Actualizado el viernes 29/DIC/17

Verdades olvidadas

CONSIDERACIÓN 13

Vanidad del mundo

¿Qué aprovecha al hombre si ganare
todo el mundo y perdiere su alma?
Mt. 16, 26

PUNTO 1

En un viaje por mar, cierto antiguo filósofo, llamado Aristipo, naufragó con la nave en que iba, y él perdió cuantos bienes llevaba. Mas pudo llegar salvo a tierra, y los habitantes del país al que arribó, entre los cuales gozaba Aristipo gran fama por su ciencia, le proveyeron de tantos bienes como había perdido. Por lo cual escribió luego a sus amigos y compatriotas encomendándoles, con su ejemplo, que sólo atendiesen a proveerse de aquellos bienes que ni aun con los naufragios se pueden perder.

Esto mismo nos avisan desde la otra vida nuestros deudos y amigos que llegaron a la eternidad. Nos advierten que en este mundo procuremos, ante todo, adquirir los bienes que ni aun con la muerte se pierden. Día de perdición se llama el día de la muerte, porque en él hemos de perder los honores, riquezas y placeres, todos los bienes terrenales. Por esta razón dice San Ambrosio que no podemos llamar nuestros a tales bienes, puesto que no podemos llevarnos con nosotros a la otra vida, y que sólo las virtudes nos acompañan a la eternidad.

¿De qué sirve, pues –dice Jesucristo (Mt. 16, 26)–, ganar todo el mundo, si en la hora de la muerte, perdiendo el alma, se pierde todo?... ¡Oh! ¡A cuántos jóvenes hizo esta gran máxima encerrarse en el claustro! ¡A cuántos anacoretas condujo al desierto! ¡A cuántos mártires movió para dar la vida por Cristo!

Con estas máximas, San Ignacio de Loyola ganó para Dios innumerables almas, singularmente la hermosísima de San Francisco Javier, que se hallaba en París, ocupado allí en mundanos pensamientos. “Piensa, Francisco –dijo un día el Santo–, piensa que el mundo es traidor, que promete y no cumple, mas aunque cumpliere lo que promete, jamás podrá satisfacer tu corazón. Y aun suponiendo que le satisficiere, ¿cuánto durará esa ventura? ¿Podrá durar más que tu vida? Y al fin de ella, ¿llevarás tu dicha a la eternidad? ¿Hay algún poderoso que haya llevado a la otra vida ni una moneda ni un criado para su servicio? ¿Hay algún rey que tenga allí un pedazo de púrpura para engalanarse?...”.

Con estas consideraciones, San Francisco Javier se apartó del mundo, siguió a San Ignacio de Loyola y fue un gran santo.

Vanidad de vanidades (Ecl. 1, 2), así llamó Salomón a todos los bienes del mundo cuando por experiencia, como él mismo confesó (Ecl. 2, 10), hubo conocido todos los placeres que hay en la tierra. Sor Margarita de Santa Ana, carmelita descalza, hija del emperador Rodolfo II, decía: “¿De qué sirven los tronos en la hora de la muerte?...”.

¡Cosa admirable! Temen los Santos al pensar en su salvación eterna. Temía el Padre Séñeri, que, lleno de sobresalto, preguntaba a su confesor: “¿Qué decís, Padre; me salvaré?”.

Temblaba San Andrés Avelino cuando, gimiendo, exclamaba: “¡Quién sabe si me salvaré!”.

Idéntico pensamiento afligía a San Luis Beltrán, y le movía muchas noches a levantarse del lecho, diciendo: “¡Quién sabe si me condenaré!...”.

¡Y con todo, los pecadores viven condenados, y duermen, y ríen, y se regocijan!

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Ah Jesús, Redentor mío! De todo corazón os agradezco que me hayáis dado a conocer mi locura y el mal que cometí apartándome de Vos, que por mí disteis la Sangre y la vida. No merecíais, en verdad, que os tratase como os he tratado.

