(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el miércoles 6/OCT/21

Fragmento sobre la Consagración a María

Caridad que soporta y perdona

            Como hemos dicho, la caridad con el prójimo ocupa un lugar predominante en la doctrina de Cristo. Nuestra Señora participa singularmente del amor profundo e inconmensurable de su Hijo Jesús por las almas. Queremos copiar cuidadosamente este doble Modelo y amar a nuestro prójimo con caridad sobrenatural, en Dios y por Dios.

            El ejemplo de nuestra divina Madre nos enseñará también las cualidades de que debe estar revestida esta caridad. Muy especialmente nos hará perdonarlo y soportarlo todo; pero también será dadivosa y generosa, amable y atenta.

            Nada es más conmovedor en la historia de la vida y pasión de Jesús que escucharlo murmurar estas palabras, en el mismo momento en que sus verdugos cumplían con su horrible trabajo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».

            Tampoco la Santísima Virgen, a la vista de las torturas indecibles infligidas a su Jesús, se dejó llevar por la ira, ni colmó a los culpables de sus maldiciones maternas, ni siquiera a los verdaderos y principales culpables en este drama del Calvario. Ella se mantuvo estrechamente unida a Jesús, ofreciendo juntamente con El sus propios sufrimientos y sobre todo los terribles dolores de su Hijo, como Corredentora por la salvación y felicidad de los hombres, incluidos los verdugos de Jesús, y repitió con El las divinas palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».

            A Juan, el discípulo amado, que a pesar de esta predilección también había abandonado cobardemente a su Maestro y Amigo, y a Pedro, que además lo había negado vergonzosamente, Ella no les dirigió palabras de reproche, ni los rechazó lejos de sí, ni siquiera por algunas horas al menos, como castigo mil veces merecido; no, sino que con indecible bondad los acogió enseguida y los alentó a servir a Jesús con más fidelidad y amor que antes. Y si Judas, el traidor, el que mayor culpabilidad tenía en esta sangrienta tragedia, hubiese venido a Ella para manifestarle su pesar y desesperación por el crimen que acababa de cometer, Ella hubiese impuesto silencio a su Corazón materno y estampado en su frente ardiente, en nombre de Jesús mismo, el beso del perdón…

            Con ternura materna y delicadeza admirable, Ella, la Inmaculada, admitió en su entorno a la pecadora arrepentida, María Magdalena, que sin duda le fue confiada por Jesús mismo para una purificación más completa y la formación de esta alma tan ricamente dotada.

            María es y sigue siendo de este modo la Madre de misericordia y, a causa de esto, el refugio de los pecadores. Y no hay un solo pecador en el mundo, por muy metido que esté en el fango del vicio, por muy obstinado en el mal que se muestre, por muy cargado que esté de todos los crímenes del mundo, que a su primera invocación, a su primera señal de pesar y arrepentimiento, Ella no esté dispuesta a acoger, a abrirle sus brazos maternos, a apretarlo contra su Corazón y volverlo a conducir al Corazón de Jesús, su amadísimo Hijo.

            Y cuando el alma no se deja llevar a estos extremos, ¡qué buena y caritativa, qué paciente y longánima se muestra con todas nuestras debilidades y miserias!

            Es que, sin duda alguna, Ella es la Mujer fuerte que ha de conducirnos a la conformidad con Cristo crucificado. Y Montfort nos recuerda que «Ella reprende a sus hijos como caritativa Madre cuando faltan; y, algunas veces, hasta los castiga, amorosamente»; pero todo esto es obra de una caridad inagotable e indestructible. Su paciencia y su bondad no tienen límites. Ella es la Mediadora de todas las gracias. Todas las gracias actuales son muestras de la benevolencia y de las directivas e inspiraciones de María, después de serlo de Dios y de Cristo. ¡Cuántas veces por día Ella nos presenta sus gracias y nos invita a la mortificación, al recogimiento, a la abnegación, al empleo útil de nuestro tiempo, al espíritu de oración, a la caridad! Y ¡qué a menudo nosotros nos hacemos los sordos a sus exhortaciones, no concedemos ninguna atención a sus llamamientos, o resistimos de propósito deliberado a sus invitaciones maternas! ¡Y Ella vuelve cada día, cien veces por día, a presentarnos sus tesoros de gracias y suplicarnos que escuchemos sus consejos maternos! No hay cobardía ni negligencia de nuestra parte capaz de impedir que Ella cumpla con su misión materna, y que nos rodee con su ternura llena de solicitud.

