Actualizado el viernes 24/MAY/19

De pecadores a santos

La dura experiencia del pecado. 

No hay que pecar, jamás. Pero si tuvimos la desgracia de pecar, no desmayemos, porque esa experiencia, aunque dolorosa y humillante, nos puede servir para compadecer y comprender a quienes están ahora en el barro del pecado.

Porque si fuimos seducidos por el mal, conoceremos por experiencia propia, lo fácil que es caer en las seducciones del demonio, y de esa forma jamás juzgaremos a ninguno, porque sabremos de la debilidad humana.

A veces Dios permite que caigamos en los más humillantes y vergonzosos pecados para que nos hagamos más humildes, porque ¡ay de nosotros si nos gana la soberbia! Hay un dicho que dice: “Puros como ángeles, y soberbios como demonios”. Indicando con ello que hay personas que jamás cometen un pecado grave, pero son tan soberbios y duros con quienes caen, que son prácticamente demonios que alejan de Dios a las almas.

Un ejemplo muy claro lo tenemos en los Apóstoles de Jesús, que tuvieron que ser humillados, vencidos por el Maligno, para abatir su orgullo y, sobre todo, porque tenían una gran misión que cumplir en adelante, misión para la cual haría falta compasión y misericordia, y ellos la tuvieron porque hicieron la amarga experiencia del pecado.

Así que si tenemos la gracia de no caer ya en pecados graves, demos gracias a Dios, porque en un noventa y nueve por ciento se debe a la ayuda de Dios, y en el otro uno por ciento restante es por nuestro mérito. Así que no presumamos que ya no caemos, ni condenemos a los que siguen pecando, porque esos tales tal vez no tengan las ayudas de Dios que tenemos nosotros.

Aprendamos de Jesús, que si bien era perfecto, era quien más se compadecía de los pecadores y los amaba especialmente, no para aprobar su pecado, sino para sacarlos de ellos.

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Esta sección es creada el 22 de Julio de 2011, memoria de Santa María Magdalena, que según la Sagrada Tradición es la pecadora pública que lavó los pies a Jesús con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos, llorando por sus muchos pecados, y a quien Jesús perdonó mucho, porque mucho amó.

Dedicada a los que fuimos, somos o seremos pecadores, para que no desconfiemos de la Misericordia de Dios y tomemos impulso para alcanzar la santidad a la que Dios nos llama.