Actualizado el lunes 19/ABR/21

Conociendo a Jesucristo

Jesús, el Crucificado. 

Así lo llama el Ángel que anuncia la Resurrección del Señor a las mujeres: “Jesús, el Crucificado”.

Y es que Jesús estaba destinado desde toda eternidad a ser el Crucificado. Porque Cristo nos ha salvado por medio de la cruz, y nos sigue salvando por medio de la cruz, ofreciéndose al Padre en la Santa Misa, que es el mismo Sacrificio del Calvario.

Jesús murió por nosotros para rescatarnos de las manos de Satanás, ya que toda la humanidad estaba bajo el poder del Maligno y no había escapatoria para ella. Pero Jesús quiso inmolarse por nosotros, los hombres, y así nos salvó de las garras del Maligno, y ahora, el que quiere, se puede salvar si cree en la cruz de Cristo y se coloca bajo su sombra.

Este es uno de los nombres del Señor: el Crucificado. Y con este nombre, Cristo resplandecerá por los siglos de los siglos, para ser alegría y felicidad de los salvados, y terror y confusión para los réprobos.

¡Ay del que se condena! ¡Ay de él, cuando en el juicio particular, inmediatamente después de la muerte, conoce lo que Jesús sufrió por amor a él, y que él despreció y prefirió el pecado, es decir, a Satanás! Ahí sí que se puede aplicar aquello del Señor, que dijo: “Mejor sería para él no haber nacido jamás”. La desesperación y el horror se apoderarán de esa alma, y el remordimiento de haber traicionado a Jesús, serán tormentos más grandes que los tormentos infernales.

No se puede pensar en Jesucristo, sin pensar en la cruz, porque con ella Él salvó a los hombres y a la creación entera.

De Jesús Crucificado nos vienen todas las gracias y dones de Dios.

¡Alabado sea Jesucristo!

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Hoy más que nunca es necesario conocer a Jesucristo, para amarlo más, ya que nadie puede amar lo que no conoce.

Esta sección creada el 1 de abril de 2010, Jueves Santo de la Cena del Señor, estará dedicada a dar a conocer a Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y a hacerlo amar por muchos hombres y mujeres de buena voluntad.

Ojalá estos textos nos enciendan el amor a Jesucristo y, como el apóstol San Juan, reclinemos nuestra cabeza sobre el pecho de Jesús y así vivamos felices en esta tierra, hasta ir a gozar un día del Señor en el Cielo, para siempre.

Encomiendo esta sección a la Virgen Santísima, la que mejor conoció a Jesucristo; que Ella nos guíe en esta noble y necesaria, más aún, vital tarea de conocer al Señor.

¡Alabado y adorado sea Jesucristo!