«

            Esta debe ser también, a ejemplo de la Santísima Virgen, nuestra caridad: una caridad que lo perdona y lo soporta todo. San Pablo nos lo enseña en su ditirambo espléndido sobre la caridad fraterna: «La caridad es paciente, es servicial…; no se irrita, no toma en cuenta el mal…; todo lo excusa…, todo lo soporta».

            Esta ley del soporte mutuo es muy importante, porque las lagunas en este punto nos conducen a un número incalculable de imperfecciones, o más bien nos establecen en un estado habitual de imperfección, ya que este deber se impone casi continuamente a nosotros. Jesús, al inculcarnos este precepto, recuerda un fenómeno psicológico que nos hace muy difícil este soporte. Y es que vemos claramente los defectos del prójimo, que frecuentemente agrandamos, mientras que no somos conscientes de nuestras imperfecciones personales, a menudo mucho más graves. Eso nos pasa a todos. Haz la prueba con tus parientes y conocidos: para cada uno de ellos tendrás enseguida una etiqueta poco halagadora. Este es charlatán, aquel es curioso, descortés, arrebatado, perezoso y otras cosas. Pero cuando llegas a ti mismo, ya no te queda para ti ninguna de estas etiquetas: ¡ya las has distribuido todas! Y va sin decir que en cada constatación de este género añadimos para nosotros: «¡Yo no soy así…!». ¡Nos hacemos creer tan fácilmente que, en comparación con los demás, no tenemos defectos… o tan pocos!…

            Frente a esta suficiencia pongamos la afirmación de Jesús, que en cierta medida se aplica a cada uno de nosotros: «¿Cómo miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».

            Acordémonos frecuentemente de este ejemplo de la viga y la brizna de paja. Es el caso de todos nosotros. Y que esto nos haga hu­mildes y tolerantes según el espíritu de nuestra divina Madre, María.

            San Pablo, que a las especulaciones dogmáticas más sublimes une un sentido muy profundo y justo de la ascética más definida, vuelve a menudo sobre el cumplimiento de este deber: «Os exhorto… a que viváis de manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz». Y en otra parte insiste de nuevo: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros». Tratar a nuestros semejantes con bondad, dulzura y humildad, incluso en sus faltas y lagunas, es tener el espíritu de la Santísima Virgen; y llevados por él, hemos de seguir siendo pacientes y longánimos durante semanas, meses y años enteros, porque aquellos con quienes vivimos siguen cediendo a las mismas debilidades, a los mismos defectos.

            Nos cuesta comprender esta lección, y aducimos mil razones para no tener que aplicarla en nuestra vida. Usamos como pretexto especialmente la extrañeza inverosímil de la conducta de algunos de nuestros semejantes. Es cierto que algunas personas pueden ser demasiado caprichosas, arrebatadas, susceptibles, versátiles, pueriles, pródigas, a veces malvadas, vengativas y crueles… Una vez más, la lista de las miserias humanas que frecuentamos, y que por desgracia llevamos también con nosotros, es interminable. Pero dejemos bien claro en nuestro espíritu que todos estos defectos, sin ninguna excepción, están incluidos en la ley del soporte mutuo, reclamado por la vida cristiana y mariana.