Si ahora llegase mi muerte, ¿qué hallaría en mí sino pecados y remordimientos de conciencia que me harían morir abrumado de angustia?

Confieso, Salvador mío, que obré mal, que me engañé a mí mismo, trocando el Sumo Bien por los míseros placeres del mundo. Arrepiéntome con todo mi corazón, y os ruego que, por los dolores que en la cruz sufristeis, me deis a mí tan gran dolor de mis pecados, que por él llore en todo el resto de mi vida las culpas que cometí. Perdonadme, Jesús mío, que yo prometo no ofenderos más y amaros siempre.

Harto sé que no soy digno de vuestro amor, porque le desprecié mil veces; pero sé también que amáis a quien os ama (Pr. 8, 17). Yo os amo, Señor; amadme Vos a mí. No quiero perder de nuevo vuestra amistad y gracia, y renuncio a todos los placeres y grandezas del mundo con tal que me améis...

Oídme, Dios mío, por amor de Jesucristo, que Él os ruega no me arrojéis de vuestro corazón. A Vos del todo me ofrezco y os consagro mi vida, mis bienes, mis sentidos, mi alma, mi cuerpo, mi voluntad y mi libertad. Aceptadlo, Señor; no lo rechacéis (Sal. 50, 13), como merezco, por haber rechazado yo tantas veces vuestro amor...

Virgen Santísima, Madre mía, rogad por mí a Jesús. En vuestra intercesión confío.

 

PUNTO 2

Menester es pesar los bienes en la balanza de Dios, no en la del mundo, que es falsa y engañosa (Sal. 61, 10). Los bienes del mundo son harto miserables, no satisfacen al alma y acaban pronto. Mis días huyeron más veloces que un correo; pasaron como naves... (Jb. 9, 25).

Pasan y huyen veloces los breves días de esta vida; y de los placeres de la tierra ¿qué resta después? Pasaron como naves. No deja la nave en pos de sí ni aun rastro de su paso (Sb. 5, 10).

Preguntemos a tantos ricos, letrados, príncipes, emperadores que están en la eternidad qué hallan allí de sus pasadas grandezas, pompas y delicias terrenales. Todos responden: Nada, nada. “Vosotros, hombres –dice San Agustín–, consideráis solamente los bienes que posee aquel grande; considerad también qué cosa lleva consigo al sepulcro: un cadáver pestilente y una mortaja, que con él se pudrirá”.

De los poderosos que mueren apenas si se oye hablar un poco de tiempo; después, hasta su memoria se pierde (Sal. 9, 7). Y si van al infierno, ¿qué harán y dirán allí?... Gemirán, diciendo: ¿De qué nos ha servido nuestro lujo y riquezas, si ahora todo ello pasó ya como sombra (Sb. 5, 8-9), y nada nos queda, sino penas, llanto y desesperación sin fin?

“Los hijos de este siglo más sabios son en sus negocios que los hijos de la luz” (Lc. 16, 8). Pasma el considerar cuán prudentes son los mundanos en las cosas de la tierra. ¡A qué trabajos no dan cima para alcanzar honras y bienes! ¡Con qué solicitud se ocupan en conservar la salud del cuerpo!... Escogen y emplean los medios más útiles, los más afamados médicos, los mejores remedios, el clima mejor..., y, sin embargo, ¡cuán descuidados son para el alma!... Y con todo, cierto es que la salud, honras y hacienda han de acabarse un día, mientras que el alma, lo eterno, no tiene fin.

“Observemos –dice San Agustín– cuánto padece el hombre por las cosas que ama desordenadamente”. ¿Qué no padecen los vengativos, ladrones y deshonestos para llevar a cabo sus malvados designios? Y para el bien del alma nada quieren sufrir.

¡Oh Dios! A la luz de la candela que en la hora de la muerte se enciende, en aquel tiempo de grandes verdades, conocen y confiesan su gran locura los mundanos. Entonces desearían haber dejado a tiempo todas las cosas y haber sido santos.

