Actualizado el miércoles 12/ENE/22

Conociendo a Jesucristo

Jesús, el Pobre. 

Comparando la vida de Jesús con nuestra vida y la de muchos católicos, a veces resalta un gran contraste, porque la vida de Jesús fue pobre, y la de nosotros a veces es muy muelle y llena de riquezas materiales.

Es bueno que nos detengamos a meditar un poco en Jesús, porque Él es Dios y vino a la tierra para ser nuestro Modelo en todo, y también en esto de la pobreza.

Él quiso nacer en un pobre pesebre, en una gruta, en medio de animales y olor a estiércol. Vivió como humilde carpintero, ganando lo necesario y justo, y murió en una cruz, desprovisto de todo, sin ropa, solo con un velo, el velo de su Madre, y además, como decimos ahora “no tenía un lugar donde caerse muerto”, pues hasta el sepulcro no era de Él, sino que le fue prestado por José de Arimatea.

Es bueno que meditemos en estos ejemplos del Maestro, porque nosotros deberíamos seguir su ejemplo, ya que las riquezas son peligrosas, y la vida cómoda poco a poco nos va haciendo rechazar la cruz, y sin cruz no hay salvación posible.

Un río de oro pasó por las manos de Jesús, ya que los ricos daban muchas limosnas para los pobres, pero Jesús no quiso quedarse con nada, todo lo dio.

¿Somos capaces nosotros, cuando nos sonríe la fortuna, de seguir siendo generosos? ¿O por el contrario comenzamos a acaparar por miedo a que falte la Providencia de Dios?

Jesús no quiere nuestro mal, sino nuestro bien, y por eso nos aconseja que estemos despojados de las riquezas; y que si las tenemos, vivamos como si no las tuviéramos o como si las tuviéramos que dejar de un momento a otro.

¡Alabado sea Jesucristo!

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Hoy más que nunca es necesario conocer a Jesucristo, para amarlo más, ya que nadie puede amar lo que no conoce.

Esta sección creada el 1 de abril de 2010, Jueves Santo de la Cena del Señor, estará dedicada a dar a conocer a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y a hacerlo amar por muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

Ojalá estos textos nos enciendan el amor a Jesucristo y, como el apóstol San Juan, reclinemos nuestra cabeza sobre el pecho de Jesús y así vivamos felices en esta tierra, hasta ir a gozar un día del Señor en el Cielo, para siempre.

Encomiendo esta sección a la Virgen Santísima, la que mejor conoció a Jesucristo; que Ella nos guíe en esta noble y necesaria, más aún, vital tarea de conocer al Señor.

¡Alabado y adorado sea Jesucristo!