            También es cierto que podemos y debemos practicar la corrección fraterna, y señalar al prójimo, en el momento propicio y con bondad y dulzura, sus yerros y defectos. Pero si estos avisos llegasen a ser inútiles —y así sucederá nueve veces de cada diez—, tendremos que evitar a pesar de todo los reproches, la dureza, la impaciencia y la amargura. Tratemos de ser bondadosos con los caracteres difíciles, humildes con los hombres inflados y orgullosos, calmos y dulces con los violentos, y mantengámonos en esta actitud cristiana, aunque el prójimo se obstine en sus errores y defectos. Esta es la voluntad de Cristo y el deseo y el espíritu de la dulce, clemente, misericordiosa, humilde y amabilísima Virgen María.

«

            Soportar y perdonar.

            Es la ley que Jesús quiso inscribir en nuestra oración cotidiana, para que no la olvidáramos y nos sintiéramos obligados a cumplirla: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».

            Muchos cristianos están en falta sobre este punto.

            Es indudable que hay que distinguir entre el perdón concedido por la voluntad y el sentimiento de aversión instintivo y de rencor involuntario, del que no somos dueños. Si no cedemos conscientemente a estos sentimientos, y nos esforzamos por vencerlos y apartarlos, no habremos dejado de cumplir nuestro deber de caridad que perdona.

            Y que no se diga: «No puedo perdonar. Me es algo absolutamente imposible». No podemos olvidar siempre las cosas, aunque podemos evitar el repliegue voluntario de nuestros pensamientos sobre la pena o injusticia sufridas. Pero siempre podremos perdonar: para eso basta un acto enérgico de la voluntad, que siempre podemos realizar a pesar de la repugnancia y repulsión instintivas. A este perdón de voluntad estamos estrictamente obligados.

            Y debemos perdonarlo todo: todo lo que se hizo contra nosotros: burlas, desprecios, injusticias, calumnias, malos tratos, el mismo atentado contra la propia vida…; y también todo lo que, de algún modo, se haya hecho contra nuestra familia, nuestros amigos, nuestra patria. Ningún pretexto puede dispensarnos de esta obligación.

            Pecamos cuando alimentamos voluntariamente sentimientos de odio contra nuestros enemigos, cuando nos alegramos por sus desgra­cias, cuando nos negamos a darles las muestras de educación y caridad que normalmente se exhiben con todo prójimo, cuando intentamos vengarnos dañándolos en sus bienes, en su reputación, en su salud o en sus empresas.

            Hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, según el precepto de Cristo y el ejemplo heroico de nuestro Padre de Montfort, amemos a nuestros enemigos, recemos por ellos, hagámosle bien: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No devolváis a nadie mal por mal… En lo posible, y en cuanto de voso­tros dependa, vivid en paz con todos los hombres. No toméis la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, sino dejad lugar a la cólera… Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber… No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien». Estimamos, según la sabiduría humana, que vengarse es una muestra de fortaleza; pero en realidad somos vencidos entonces por el mal. Los santos, Jesús y María ante todo, fueron vencedores del mal por su bondad y caridad.

            En todas las circunstancias, tanto las más graves como las menos importantes, debemos inspirarnos de estos principios. Montfort, a este respecto, fue un ejemplo magnífico de heroísmo. Exigió de sus hijos actos que se inspiren de estos sentimientos; pues nos prescribe en nuestra regla rezar especialmente por quienes nos hayan hecho alguna injuria notable, y ello durante nueve días.

            Sea nuestro propósito, a ejemplo de nuestro Padre y en el espíritu de Jesús y de su divina Madre, tener delicadezas especiales para con quienes nos entristecen o nos caen antipáticos.

            Eso no es ni cobardía, ni hipocresía, ni falta de lealtad o rectitud. Es sencillamente sabiduría según Dios, aunque sea, es cierto, locura según el mundo. Es ver el fondo de las cosas: es ver al alma redimida por la Sangre de Cristo y las lágrimas de María; es apreciar en su justo valor la vida divina que está en esas almas, o que al menos se les ofrece y destina; es ser verdaderamente cristiano, consagrado a María y discípulo de Montfort.

Lea o descargue el precioso libro sobre la Consagración a María (en Word)

Léalo o descárguelo en PDF

Si desea formar parte del Grupo CONSAGRADOS A MARÍA y recibir estos mensajes, haga clic aquí