Ejemplo 67.
El día 12 de octubre del año 1656, levantóse de súbito una terrible tempestad precedida de gran aparato de relámpagos y truenos, que llenó de consternación y pánico a toda la comarca de Segorbe.
Hallándose en el campo el vecino de Castellfort, Santiago Caspe, cayó sobre él un rayo que le circundó todo de fuego, reduciendo en un segundo a cenizas todos sus vestidos, y, pasando a su cuerpo, hizo en él tan horrible y espantosa carnicería que casi todo su cuerpo quedó quemado como un carbón.
Solamente la parte anterior del Escapulario y lo que cubría quedó intacto. Este fue el primer prodigio, al que siguió no haber perdido la vida.
Hallóse tan sosegado y tan apacible y tan ajeno a toda turbación en su ánimo, que pudo clamar con toda deliberación y advertencia a María Santísima nuestra Madre, para que le amparase, y al poco rato recobraba el habla y, con descaecidas voces, pedía confesión. Hizo la Virgen Santísima que pudieran oírle desde un caserío no lejano, donde se había refugiado el cura. Corrieron a aquel lugar y quedaron todos atónitos y absortos al contemplar tan horrible espectáculo. Se confesó, y, pasados unos días, dijo a los que le asistían:
–“Tened paciencia y perdonad por amor de Dios lo que os molesto, pues hasta el sábado, día de mi Madre bendita del Carmen, no he de salir de esta vida para irme a gozar de Ella”.
Y, en efecto así fue.
Ejemplo 68.
Filocalo Caputo, en su obra “Il Monte Carmelo”, refiere que Antonio ferrato, yendo de camino, vio una víbora en lo alto de una tapia, cerca de la cual le era forzoso el pasar sin más remedio, y por prevenir el peligro de que pudiera morderle, la derribó con un palo al suelo. Mas he aquí que, irritada, le saltó a la cara y le vino a herir bajo el ojo, inflamándosele a poco rato la cabeza, de tal suerte que parecía un monstruo, quedando totalmente ciego.
Una vez llegado al lugar, recurrieron a todas las medicinas caseras que solían emplearse en tan críticos y desesperados trances, mas todas llegaron tarde o fueron ineficaces, pues ninguna surtía el deseado efecto en el infeliz campesino.
Su piadosa mujer, devotísima de nuestra Madre del Carmen, le alentaba a que pusiese o depositara toda su confianza en Ella, y viendo tan desesperada su salud, fuese confiada a la capilla de la Santísima Virgen y en un vaso trajo un poquitín de aceite de la lámpara que ardía ante su imagen milagrosa del Carmen. Lo aplicó a la cabeza de su infortunado y esperanzado esposo y al punto empezaron a mitigarse aquellos atrocísimos dolores, bajando poco a poco la inflamación, de suerte que, en brevísimo tiempo, pudo ya respirar sin dificultad.
Pocas horas tardó en recobrar perfecta salud y al punto se trasladó al templo de la Santísima Virgen para dar fervientes gracias, junto con la piadosa esposa, a esta Madre de bondad y misericordia.