Actualizado el jueves 23/NOV/17

Signos de los tiempos

La Purificación. 

La Virgen lo ha dicho repetidas veces: Estamos en la Purificación de la Iglesia y del mundo entero. Esta Purificación es un aumento de sufrimientos para todos los hombres. Debemos saber esto para no desanimarnos cuando nos lleguen cruces que son permitidas por Dios para que nos hagamos más santos y nos acerquemos más a Dios. Porque cuando todo nos va bien, a veces nos olvidamos de Dios y de la misericordia con el prójimo. En cambio, cuando nos llega algún sufrimiento, entonces levantamos los ojos al Cielo y nos acordamos de la importancia de la oración y el consuelo que ella trae a nuestras almas, y también nos compadecemos de las personas que están pasando un dolor semejante al nuestro. Es difícil sufrir y a nadie le gusta, pero si supiéramos el valor que tienen las cruces y los méritos y gracias que recibimos al llevarlas resignadamente, pediríamos a gritos cruces de todo tipo. Porque lo importante es que seamos misericordiosos. Y es mejor que seamos misericordiosos en medio de dolores y cruces, que ser duros de corazón en la mejor salud y tranquilidad de la vida. Dios no ve con nuestros ojos, y los caminos de Dios están muy distantes de los caminos de los hombres.

¡Ven Señor Jesús!


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Sepan, en primer lugar, que en los últimos días vendrán hombres burlones y llenos de sarcasmo, que viven de acuerdo con sus pasiones, y que dirán: "¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación". Al afirmar esto, ellos no tienen en cuenta que hace mucho tiempo hubo un cielo, y también una tierra brotada del agua que tomó consistencia en medio de las aguas por la palabra de Dios. A causa de esas aguas, el mundo de entonces pereció sumergido por el diluvio. Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos. Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.  (II Pedro 3, 3-9)

(Vea cómo Consagrarse al Corazón Inmaculado de María)