El Pontífice León XI decía, moribundo: “Más que ser Papa, me hubiera valido ser portero de mi convento”. Honorio III, Pontífice también, exclamó al morir: “Mejor hubiera hecho quedándome en la cocina de mi comunidad para lavar vajilla”.

Felipe II, rey de España, llamó a su hijo en la hora de la muerte, y, apartando la ropa que le cubría, mostróle el pecho, cubierto de gusanos, y le dijo: “Mirad, príncipe, cómo se muere y cómo acaban las grandezas del mundo”. Y luego exclamó: “¡Pluguiese a Dios que hubiera yo sido lego de cualquier religión y no monarca!”. Hizo después que le pusieran al cuello una cruz de madera; ordenó las cosas de su muerte, y dijo a su heredero: “He querido, hijo mío, que fueseis testigo de este acto para que vieseis cómo, al fin de la vida, trata el mundo aun a los reyes. Su muerte es igual a la de los más pobres de la tierra. El que mejor hubiere vivido es quien logrará con Dios más alto favor”.

Y este mismo hijo, que fue después Felipe III, al morir, aún joven, de cuarenta y tres años de edad, dijo: “Cuidad, súbditos míos, de que en el sermón de mis funerales sólo se predique este espectáculo que veis. Decid que en la muerte no sirve el ser rey sino para tener mayor tormento por haberlo sido... ¡Ojalá que en vez de ser rey hubiera vivido en un desierto, sirviendo a Dios!... ¡Iría ahora con más esperanza a presentarme ante su tribunal, y no correría tanto riesgo de condenarme!...”.

Mas ¿de qué valen tales deseos en el trance de la muerte, sino para mayor desesperación y pena de quien no haya en vida amado a Dios?

Por esto decía Santa Teresa: “no se ha de tener en cuenta lo que se acaba con la vida. La verdadera vida es vivir de manera que no se tema la muerte...”.

De suerte que si queremos comprender lo que son los bienes terrenales, mirémoslos como si estuviéramos en el lecho mortuorio, y digamos luego: “Aquellas rentas, honores y placeres se acabarán un día. Menester es, pues, que procuremos santificarnos y enriquecernos sólo con los únicos bienes que han de acompañarnos siempre y han de hacernos dichosos por toda la eternidad”.

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Ah Redentor mío!... Habéis sufrido por amarme tantos trabajos e ignominias, y yo he amado tanto los placeres y vanidades del mundo, que por ellos mil veces he pisoteado vuestra gracia. Mas ya que cuando os desprecié no dejabais Vos de buscarme, no puedo temer, Jesús mío, que me abandonéis ahora que os busco y os amo con todo mi corazón, me duelo más de haberos ofendido que si hubiese padecido cualquier otro mal.

¡Oh Dios de mi alma! No quiero ofenderos nuevamente ni en lo más mínimo. Haced que conozca lo que os desagrada, y no lo haré por nada del mundo. Haced que sepa lo que he de hacer para serviros, y lo pondré por obra. Amaros quiero de veras; y por Vos, Señor, abrazaré gustoso cuantos dolores y cruces me enviéis. Dadme la resignación que necesito. Quemad, cortad... Castigadme en esta vida, a fin de que en la otra pueda amaros eternamente.

María, Madre mía, a Vos me encomiendo; no dejéis de rogar a Jesús por mí.

 

PUNTO 3

El tiempo es breve...; los que usan de este mundo, sea como si no usasen de él, porque pasa la figura de este mundo... (1Cor. 7, 31). ¿Qué otra cosa es nuestra vida temporal sino una escena que pasa y se acaba en seguida? Pasa la figura de este mundo, es decir, la apariencia, la escena de comedia. “El mundo es como una escena –dice Cornelio a Lápide–; pasa una generación, y otra le sucede. Quien representó el papel de rey no llevará consigo la púrpura. Dime, ¡oh ciudad, oh casa!, ¿cuántos señores tuviste?”.

