Actualizado el domingo 30/JUL/17

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

(de San Alfonso María de Ligorio)

CONSIDERACIÓN 7

Sentimientos de un moribundo no acostumbrado
a considerar la meditación de la muerte

Dispón de tu casa,
porque morirás y no vivirás.
Is. 38, 1

PUNTO 3

Para el moribundo que haya vivido sin acordarse del bien de su alma, espinas serán todas las cosas que se le vayan presentando. Espinas la memoria de los pasados deleites, de los triunfos y vanidades mundanos. Espinas la presencia de los amigos que le visiten y las cosas que al verlos recuerde. Espinas los padres espirituales que le asistan, y los sacramentos que debe recibir de Confesión, Comunión y Extremaunción; hasta el crucifijo que le presenten será como espina de remordimiento, porque leerá en la santa imagen el pobre moribundo cuán mal ha correspondido al amor de un Dios que murió por salvarle.

“¡Grande fue mi locura! –se dirá el enfermo–. Pudiera haberme santificado con las luces y medios que el Señor me dio; pudiera haber tenido vida dichosísima en gracia de Dios, y ahora, ¿qué me resta después de tantos años perdidos, sino desconfianza y angustia y remordimientos de conciencia, y cuentas terribles que dar a Dios? ¡Difícil es la salvación de mi alma!...”

¿Y cuándo hará tales reflexiones?... Cuando se va a extinguir la lámpara de la vida y a finalizar la escena de este mundo, cuando se halle ante las dos eternidades de gloria o desdicha, y esté a punto de exhalar el último suspiro, de que dependen la bienaventuranza o desesperación perdurables, eternas, mientras Dios sea Dios.

¡Cuánto daría entonces por disponer de otro año, de otro mes, siquiera de una semana de tiempo, en sano juicio, porque en aquel estado de enfermedad, aturdida la mente, oprimido el pecho, alterado el corazón, nada puede hacer, nada meditar, ni conseguir que el abatido espíritu lleve a cabo un acto meritorio! Hállase como hundido en una profunda sima de confusión, donde nada percibe sino la inmensa ruina que le amenaza y la incapacidad de ponerle remedio...

Pedirá tiempo. Pero se le dirá: Proficiscere, parte: en seguida prepara tus cuentas como mejor puedas en este breve espacio y parte sin demora. ¿No sabes que la muerte a nadie aguarda ni respeta?

¡Oh, con qué terror se dirá el enfermo: “Esta mañana vivo aún; a la tarde quizá esté muerto! Hoy me hallo en mi aposento acostumbrado; mañana estaré en la sepultura..., y mi alma, ¿dónde estará?”.

¡Qué espanto cuando preparen la luz de la agonía; cuando surja el yerto sudor de la muerte; cuando oiga disponer que la familia salga de la estancia mortuoria y no vuelva a entrar; cuando comience a turbársele la vista, y, por último, cuando enciendan la luz que ha de brillar en el postrer instante de la vida!

¡Oh luz bendita, cuántas verdades descubrirás entonces! ¡Por ti, cuán diferentes de cómo ahora se nos muestran veremos las cosas del mundo! ¡Cómo patentizarás que todas ellas son vanidad, locura y mentira!... Mas ¿de qué servirá entender esas verdades, cuando ya no hay tiempo de aprovecharse de esa enseñanza?

AFECTOS Y SÚPLICAS

Vos, Señor, no queréis mi muerte, sino que me convierta y viva. Profunda gratitud me inspiran vuestra paciencia en esperarme hasta ahora y las gracias que me habéis otorgado.

Conozco el error que cometí al posponer vuestra amistad a los viles y míseros bienes por los cuales os he menospreciado. Duélome de ello de todo corazón por haberos de tal modo ofendido. No dejéis, pues, de asistirme con vuestras luces y gracia en el tiempo de vida que me reste, a fin de que pueda conocer y practicar lo que debo hacer para la enmienda de mi vida. ¿Qué provecho tendría si alcanzase tales verdades cuando no fuera ya tiempo oportuno de acudir al remedio?... No entregues a las bestias las almas que te alaban... (Sal. 73, 19).

Cuando el demonio me provoque a ofenderos de nuevo, os ruego, ¡oh Jesús! por los merecimientos de vuestra Pasión, que me libréis de caer en pecado y de volver a la esclavitud del enemigo. Haced que entonces y siempre acuda a Vos, y que a Vos no cese de encomendarme mientras dure la tentación. Vuestra Sangre es mi esperanza y vuestra bondad mis amores.

Os amo, Dios mío, digno de amor infinito, y haced que os ame siempre y que conozca las cosas de que debo apartarme para ser todo vuestro, como deseo. Dadme Vos fuerzas para lograrlo.

Y Vos, Reina del Cielo y Madre mía, rogad por este pecador. Concededme que en las tentaciones no deje de acudir a Jesús, y a Vos, que con vuestra intercesión libráis de caer en pecado a cuantos piden vuestro auxilio.

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