Evangelio del día

miércoles 7/ENE/26 

Mt 4, 12-17. 23-25. 

Luz del mundo. 

Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”. A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente. Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los sanaba. Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. 

Reflexión: 

Jesús es la Luz del mundo que nos ha iluminado en el momento del Bautismo y nosotros debemos mantenernos en esa Luz. Lo hacemos cuando nos mantenemos en gracia de Dios, es decir sin cometer pecado, que nos hace esclavos del Mal, del demonio. Por eso debemos tratar de cumplir los Diez Mandamientos a la perfección y también cumplir las palabras de Jesús en el Evangelio. Cuanto mejor cumplamos su Palabra tanto más nos alejaremos del poder del mal, y el Mal, es decir Satanás, no tendrá ningún poder sobre nosotros.

Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de tener una conciencia delicada para tratar de evitar también los pecados llamados “leves o veniales” para estar así siempre en la plenitud de la Luz de Cristo.

Jesús, María, os amo, salvad las almas.

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