Actualizado el jueves 22/SEP/22

Ejemplos de la protección del Escapulario del Carmen

Ejemplo 37.

 

Don Carlos de Verona fue cautivo de los moros, los cuales pusiéronle en una horrible prisión y estrecha custodia, cuando su alcurnia y nobleza eran más reconocidas.

Hallábase en una lóbrega y hedionda mazmorra, encadenado de pies y manos, maltratado y tan torturado que apenas si podía mover, para nada, los brazos.

Viéndose en tal tribulación y miseria tanta y que su rescate era casi imposible, por la fabulosa y cuantiosa suma que exigían los moros por el rescate de su persona, apeló a nuestra Madre y Señora del Carmen, con fervorosas y confiadas súplicas, rogándole con viva fe no le desamparase en tal trance y le sacase con vida de aquella tortura horrible que padecía.

Vestía desde su niñez, con gran devoción, el Santo Escapulario de María y con esta misma devoción crecía más y más su esperanza de ser liberado de aquellos tormentos.

Sucedió que una noche, cuando más fervorosamente clamaba, desde la negrura del triste calabozo, a la que es faro de indeficiente misericordia, hallóse que, deshechos los grilletes y cadenas, caían a sus pies hechos pedazos. Se le apareció María Santísima y transformó en cielo aquella lóbrega e infecta mazmorra. Asiéndole luego la mano, le sacó de ella y le condujo hasta dejarle en sitio seguro y a salvo de todo peligro futuro de parte de los guardianes.

Vuelto Don Carlos a Nápoles, refirió y publicó a los cuatro vientos el prodigio que con él había obrado la Madonna de Carmine, a fin de que todos le acompañasen a dar gracias a María Santísima que con é se dignó realizar tan estupendísima maravilla.

 

Ejemplo 38.

 

El día 7 de julio del año 1615, aconteció en Sevilla que una niña de ocho años de edad, hija de Don Sebastián Flores y Doña Teresa, su mujer, naturales de Sevilla y con domicilio en la calle de Redes, núm. 8, estando jugando con un trocito de jarro de vidrio y entrándosele en la boca, quedó casi ahogada, teniéndola ya por muerta todos cuantos la vieron en semejante trance.

La pobre madre, toda desolada, con su hija en los brazos yerta y amoratada, y con el dolor y sentimiento que es de suponer, sacóse del pecho el Escapulario de nuestra Madre del Carmen, que siempre llevaba, y poniéndoselo a su hijita en el cuello, invocando con gran fervor y confianza a la Santísima Virgen, de la que era en extremo devota, vio cómo al punto arrojó la niña, sin esfuerzo alguno, “el vidrio que la ahogaba”.

Todos los presentes que lo vieron, y eran muchos, atraídos por los lloros y lamentos de la madre, confesaron a una sola voz, ser ciertamente un milagro realizado por la Madre amantísima del Carmen, mediante su bendito y milagroso Escapulario, ya que, sólo al contacto del mismo, había desaparecido el motivo de semejante aflicción.

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