(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el domingo 22/MAY/22

Fragmento sobre la Consagración a María

El Gran Oráculo

            En el capítulo precedente hemos comprobado que en el versículo 15 del capítulo 3 del Génesis debemos ver realmente el anuncio divino de la Santísima Virgen. Vamos a estudiar ahora de más cerca este gran oráculo. Invitamos a nuestros lectores, no sólo a una lectura, sino a una meditación. Y es que es maravillosamente rica y profunda esta primera palabra que Dios pronunció sobre su Hijo, sobre sus hijos adoptivos y sobre María, la Madre de esta doble descendencia, que en resumen no es más que una sola. Se diría que, bajo el imperio de su inmenso amor, Dios ha querido decirlo todo a la vez sobre su Amada, su Hija, su Madre, su Esposa.

            Queda claro que, para descubrir toda la riqueza de este texto de importancia incalculable, es de buena hermenéutica que podamos servirnos de todo lo que Dios ha revelado en los siglos posteriores.

            Al tratar largamente de este oráculo, caminamos tras las huellas de nuestro Padre de Montfort, que en el «Tratado de la Verdadera Devoción» y en su «Oración Abrasada» da una amplia explicación y paráfrasis de este precioso texto. Lo reproducimos aquí:

                          Pondré enemistades
                          entre ti y la Mujer,
                          y entre tu descendencia y la suya;
                          Ella te aplastará la cabeza,
                          mientras acechas tú su calcañar
.

            «Enemistades…». Se anuncia aquí una mujer, Madre de una descendencia bendita: a este doble título Ella tendrá un corazón lleno de amor. Pero lleno también de aversión y enemistad, porque, como ya hemos dicho, el odio, en definitiva, no es más que el reverso del amor. Y es notable que tanto la primera palabra sagrada que la Escritura dice de María, como las últimas que sobre Ella nos dice el Apocalipsis, son palabras de enemistad, de lucha y de combate.

            «Enemistades…». Resaltada de este modo, esta palabra sólo puede significar, como se ha observado frecuentemente, que entre María y Satán no habrá más que eso: odio y aversión; y que Ella será, por lo tanto, como un odio viviente y personificado del demonio y de todo lo que viene de él y colabora con él.

            «Enemistades…». Nada más que eso. Por lo tanto, esta Mujer estará siempre y en todas partes en lucha con Satán, su adversario eterno. Y este odio no se apagará ni debilitará jamás; en esta lucha no habrá jamás ni debilidad, ni compromiso, ni armisticio, ni capitulación alguna, menos aún alianza o paz… Dondequiera la encontremos en este mundo, en su eterno goce de la bienaventuranza celestial, en la continuación de su existencia entre nosotros por su influencia y su acción, en todas partes la hallaremos bajo el mismo signo de la contradicción, del combate, de la lucha sin tregua y sin piedad contra el Enemigo de todo bien.

            Por lo tanto, oh María, de todas las puras creaturas, Tú eres la única inmaculada, pura, sin mancha, desde el primer instante de tu Concepción… Por lo tanto, por una protección de Dios totalmente especial, Tú has sido impecable ya desde este mundo… Por lo tanto, Tú «eres toda hermosa», oh María, libre de toda falta grave o leve, y de la más leve imperfección.

            «Ponam… Pondré enemistades», dice el Señor. Es una enemistad totalmente divina, dice Montfort, y la única de que Dios es Autor. Esto nos hace sospechar qué profunda y radical es esta aversión, cavada por Dios mismo en el Corazón de su Madre. Dios es el Autor y el Principio de este odio. El es el fin último, el supremo motivo y el adorable signo de contradicción de esta lucha implacable. Es una enemistad totalmente divina, por parte de la Mujer, se entiende. Entre Ella y el demonio lo que está en juego son las almas, sin duda, pero mucho más —y en el fondo únicamente— Dios solo, inmensamente amado por una parte, y odiado y ferozmente maldito por la otra.

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            «Entre ti y la Mujer…». Este odio se establece, y esta lucha se realizará, en un sentido que debemos comprender bien, ante todo entre María y el demonio.

            Estas enemistades, como pronto veremos, van a comunicarse a la descendencia de María, que es el mismo Jesús, y a sus hermanos, que son los miembros de su Cuerpo místico.

            Por lo que a estos últimos se refiere, constatemos que la aversión y el ardor de todas las almas santas juntas en el combate contra Satán y el pecado, no puede compararse con la santa ira e indignación profunda de María contra Satán y su calaña. Y por su par­te Sa­tán aborrece más a Aquella a quien mira como su Adversaria personal, que a todas las almas predestinadas de todos los siglos.

