Actualizado el jueves 15/NOV/18

Formación católica

El odio no viene de Dios.

Dios no quiere que el hombre odie, nunca y por ningún motivo, sino que el odio viene del Maligno. Por eso el marxismo es intrínsecamente perverso, es una doctrina diabólica, porque se basa en el odio a Dios y en el odio entre los hombres, entre ricos y pobres. No fue eso lo que enseñó Nuestro Señor Jesucristo. Él no enseñó la envidia y el desear los bienes ajenos.

Tampoco justifica el odio la diferencia de las razas ni de las religiones, porque Dios no quiere que odiemos a nadie, por ninguna razón.

Entonces, teniendo en cuenta esta orden del Señor, podemos ver claramente cuáles doctrinas vienen de Dios, y cuáles vienen del demonio, porque las que se basan en el odio no pueden venir de Dios.

Estemos atentos porque ante ciertas actitudes del prójimo se nos puede despertar el odio, y eso sería muy malo para nosotros, porque el que odia, se perjudica en primer lugar a sí mismo, y luego tal vez perjudica también al hermano.

Así que no odiemos por ningún motivo, a ninguno, sino amemos a todos, para ser tenidos como hijos de Dios, portadores de paz entre las gentes, instrumentos de reconciliación y perdón entre los hombres.

 

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Necesidad de la formación

No basta con llevar una intensa vida interior. Si deseamos que nuestra vida espiritual no degenere en "sensiblería", se requiere una seria formación en el campo de la doctrina. Cristo es Vida pero también es Verdad y Camino. Si unimos la "vida espiritual", la "verdad doctrinal" y el "obrar moral", seremos sin duda fieles y enteros discípulos de Cristo.

Todos los cristianos, sobre todo los que anhelan ser militantes, tienen la grave obligación de conocer lo mejor posible las verdades de la Fe. No se puede amar lo que se desconoce. En este sentido exhortaba San Gregorio Magno: "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor aspires a las cosas eternas." Debemos frecuentar las Sagradas Escrituras, los escritos de los Padres de la Iglesia, los documentos del Magisterio eclesiástico, las obras de los doctores de la Iglesia (especialmente Santo Tomás de Aquino), los libros de los santos y grandes maestros de la moral, el dogma y la espiritualidad. Sólo acudiendo a estos faros seguros de la fe no caeremos en las modernas celadas de los falsos profetas que promueven el cambio en la fe, la duda o el agnosticismo.