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”. “Desde hoy –dice el Espíritu Santo (Ap. 14, 13)– que descansen de sus trabajos”.

Los tormentos que afligen a los pecadores en la hora de la muerte no afligen a los Santos. “Las almas de los justos están en mano de Dios, y no los tocará el tormento de la muerte” (Sb. 3, 1).

No temen los Santos aquel mandato de salir de esta vida que tanto amedrenta a los mundanos, ni se afligen por dejar los bienes terrenos, porque jamás tuvieron asido a ellos el corazón. “Dios de mi corazón –repitieron siempre–; Dios mío por toda la eternidad” (Salmo 72, 26).

“¡Dichosos vosotros! –escribía el Apóstol a sus discípulos, despojados de sus bienes por confesar a Cristo–. Con gozo llevasteis que os robasen vuestras haciendas, conociendo que tenéis patrimonio más excelente y duradero” (He. 10, 34).

No se afligen los Santos a dejar las honras mundanas, porque antes las aborrecieron ellos y las tuvieron, como son, por humo y vanidad, y sólo estimaron la honra de amar a Dios y ser amados de Él. No se afligen al dejar a sus padres, porque sólo en Dios los amaron, y al morir los dejan encomendados a aquel Padre celestial que los ama más que a ellos; y esperando salvarse, creen que mejor los podrán ayudar desde el Cielo que en este mundo.

En suma: todos los que han dicho siempre en la vida Dios mío y mi todo, con mayor consuelo y ternura lo repetirán al morir.

Quien muere amando a Dios no se inquieta por los dolores que consigo lleva la muerte; antes bien se complace en ellos, considerando que ya se le acaba la vida y el tiempo de padecer por Dios y de darle nuevas pruebas de amor; así, con afecto y paz, le ofrece los últimos restos del plazo de su vida y se consuela uniendo el sacrificio de su muerte con el que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz a su Eterno Padre. De este modo muere dichosamente, diciendo: “En su seno dormiré y descansaré en paz” (Sal. 4, 9).

¡Oh, qué hermosa paz, morir entregándose y descansando en brazos de Cristo, que nos amó hasta la muerte, y que quiso morir con amargos tormentos para alcanzarnos muerte consoladora y dulce!

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amado Jesús mío, que para darme muerte feliz quisisteis sufrir muerte cruelísima en el Calvario! ¿Cuándo lograré veros?... La primera vez que os vea será cuando me juzguéis en el momento de expirar. ¿Qué os diré entonces?... Y Vos, ¿qué me diréis?... No quiero esperar a que llegue tal instante para pensar en ello; quiero meditarlo ahora.

Os diré: “Señor: Vos, amado Redentor mío, sois el que murió por mí... Tiempo hubo en que os ofendí y fui ingratísimo para con Vos e indigno de perdón. Mas luego, ayudado por vuestra gracia, procuré enmendarme, y en el resto de mi vida lloré mis pecados, y Vos me perdonasteis.

Perdonadme de nuevo ahora que estoy a vuestros pies, y otorgadme Vos mismo absolución general de mis culpas. No merecía volver a amaros por haber despreciado vuestro amor. Mas Vos, Señor, por vuestra misericordia atrajisteis mi corazón, que si no os ha amado como merecéis, os amó sobre todas las cosas, desasiéndose de ellas para complaceros... ¿Qué me diréis ahora?... Veo que la gloria, el contemplaros en vuestro reino, es altísimo bien de que no soy digno; mas espero que no viviré alejado de Vos, especialmente ahora que me habéis mostrado vuestra excelsa hermosura.

Os busco en el Cielo, no para más gozar, sino para mejor amaros. Ni quiero tampoco entrar en esa patria de santidad y verme entre aquellas almas purísimas, manchado como estoy ahora por mis culpas. Haced que antes me purifique, pero no me apartéis para siempre de vuestra presencia... Bástame que algún día, cuando lo disponga vuestra santa voluntad, me llaméis a la gloria para que allí cante eternamente vuestras alabanzas.

Entre tanto, amado Jesús mío, dadme vuestra bendición y decidme que soy vuestro, que seréis siempre mío, que os amaré y me amaréis perdurablemente...

Ahora, Señor, voy lejos de Vos, a las llamas purificadoras; pero voy gozoso, porque allí he de amaros, Redentor mío, mi Dios y mi todo... Gozoso voy; mas sabed que en ese tiempo en que he de estar lejos de Vos, esa separación temporal será mi mayor pena.

Contaré, Señor, los instantes hasta que me llaméis... Tened compasión de un alma que os ama con todas sus fuerzas y que suspira por veros para más amaros”.

Espero, Jesús mío, que así os podré hablar. Mientras tanto, os pido la gracia de vivir de tal modo que pueda deciros entonces lo que ahora he pensado. Concededme la santa perseverancia, otorgadme vuestro amor..., y auxiliadme Vos.

¡Oh María, Madre de Dios, rogad a Jesús por mí!

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