Actualizado el lunes 10/DIC/18

Ejemplos de la protección de la Medalla de San Benito

Ejemplo 57

 

En 1867, en la diócesis de Mans, en la casa de una comunidad recientemente establecida, se había perforado, a costa de muchos gastos, un pozo destinado a abastecer de agua a todo el edificio. Como el agua no resultó potable, fue necesario construir otro pozo dentro del recinto de la casa. Pero tampoco esta operación fue exitosa: apareció agua abundante, no sulfurosa como la primera, sino oscura, con mal olor y pésimo sabor.

Se aconsejó a las religiosas arrojar en el pozo la medalla de San Benito e ir a buscar agua una hora más tarde. Las hermanas siguieron la recomendación con fe y simplicidad; una hora después, el agua que se sacó del pozo apareció límpida como el cristal, sin olor y perfectamente potable. Desde entonces conservó esas cualidades en todas las estaciones del año. Las condiciones desagradables del comienzo son hoy, para los moradores del convento, apenas un recuerdo que les hace pensar en el poder y la bondad del santo Patriarca.

 

Ejemplo 58

 

En 1854, en Boën-sur-Lignon, un viñedo estaba atacado por el mal de las viñas. No sólo las hojas estaban deterioradas, sino que los racimos que comenzaban a brotar parecían heridos de muerte. El propietario tuvo la idea de enterrar la medalla de San Benito en la tierra donde estaba plantada la vid. Poco después el mismo fenómeno siguió persistiendo. El follaje conservaba su triste apariencia; pero los racimos habían crecido y maduraron sin conservar rastros de la plaga manifestada al principio. El mal había invadido una tercera parte de la viña; pero retrocedió de repente, y en el momento de la vendimia, la uva cosechada estaba en las mejores condiciones.

 

Ejemplo 59

 

En 1867, el Rvdo. Padre A..., de la Compañía de Jesús, que residía en el colegio de Saint-Denis (Isla de Reunión), fue encargado de ir a buscar a catorce niños, que habían pasado las vacaciones de Pascua con sus familias, para conducirlos por mar a Saint-Denis. El mar estaba agitado y la vuelta era peligrosa. El Padre Rector entregó al religioso que partía una medalla de San Benito, diciéndole: “Quédese tranquilo, mañana el mar estará mejor; y si después de partir, se pone tempestuoso, nada tema, San Benito lo socorrerá”. Y así sucedió, punto por punto. El religioso y los niños se embarcaron con buen tiempo, pero después de haber navegado sin problemas durante una hora, rumbo a Saint-Denis, un viento terrible alcanzó al barco cuando contornaban un cabo, amenazando arrojarlo contra los acantilados, donde los viajeros serían aplastados por la fuerza de las olas. El piloto, temeroso, buscó refugio en alta mar, pero también allí la muerte acechaba amenazadora. La frágil embarcación, juguete de las olas y los vientos, ya no obedecía al timón; una lluvia torrencial ocultaba todo el horizonte; los niños, más muertos que vivos, se habían echado al fondo de la embarcación. En ese momento de supremo peligro, el Padre se acordó de la medalla de San Benito; la tomó y la arrojó al mar, diciendo: “San Benito, ruega por nosotros”. ¡Maravilloso efecto del poder del gran Patriarca! En menos de cinco minutos la lluvia cesó, las olas se calmaron, el piloto pudo volver a la costa con seguridad y los viajeros prosiguieron la navegación llenos de gratitud hacia quien los arrancara de una muerte segura. Al día siguiente, el Padre A... colocaba en el cuello de sus ocho remadores las medallas de San Benito y los buenos negros prometían usarlas siempre.

 

Ejemplo 60

 

Selvam, una joven hindú, sufría desde hacía mucho tiempo flujo de sangre que la había enflaquecido hasta el punto de que ya no podía tolerar ningún tipo de alimento y comenzaba a desear la muerte. Llegado a la aldea el misionero que nos escribe, le mandó beber agua en la que previamente había sumergido la medalla de San Benito. Ese mismo día la sangre paró de correr y la enferma pudo alimentarse. “Esa agua, dice el relato, tiene una fuerza especial contra cualquier pérdida de sangre”.

 

Ejemplo 61

 

Desde hacía cuatro meses la fiebre minaba a Servammol, antigua alumna de las religiosas. Una persona caritativa que fue a visitarla en un momento en que sufría mucho, le dio como remedio una cuchara de café sin azúcar donde había sumergido la medalla de San Benito. Le sobrevino un acceso extremadamente violento, con vómitos y delirios. Sin embargo, pasada la crisis, Servammol no se desanimó: continuó bebiendo el agua de la medalla y ocho días después estaba completamente curada.

 

Ejemplo 62

 

A causa del saqueo perpetuado por unos ladrones contra una casa donde se encontraba un niño de tres años, éste tuvo tanto miedo que lo asaltó una fiebre constante que ya llevaba cinco días. Alguien le ofreció el agua de la medalla para beber y le friccionó dulcemente el rostro y el pecho con ella. Enseguida la  fiebre desapareció definitivamente. “Es notable, dice el misionero, el poder que tiene esta medalla contra el miedo y todo cuanto de él procede, especialmente en los niños”. Y agrega: “Como se sabe que esa medalla da mayor eficacia a los remedios, muchas veces la utilicé sumergiéndola en remedios líquidos o tocando los sólidos. La empleé en fiebres continuas, cotidianas o periódicas, y no me acuerdo de que ninguna fiebre, por pertinaz que fuese, resistiera tal remedio”.

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