            «Entre ti y la Mujer…». El odio y aversión de Cristo contra Sa­tán y el pecado son, de suyo, infinitamente más profundos que los de su Madre.

            Y sin embargo, en cierto sentido, Lucifer detesta más a la Mujer que al mismo Cristo.

            Satán, en la primera fase de la lucha, se volvió no hacia el hombre, sino hacia la mujer, y por ella logró vencer al hombre y a toda su raza. En el segundo «round» de este gigantesco combate la Mujer se verá enfrentada de nuevo con Satán. El verdadero vencedor, en el fondo, será el Hombre por excelencia, el nuevo Adán, Cristo. Pero, según el principio de la «recapitulación», de la revancha sublime, adaptada en todos sus detalles a la primera partida perdida, Cristo se ocultará muy a menudo detrás de su Madre. Esta, sobre todo después de la muerte de Jesús, tendrá una parte muy aparente en la lucha que constituye el fondo de la historia humana. Siempre y en todas partes la Serpiente encontrará a la Mujer en su camino para detectar sus astucias, desbaratar sus emboscadas y aplastarle la cabeza. Ella, y siempre Ella, estará allí para oponerse a sus empresas y hacerlas fracasar. Su aparición lo hace estremecerse de cólera y de temor. Además, le da rabia la vista de Aquella que ocupó su lugar en lo más alto de los cielos, de Aquella que por su humildad conquistó lo que él había perdido por orgullo. Finalmente, ¡qué punzante humillación es para el orgulloso príncipe del infierno ser vencido por una mujer, por una humilde virgen, que se proclama «esclava del Señor», cuando Lucifer quiso llegar a ser semejante al Altísimo y escalar su trono!

            «Entre ti y la Mujer…». Estas palabras quieren señalar también que María será del lado del bien, de la humildad y de la virtud, lo que Satán es del lado del mal, del orgullo y del pecado. Ambos se encuentran respectivamente a la cabeza de los ejércitos del bien y del mal. Ambos son, cada uno a su modo, causa y principio del odio que se comunica a su descendencia. Como Satán es jefe y padre, dice Cristo, de todo lo que es mentira, malicia y pecado, de los demonios, condenados y réprobos; así también María está a la cabeza de todo lo que es bueno, justo y santo, de todo lo que pertenece al partido de Dios. No es que Ella suplante a su Hijo; sino que así como un ejército cuenta con un generalísimo y con un jefe de estado mayor, así también la Santísima Virgen colabora con su Hijo, en subordinación a su mando supremo, en la obtención de la victoria final por Dios y por las almas.

            Y si María debe cumplir una misión tan importante —y la enseñanza de la Iglesia, como más tarde veremos, no deja ninguna duda al respecto—, hay que concluir que Dios le ha infundido todas las cualidades necesarias para dirigir este combate y conducirlo a la victoria: un odio que no se puede desarraigar contra el enemigo de Dios, una perspicacia maravillosa para descubrir y desbaratar las astucias y trampas de Satán y elaborar un plan infalible de batalla, y un poder y una fortaleza invencibles para aplastar y aniquilar el inmenso ejército de Dios con su caudillo infernal.

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            «Entre tu descendencia y la suya…». El odio recíproco de la Serpiente y de la Mujer pasa a su descendencia, a su raza.

            María está al origen y es el principio de estas enemistades para toda su descendencia, aunque de manera diferente.

            Por lo que mira a su Hijo primogénito, aunque su odio supera infinitamente al de Ella, Ella da a Jesús la naturaleza humana por la que será el nuevo Adán, el Glorificador de su Padre, el Salvador de las almas y el triunfador contra Satán. De este modo, Ella es la fuente de las enemistades que Cristo ejercerá en cuanto hombre contra el Príncipe de las tinieblas, de la lucha que llevará contra él y de los triunfos que contra él conseguirá, del mismo modo que está en cierto sentido, por ejemplo, al origen del Sacerdocio de Cristo, puesto que hacerse hombre y revestirse de la plenitud del sacerdocio es para El una sola y misma cosa, y puesto que debe su humanidad a su Madre amadísima. Igualmente, ser hombre quiere decir para El plenitud de santidad, y, por consiguiente, también aversión radical a Satán y al pecado.

