(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el jueves 31/ENE/19

Fragmento sobre la Consagración a María

El espíritu de la perfecta Devoción

            En «El Secreto de María» San Luis María de Montfort define así la perfecta Devoción a la Santísima Virgen: «Consiste en darse por entero, en calidad de esclavo, a María y a Jesús por Ella; y lue­go en hacerlo todo por María, con María, en María y para María. Explico estas palabras».

            «Explico estas palabras». En esta Serie Immaculata nos esmeramos modestamente en hacer lo que hace nuestro Padre. El primer volumen de la serie quedó consagrado a explicar el Acto de Donación mismo, con sus consecuencias inmediatas y sus obligaciones. Hablar de estas últimas era ya entrar en el campo del «espíritu» de la verdadera Devoción. Por la exposición completa y detallada de las prácticas interiores de la perfecta Devoción a Nuestra Señora, vamos a describir a lo largo y a lo ancho este «espíritu», o la manera de vivir interior y habitualmente nuestra pertenencia total a la santísima Madre de Dios. ¡Concédanos esta divina Madre la gracia de realizar convenientemente este trabajo! Pues es de la mayor importancia para el bien de las almas y sobre todo para el propio Reino de Ella; ya que el reino de María en las almas consiste principalmente en la aplicación de estas prácticas interiores a nuestra vida.

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            Muy útil para adquirir progresivamente este espíritu es la renovación frecuente y bien consciente de nuestra Consagración total, hecha ya con una fórmula verbal, ya de manera puramente interior, por ejemplo, al levantarse y al acostarse, antes y después de las comidas, al comienzo de cada nueva actividad, en las dificultades y tentaciones, a la vista o al encuentro de una imagen de Nuestra Señora, entre las decenas del Rosario, etc.

            Pero, como justamente observa San Luis María de Montfort, eso no basta. Para llegar a la santidad es indispensable ir más lejos: «No basta haberse dado una vez a Jesús por María en calidad de esclavo; no basta siquiera hacerlo cada mes, cada semana [y, podemos añadir, cada día y varias veces por día]; eso sería una devoción demasiado pasajera, y no elevaría el alma a la perfección a que es capaz de elevarla».

            Debemos estar advertidos de que no es fácil penetrarnos bien de este espíritu: «No es muy difícil alistarse en una cofradía, ni siquiera abrazar esta devoción…; la gran dificultad está en entrar en el espíritu de esta devoción, que es hacer a un alma interiormente dependiente y esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella».

            Y lo que no es fácil no lo hará ordinariamente la mayoría de las almas, o al menos sólo imperfectamente. El aviso que sigue es un poco desalentador: «He encontrado a muchas personas que, con admirable ardor, se han entregado a su santa esclavitud en el exterior; pero raramente he encontrado a quienes hayan adquirido su espíritu, y aún menos que hayan perseverado en él».

            Nos sentimos inclinados a creer que, si Montfort viviera en la hora actual, temperaría un poco la severidad de esta afirmación. Hoy hay muchas almas que toman en serio su vida mariana y se aplican generosa y constantemente a vivir en dependencia habitual de la Santísima Virgen.

            Sea como sea, no debemos de ningún modo dejarnos confundir por esta constatación de nuestro Padre. Los santos son también raros, incluso rarísimos; y sin embargo eso no es ningún motivo para dejar de tender a la perfección. Si hay pocas almas que den a nuestra divina Madre todo lo que le corresponde, eso es un motivo más para tratar de hacerlo nosotros con la gracia de Dios y la ayuda de Nuestra Señora, aunque sólo fuera para compensarla de tantas lagunas.

            Para gloria de la Santísima Virgen, por amor a nuestro único Jesús, para glorificación y gozo de nuestra Madre amadísima, trataremos de aplicarnos a partir de hoy, apacible pero valientemente, con perseverancia y tenacidad, a la práctica interior de la santa esclavitud de amor.

            Hemos de querer esto, quererlo enérgicamente, y estar dispuestos a «aguantar» diez, veinte y cincuenta años si es preciso, hasta la muerte, y eso a pesar de todas las decepciones y contradicciones, tan­to interiores como exteriores.

            Nuestra triste experiencia, es cierto, nos ha hecho profundamen­te conscientes de nuestra debilidad e inconstancia.

            Pero si se lo pedimos al Señor humilde y confiadamente, El mis­mo «realizará en nosotros el querer y el obrar».

            Cada día pediremos —y esta súplica será escuchada— la práctica humilde, ardiente y constante de la perfecta Devoción a Nuestra Señora. Es esta una gracia selecta, en un sentido la gracia de las gracias, porque conduce a las demás y las contiene todas en principio y en germen: «Todos los bienes me vinieron juntamente con Ella».

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            Estas prácticas interiores de dilección perfecta a Nuestra Señora, tal como las propone San Luis María de Montfort, son de una riqueza y profundidad maravillosas. Abarcan todo el campo de trabajo de la santidad. son como la «marialización» de todos los aspectos de la vida espiritual. Son la Mediación universal de María reconocida y aplicada en la práctica, no sólo en el orden de la oración y de la intercesión, sino en todo el orden de relaciones de nuestra alma con Jesús, con Dios. Tal vez en ninguna otra parte, a no ser que sea justamente bajo la influencia reconocida o inconsciente de Montfort, se encuentra esta riqueza sobreabundante de datos prácticos marianos. Ya se trate de dependencia y de conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, ya de imitación o de unión, ya de confianza y abandono, ya de orientación de toda nuestra vida hacia Dios, nuestro Fin supremo: todas estas actitudes de alma, cada una de las cuales considerada separadamente puede conducir a la perfección, las encontramos marializadas en estas prácticas interiores.

            Y sin embargo, a pesar de su amplitud y admirable profundidad, esta espiritualidad mariana es accesible al simple fiel, más accesible tal vez a la gente sencilla que a los demás, porque en definitiva no es más que la vida de amor y el camino de infancia, vivido en unión con Nuestra Señora. El amor hace dependiente, busca semejanza y unión con el ser amado, y no vive sino para este ser: y estas son precisamente las cuatro prácticas interiores de la perfecta Devoción a Nuestra Señora.

            Un hijo obedece a su madre, se confía a ella, la mira sin cesar para imitarla, vive de buena gana junto a ella y le trae todos sus pequeños tesoros: estos son más o menos los deberes que el Padre de Montfort asigna a los predestinados respecto de María; y las prácticas interiores no son más que la prolongación y perfeccionamiento de estos deberes hasta los estados místicos más elevados.

            Lo que ha incomodado a cierto número de almas frente a estas prácticas interiores, es que a primera vista parecen a veces oscuras y complicadas. No es más que una apariencia. Nos atrevemos a esperar que, después de las explicaciones que vienen a continuación, no quedará poco o nada de esta oscuridad y complicación. Y si nuestros lectores encontrasen oscuridades en nuestra exposición, hagan el favor de decírnoslo llanamente. Les estaremos muy agradecidos.

            Señor Jesús, enséñanos a amar a tu Madre con obras. Enséñanos a ser, como Tú, dependientes de María, a confiar en Ella, a vivir unidos a Ella, y totalmente para Ella. Tú eres, Jesús, el gran Modelo de la vida mariana perfecta. Danos la gracia de vivirla y practicarla; y especialmente por lo que mira al amor verdadero y perfecto de María, Madre tuya y también nuestra, haz, Jesús, nuestro corazón y nuestra vida semejantes a los tuyos.

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