Actualizado el jueves 19/MAY/22

De pecadores a santos

De lo natural a lo sobrenatural. 

Dios lleva al hombre desde lo natural a lo sobrenatural, y por medio del sentido y los sentimientos, hace que el hombre vaya avanzando hacia la vida espiritual más perfecta.

También el demonio toma al hombre por el lado de lo natural, pero para llevarlo hacia abajo, hacia el abismo.

Son dos formas de actuar completamente opuestas, la forma de Dios y la manera del demonio, pero ambos parten de la naturaleza, de los sentidos.

Por eso si queremos ser santos y salir del pecado, tenemos que cuidar nuestra naturaleza, es decir, mantener a raya los instintos y sentidos, porque ellos nos pueden ayudar a alcanzar el Cielo, pero mal domados, nos pueden precipitar en el abismo infernal.

Ya San Pablo dice en una de sus cartas sobre este tema, y se alarma pensando quién lo librará de ése su cuerpo, que lo lleva al mal; porque queriendo hacer el bien, resulta que hace el mal; y aunque vea con la inteligencia dónde está el bien y quiera hacerlo, resulta que en sus miembros hay otra ley opuesta al espíritu.

Entonces también nosotros empecemos por la naturaleza, haciendo pequeños sacrificios, y como dice también el Apóstol: “Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”.

Si estamos acostumbrados a pecar, es lógico que, al querer salir de ese estado, se haga difícil por la costumbre contraída. Pero Dios sabe esto y tiene paciencia, y nos da los auxilios necesarios, y nos perdona una y mil veces, mientras nosotros tengamos buena voluntad.

Muchos santos también fueron grandes pecadores, pero quisieron, con una voluntad firme, dejar de serlo. Y no sólo que lo lograron, sino que llegaron a las cumbres más altas de la santidad. También nosotros estamos llamados a ello: a salir del pecado y a ser santos.

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Esta sección es creada el 22 de Julio de 2011, memoria de Santa María Magdalena, que según la Sagrada Tradición es la pecadora pública que lavó los pies a Jesús con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos, llorando por sus muchos pecados, y a quien Jesús perdonó mucho, porque mucho amó.

Dedicada a los que fuimos, somos o seremos pecadores, para que no desconfiemos de la Misericordia de Dios y tomemos impulso para alcanzar la santidad a la que Dios nos llama.