            Por lo que se refiere a nosotros, a quienes la Escritura llama de manera tan impresionante «el resto de su descendencia, reliqui de semine eius», la Virgen Santísima nos comunica directamente el horror del mal y la aversión por Satán. Y es que el odio del pecado no es más que el aspecto negativo de la virtud y de la perfección; y por lo tanto es un efecto de la gracia, y la gracia —toda gracia— nos viene, después de Dios y de Cristo, de María y por María.

            «Entre tu descendencia y la suya…». Nuestro Padre de Montfort observa justamente: «Dios ha puesto enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo; ellos no se aman mutuamente, no tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satán, los amigos del mundo (pues es la misma cosa), han perseguido siempre hasta aquí y perseguirán más que nunca a aquellos y a aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen». Volveremos sobre estas persecuciones. Pero no hay tal vez nadie que haya intentado practicar seriamente la perfecta Devoción a María, que no haya recibido en este campo como avisos secretos y sentido una aversión instintiva hacia ciertas personas, sobre las que más tarde se hizo patente que no se podía uno fiar de ellas, y que, a veces de manera espantosa, pertenecían al bando de Satán. Es evidente que hemos de ser muy prudentes respecto a esta clase de sentimientos, pues debemos temer aquí que no se deje entrada a ilusiones y pretextos, y porque de todos modos debemos practicar, incluso heroicamente, la caridad cristiana.

            A ejemplo de Montfort, que bajo todos los aspectos es el tipo ideal del verdadero hijo y esclavo de María, el amigo heroico de las almas, pero también el enemigo irreconciliable del pecado y de los abusos, debemos abrir ampliamente nuestras almas para que de María, la Mujer fuerte, guerrera, triunfadora, cuyos indignos pero aman­tes hijos somos, se derrame en nosotros el odio sano, santo y vivificante de todo lo que se opone a Dios, a Cristo, a María, a las almas.

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            «Ella te aplastará la cabeza…». Hemos hecho notar ya que otras traducciones del libro del Génesis y el texto original hebreo leen aquí: «Ipsum conteret caput tuum: Tu linaje le aplastará la cabeza». Pero repetimos también que podemos seguir con toda seguridad el texto de la Vulgata, la traducción latina oficial de la Iglesia, porque esta traducción no puede contener de ningún modo ningún error doctrinal, y porque es indudable que además traduce exactamente, si no la letra, sí al menos el espíritu de la profecía en cuestión, tal como la entendió siempre la Tradición cristiana. «Por haber hecho esto», dice Dios a la Serpiente, «pondré enemistades entre ti y la Mujer», porque tú has contraído una alianza con la mujer contra Mi; tú has vencido al hombre por la mujer; pero en revancha Yo decreto que por la Mujer el Hombre «te aplastará la cabeza».

            Esta ley de la «recirculatio», reconocida por toda la Tradición, incluso la más antigua, exige que la Mujer no sólo viva en enemistad con Satán, sino comparta también la victoria sobre él. A la combinación astuta Satán - Eva - Adán, la infinita Sabiduría de Dios contesta por otra combinación en sentido inverso: Cristo - María - Satán. Esta sublime antítesis exige una participación universal de María en el aplastamiento de Satán. El nuevo Adán, el divino Vencedor de esta batalla secular y mundial, deberá servirse de la nueva Eva como colaboradora y como instrumento universal en todas las fases de su lucha victoriosa. Con la Tradición, los Papas y la Iglesia parafraseamos: «Ella te aplastará la cabeza, mientras acechas tú a su talón».

            «Ella te aplastará la cabeza…». Este aplastamiento del Dragón infernal comenzó en vida propia de la Santísima Virgen, cuando la primera creatura humana quedó sustraída a su potestad por la Concepción Inmaculada de María y cuando, en esta vida sin falta alguna, y en cierto modo impecable, Ella le infligió derrota tras derrota. En efecto, en esta existencia no hay lugar para el pecado, que es el triunfo de Satán; ni para el pecado grave ni para el pecado venial, ni siquiera para la más leve imperfección, de modo que, en esta vida, no se concedió nunca la menor satisfacción al infierno.

