Actualizado el viernes 10/AGO/18

Vivir el Evangelio

Por los ojos entra el mal. 

Si, como dicen los Santos, por los ojos entra el mal en el hombre, entonces se comprende lo necesario que es preservar la mirada para no caer en pecados.

Efectivamente el hombre ve la carne de la mujer y la desea, ve el poder de los poderosos y lo quiere, ve el oro de los ricos y lo codicia. También Eva, en el Paraíso terrenal, vio que el fruto del conocimiento del Bien y del Mal era apetitoso y agradable a la vista y lo deseó para sí, para alcanzar “conocimiento”. Pero todo conocimiento que no viene de Dios, es pernicioso. Por eso toda mirada que no es pura y honesta, nos lleva al abismo del mal.

Entonces una manera de vivir el Evangelio es controlando nuestras miradas. Debemos tener un ojo morigerado, que se conforme con lo que tiene y no desee lo que es de otros.

¿Y qué decir entonces de quien se sienta a ver televisión? Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ese tal difícilmente perseverará en la gracia de Dios por mucho tiempo, porque entre los avisos publicitarios que nos inducen a comprar toda clase de cosas, haciéndonos la propaganda de que con esas “cosas” seremos como dioses, seremos felices y tendremos el control de nuestra vida; más las indecencias que se ven también en la publicidad, y sobre todo en los programas, entonces tendríamos que tomar una seria decisión en nuestra vida y apagar el televisor.

Recordemos que por los ojos entra el demonio en nosotros, y tengamos pura la mirada y no presumamos de que podemos mirar todo que no nos pasará nada, porque el ojo no se cansa de ver, ni el oído de oír, y quien ama el peligro, perecerá en él.

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Todos los males individuales, familiares, nacionales y mundiales, vienen de no practicar lo que dice el Santo Evangelio.

Ya lo dice Jesús mismo, que el hombre que escucha sus palabras pero no las practica, se parece a uno que edificó su casa sobre arena, y que al soplar los vientos, desbordarse los ríos y embestir contra la casa, ésta se desmorona y queda una gran ruina.

Pues así sucederá con aquel que oiga o lea el Evangelio, pero que no se esfuerce en practicarlo. Se encontrará que al final de su vida, su casa, es decir, su alma, estará en ruinas. Y ya sabemos para qué son buenas las ruinas, para demolerlas del todo porque no sirven para nada. Y así será para nuestra alma, que será desechada para siempre en el Infierno.

Obrar de acuerdo al Evangelio, es lo que nos hará felices en el Cielo y ya desde esta vida, porque no hay nadie que sea más feliz que aquél a quien su conciencia no le reprocha nada.

Y por otro lado, quien no actúe de acuerdo al Evangelio, será infeliz para siempre en el Infierno, y su infelicidad ya comenzará desde esta vida terrena.

Por eso en esta sección, creada el 11 de Septiembre de 2011, iremos exponiendo las enseñanzas del Evangelio y el modo de llevarlas a la práctica en nuestra vida cotidiana, para hacerlas carne en nosotros y así edificar la casa sobre roca.