Actualizado el lunes 4/OCT/21

Ejemplos de la protección de la Medalla de San Benito

Preservación en los peligros 

Ejemplo 43

 

El domingo 28 de noviembre de 1850, el joven Enrique S..., de catorce años, aprendiz en el establecimiento de P..., maestro esmaltador de joyas, en París, se encontró con una persona que se interesaba mucho por su familia. Lo saludó efusivamente, y cambiadas algunas palabras, le ofreció la medalla de San Benito, diciéndole que lo protegería contra los peligros que pudieran amenazarlo.

El jueves siguiente, 2 de diciembre, nuestro aprendiz bajaba resbalando por la baranda de la escalera, cuando, receloso de encontrar una persona que subía, adelantó la cabeza, perdió el equilibrio y cayó desde una altura de un piso y medio. Al caer, se golpeó la espalda contra la baranda inferior, y ese contragolpe lo arrojó hasta el último escalón, donde cayó sentado y sin ninguna herida, sintiéndose apenas medio atontado por la caída. Al cabo de un rato, subió otra vez a la oficina para continuar el trabajo, pero su patrón, temeroso de que el accidente pudiera acarrearle malas consecuencias, encontró prudente mandarlo descansar unos días a la casa de su madre. Su salud no sufrió sin embargo ningún daño y el joven atribuyó la protección insigne de que fuera objeto a la presencia de la medalla de San Benito que le habían ofrecido tan oportunamente.

 

Ejemplo 44

 

En Tours, en 1859, un joven hacía ejercicios de gimnasia en un establecimiento especializado. Estaba por hacer un ejercicio que consiste en izarse hasta el techo y tocarlo, extender el cuerpo y conservarlo paralelo al suelo, con la fuerza de los puños. Acababa de tomar la posición horizontal, cuando se quebraron los tornillos que retenían la vara y el joven cayó de espaldas desde una altura de cerca de cinco metros, cayéndole además la viga encima del pecho. El instructor que dirigía el ejercicio lanzó un grito de terror; pero el muchacho se levantó, y le mostró la medalla de San Benito, diciendo: “¡Esto me salvó la vida! Tómeme el pulso, no tengo nada”.

 

Ejemplo 45

 

En febrero de 1859, un niño todavía muy pequeño había salido de paseo al jardín de Tuilleries con su niñera. Hacia las tres de la tarde pasó por allí el emperador. El aya, muy curiosa, se puso a correr para ver el carruaje imperial, y se perdió en medio de la multitud, olvidándose del niño que estaba a su cuidado. Éste, creyéndose perdido, resolvió volver solo a la casa de sus padres, que estaba ubicada en la calle Saint-Florentin. En aquel momento, el tránsito en la calle Rivoli era tremendo. Pero el valiente niño, sin intimidarse, atravesó la calle resueltamente, llegando a la casa de los suyos, quienes al verlo regresar solo quedaron muy afligidos. Interrogado sobre la ausencia de la niñera y al oír las exclamaciones de la hermana por los peligros corridos, respondió con toda calma: “¡Pero si yo llevaba la medalla de San Benito! Cuando tenía que cruzar la calle, los coches hacían ¡frru! ¡frru!, y me dejaban pasar”.

 

Ejemplo 46

 

En 1859, una comunidad religiosa, consagrada a la educación de las niñas, acababa de mandar construir en París un gran edificio destinado a servir de dormitorio para las alumnas. Ya concluidas las obras, el dormitorio estaba listo para ser habitado; los padres, que utilizaban los locutorios establecidos en la planta baja y las alumnas, que apreciaban las excelentes condiciones del nuevo edificio, aplaudían la feliz iniciativa de la construcción; pero inesperadamente, se comienzan a oír, en todo el edificio, ciertas rajaduras que producen cierta inquietud. Al principio se las atribuía a la obra de carpintería, pero las cosas llegaron a tal punto que los padres, aterrados ante el peligro que podían correr sus hijas, hablaban de retirarlas del establecimiento. Para calmarlos, se llamó un ingeniero; pero nada lograba tranquilizarlos. A fin de no exasperarlos todavía más, las religiosas tuvieron que comprometerse a no instalar a las niñas en el dormitorio nuevo y a tomar todas las medidas necesarias para evitar cualquier accidente. Se trataba, nada más ni nada menos, que de hacer una nueva construcción; pero los recursos disponibles de la comunidad estaban agotados. Un amigo de la casa, a quien dos de las religiosas comunicaron las dificultades por las que estaban pasando, les aconsejó que recurriesen a San Benito. Sugirió que colocaran, en cada piso del nuevo edificio, una medalla del santo Patriarca y que enterraran otras en los cimientos, en los cuatro puntos cardinales, y rezaran cinco Gloria Patri en honra de la Pasión, tres Ave Marías en honor de la Santísima Virgen y otros tres Gloria Patri a San Benito. El consejo fue seguido y a partir de los días siguientes no se oyeron más aquellos ruidos y la comunidad sólo tuvo que dar gracias a Dios, a la Virgen y a San Benito por la protección tan visiblemente alcanzada.

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