            «Ella te aplastará la cabeza…». María participa en todas las derrotas infligidas a la Serpiente. Ella participa en la gran victoria central y decisiva lograda contra Satán por la vida y muerte de Jesús, pues Ella es Corredentora con el Redentor, y por tanto Cotriunfadora con el gran Vencedor. Ella participa también en toda victoria conseguida contra los demonios en el transcurso de los siglos por la Iglesia o cualquier alma; pues cada triunfo sobre Satán, tanto colectivo como individual, es a las claras obra de la gracia, y María es la Mediadora de toda gracia sin excepción: su misión como Adversaria personal de Satán es una consecuencia, o mejor dicho, un aspecto o forma de su Mediación universal de todas las gracias. Y por eso no hay ninguna vida humana ni ningún período agitado de la historia en que, después de Cristo, no debamos atribuir a María, la gloriosa e invencible Adversaria del infierno y de los demonios, todo triunfo del bien sobre el mal, de la virtud sobre la iniquidad, de la verdad sobre la mentira, de la pureza sobre el vicio, de la fe sobre la herejía.

            «Ella te aplastará la cabeza…». No se trata sólo de expulsar, alejar o herir al adversario, sino de aplastarlo. En su propia vida, en la existencia de sus hijos y esclavos de amor, en la historia de la Iglesia y del mundo, Ella infligirá al demonio una derrota total y definitiva. Quien le está y permanece íntimamente unido por una Consagración total, por un recurso confiado y constante, por una imitación de cada instante, alcanzará una victoria brillante sobre el Espíritu de orgullo y de malicia. ¡Qué pensamiento tan consolador para quienes quieren pertenecerle enteramente y para siempre!

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            «Mientras acechas tú su calcañar…». Tú tratarás de herirla en el talón. Una serpiente, con mil ardides y vueltas, se esconde y se desliza para morder el pie que trata de aplastarlo, e inyectarle su veneno mortal.

            A la Mujer, a quien durante su vida en esta tierra la Serpiente trató en vano de seducir y vencer, trata de dañarla ahora en su doctrina. La táctica de Satán es la de intentar disminuir y empequeñecer por todos los medios a la Santísima Virgen a los ojos de los hombres. Por las grandes herejías que suscitó en otro tiempo trató de arrebatarle sus joyas más preciosas, la Maternidad divina, su perpetua Virginidad. Los falsos sistemas modernos, el protestantismo, el jansenismo, el racionalismo, el modernismo y otros, se pusieron de acuerdo en atacar de consuno sus grandezas y glorias, además de otros puntos de doctrina. Es también incontestable que muchos escritores católicos «racionalizantes» y supuestamente sabios se esfuerzan por minimizar sus privilegios o ponerlos en duda, como por ejemplo su Corredención o su Mediación universal de todas las gracias. Y países que hasta estos últimos tiempos parecían inmunizados contra semejantes aberraciones, como por ejemplo Francia, son atormentados ahora por influencias nefastas, que se ejercen a veces a plena luz, pero más a menudo por medio de tractos anónimos sembrados con profusión. Hay que notar que, mientras que en otros puntos de doctrina se es más benigno, en Mariología se exige una demostración que aporte una certeza absoluta.

            Satán combate también a su gloriosa Adversaria en su culto. Donde le es posible suprime en el espíritu y en el corazón de los cristianos todo amor y devoción a la santa Madre de Dios. Protestantes y Jansenistas rivalizaron con sus esfuerzos por ahogar la devoción mariana en el alma de los cristianos. Satán trata de introducir abusos entre las prácticas del culto mariano, él, el «hombre enemigo» del Evangelio, que siembra la cizaña encima de la buena semilla, con la esperanza de que con la cizaña se arrancará también un día la hermosa y buena cosecha mariana. Montfort, en su «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», escribió páginas vibrantes de emoción e indignación, para quejarse de que no sólo herejes y cismáticos, sino también católicos, y doctores entre estos, no conocen a María más que de un modo muy imperfecto e incompleto, y hacen todos sus esfuerzos por comprometer las prácticas más autorizadas de la devoción mariana, bajo pretexto de suprimir sus abusos… ¡Lo que Montfort escribía en 1712 no ha perdido, desgraciadamente, nada de su actualidad en 1954!.

            Satán combate a María en sus hijos, pues, como lo cuenta el Apocalipsis, cuando la Mujer con su Hijo fue sustraída al furor del Dragón, este «se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia». El atormentará a los verdaderos servidores de María de todos los modos posibles, con enfermedades y tribulaciones, con contradicciones y persecuciones, y perseguirá con sus más terribles tentaciones y sus más peligrosas seducciones a quienes María ama con un amor de elección, y a los cuales, por otra parte, Ella, siempre victoriosa, cubrirá con su protección.

