Actualizado el viernes 3/JUN/22

Formación católica

El sentido de la vida.

Es tiempo de que descubramos el sentido de nuestra vida y enseñemos a los demás a descubrirlo.

El sentido de nuestra vida es que Dios nos ha creado por amor y nos promete el Cielo, al cual deberemos llegar pasando la prueba de la vida, prueba no querida por Dios, sino por Satanás, que asechará nuestra existencia con problemas y cruces, con tal de llevarnos a la perdición temporal y eterna.

Si no enseñamos a los hombres que la vida del hombre sobre la tierra es milicia, difícilmente estarán preparados y apertrechados para cuando los problemas se presenten en sus vidas. Y entonces buscarán la escapatoria de la droga, para evadirse de la realidad y escapar de este mundo que no entienden y que les es tan adverso.

Debemos enseñar a los hombres que el mundo está en manos de Satanás, que es su amo indiscutible, y que este mundo es uno de los tres enemigos tradicionales del cristiano, pues como bien decía el Catecismo: “Los tres enemigos del cristiano son: mundo, demonio y carne”.

No tratemos de adaptarnos a este mundo de pecado, porque no se puede agradar al mundo y a Dios, o se está con uno o bien se está con el otro, pero ambos son irreconciliables. No podemos servir a Dios y al Diablo.

 

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Necesidad de la formación

No basta con llevar una intensa vida interior. Si deseamos que nuestra vida espiritual no degenere en "sensiblería", se requiere una seria formación en el campo de la doctrina. Cristo es Vida pero también es Verdad y Camino. Si unimos la "vida espiritual", la "verdad doctrinal" y el "obrar moral", seremos sin duda fieles y enteros discípulos de Cristo.

Todos los cristianos, sobre todo los que anhelan ser militantes, tienen la grave obligación de conocer lo mejor posible las verdades de la Fe. No se puede amar lo que se desconoce. En este sentido exhortaba San Gregorio Magno: "Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor aspires a las cosas eternas." Debemos frecuentar las Sagradas Escrituras, los escritos de los Padres de la Iglesia, los documentos del Magisterio eclesiástico, las obras de los doctores de la Iglesia (especialmente Santo Tomás de Aquino), los libros de los santos y grandes maestros de la moral, el dogma y la espiritualidad. Sólo acudiendo a estos faros seguros de la fe no caeremos en las modernas celadas de los falsos profetas que promueven el cambio en la fe, la duda o el agnosticismo.