No bien acaba la comedia, el que hizo el papel de rey no es ya rey, ni el señor es ya señor. Ahora poseéis esa granja o palacio; pero llegará la muerte, y otros serán dueños de todo.

La hora funesta de la muerte trae consigo el olvido y fin de todas las grandezas, honras y vanidades del mundo (Ecl. 11, 29). Casimiro, rey de Polonia, murió de repente, y cuando acercaba los labios a una copa para beber. Rápidamente se le acabó la escena del mundo...

El emperador Celso fue asesinado a los ocho días de haber sido elevado al trono, y así acabó para Celso la escena de la vida. Ladislao, rey de Bohemia, joven de dieciocho años, estaba esperando a su esposa, hija del rey de Francia, y preparando grandes festejos, cuando una mañana le combatió un vehementísimo dolor, y murió de ello. Por lo cual enviaron correos en seguida, con el fin de advertir a la esposa que retornase a Francia, pues la comedia del mundo había acabado para Ladislao...

Este pensamiento de la vanidad del mundo hizo santo a Francisco de Borja, el cual (como en otro lugar dijimos), al ver el cadáver de la emperatriz Isabel, muerta en medio de las grandezas y en la flor de la juventud, resolvió entregarse del todo a Dios, diciendo: “¿Así, pues, acabaron las grandezas y coronas del mundo?... No más servir a señor que se me pueda morir”.

Procuremos, pues, vivir de tal modo que en nuestra muerte no se nos pueda decir lo que se dijo al necio mencionado en el Evangelio (Lc. 12, 20): Necio, esta misma noche han de exigir de ti la entrega de tu alma; lo que has allegado, ¿para quién será? Y luego añade San Lucas (12, 21): Esto es lo que sucede al que atesora para sí y no es rico a los ojos de Dios.

Más adelante dice (Mt. 6, 20): Haceos un tesoro en el Cielo que jamás se agote, a donde no llegan los ladrones ni roe la polilla; o sea: procurad enriqueceros no con los bienes del mundo, sino de Dios, con virtudes y méritos que eternamente durarán con vosotros en el Cielo.

Atendamos, pues, a alcanzar el gran tesoro del divino amor. “¿Qué tiene el rico si no tiene caridad? Y si el pobre tiene caridad, ¿qué no tiene?”, dice San Agustín. El que tiene todas las riquezas y no posee a Dios, es el más pobre del mundo. Mas el pobre que posee a Dios, todo lo posee... ¿Y quién posee a Dios? El que le ama. Quien permanece en caridad, en Dios permanece, y Dios en él (1Jn. 4, 16).

AFECTOS Y SÚPLICAS

No quiero, Dios mío, que el demonio vuelva a tener dominio en mi alma, sino que Vos seáis mi único dueño y Señor. Dejarlo quiero todo para alcanzar vuestra gracia, más estimada por mí que mil coronas y mil reinos. ¿Y a quién he de amar sino a Vos, infinitamente amable, bien infinito, belleza, bondad, amor infinito?

Por las criaturas os dejé en la vida pasada, y esto es y será siempre para mí dolor profundo, que me atravesará el corazón, por haberos ofendido a Vos, que tanto me habéis amado. Pero ya que me habéis atraído con vuestra gracia, espero que no he de verme nuevamente privado de vuestro amor. Recibid, ¡oh amor mío!, toda mi voluntad y todas mis cosas, y haced de mí lo que os agrade. Os pido perdón por mis culpas y desórdenes pasados. Jamás me quejaré de lo que dispongáis, porque sé que todo ello es santo y ordenado para mi bien.

Disponed, pues, Dios mío, lo que os plazca, y yo prometo recibirlo con alegría y daros por todo rendidas gracias. Haced que os ame, y nada más pediré... Ni bienes, ni honores, ni mundo; a mi Dios, sólo a mi Dios quiero.

Y Vos, bienaventurada Virgen María, modelo y dechado de amor a Dios, alcanzadme que, siquiera en el resto de mi vida, os acompañe en ese amor. En Vos, Señora confío.

(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

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