            Lo que acabamos de decir de la devoción mariana y de los servidores de María en general, debemos afirmarlo más especialmente aún del culto mariano llevado a su más elevada expresión, y de aquellos que, queriendo amar a María del modo más perfecto, serán para Satán, según la expresión de nuestro Padre, como la «reproducción» de María en este mundo.

            El librito del «Tratado de la Verdadera Devoción», que debía comunicar al mundo de las almas esta forma más elevada de amar y servir a María, el diablo lo desgarró con rabia, y lo mantuvo escondido por espacio de 130 años, tratando de sepultarlo definitivamente «en las tinieblas y el silencio de un cofre». Todos los medios le parecen buenos para oponerse a la difusión de esta devoción mariana más excelente. Suscita malentendidos, inspira a los cristianos mundanos una aversión profunda y un desprecio orgulloso hacia este servicio mariano de mayor perfección. Consigue sublevar contra él a hombres de buena voluntad, y hace surgir contra él toda clase de dificultades y objeciones en las almas. Y cuando ha agotado todos los expedientes, extravía las cartas, hace saltar si es preciso las máquinas de imprenta para impedir la difusión de lo que le da una rabia impotente… Hay aquí algo que provoca asombro, y es que el diablo se obstine en sus resistencias impotentes, cuando debería saber por experiencia, y lo sabe de hecho, que todos estos ardides y todos sus ataques son inútiles a fin de cuentas, y que su temible Adversaria tendrá siempre y sin excepción la última palabra.

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            «Mientras acechas tú su calcañar…». En estas terribles emboscadas tendrá siempre una parte principal el talón de la Mujer, que debe aplastarle la cabeza. El talón de la Mujer lo son ya en parte todos los que se aplican a llevar una vida mariana más perfecta. Montfort, en efecto, en su célebre profecía recordada más arriba que predice la suerte de su librito, anuncia que «estas fieras convulsas… atacarán y perseguirán aun a aquellos y a aquellas que lo lean y lo lleven a la práctica». En otro lugar dice que «los servidores fieles de esta buena Madre» —y está hablando sin lugar a dudas de los esclavos de amor de Nuestra Señora— «tienen tantas ocasiones de sufrir, y más que los otros que no le son tan devotos. Se los contradice, se los persigue, se los calumnia, no se los puede sufrir». A estos ataques multiformes del demonio quedarán expuestos mucho más aún quienes trabajan por el reino de María, quienes ponen su vida bajo el signo del apostolado mariano, nuestros propagandistas, los «sacerdo­tes de María», que se toman en serio su Consagración mariana y tratan de sembrar en las almas la preciosa semilla mariana…

            Y ¿cómo no enviar aquí un saludo, lleno de amor y admiración, a quien fue el tipo acabado del verdadero esclavo de María y el apóstol infatigable de María, nuestro santo Padre de Montfort? El fue realmente el «talón» de la Mujer; y por permisión de Dios y de Nues­tra Señora, pero por intermedio del odio impotente del demonio, fue pisoteado y aplastado, perseguido y expulsado, ridiculizado y mofado, incluso golpeado y maltratado por Satán en persona, y casi asesinado más de una vez… Pero, fortalecido por la asistencia de su Madre, permanece tranquilo, apacible, imperturbable y aun feliz y jubiloso en medio de las cruces y pruebas más sangrientas; e irresistible también en palabras y en hechos, no deja de ser uno de los mayores apóstoles de todos los tiempos, obrando aún hoy después de varios siglos —¡y qué profundamente!— en millones de almas. Todo ello porque fue, más que nadie, el talón de la Mujer, el vencedor incomparable de Satán, triunfando sobre él y aplastándolo realmente en un número incalculable de almas…

            Todos nosotros queremos ser también los hijos, servidores y apóstoles de Nuestra Señora, los propagandistas de su amor y devoción bajo su forma más hermosa y elevada… Y nadie de nosotros será lo bastante cobarde para sustraerse a su servicio de amor y al ejercicio de su apostolado porque tenga que luchar y combatir, y recibir por eso golpes y heridas. Sufrir y combatir con Ella y por Ella es un honor, una alegría. Las cruces de los esclavos de amor de Nuestra Señora son cruces confitadas, dice Montfort, con el azúcar de la dulzura materna de María. Nosotros también contribuiremos a aplastar a Satán en la medida en que aceptemos ser «talón» de la Mujer y tener parte en las humillaciones, en las pruebas y en el sufrimiento, y sobre todo en la medida en que le permanezcamos estrechamente unidos por una pertenencia total y una vida mariana de cada instante.

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