(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el domingo 1/AGO/21

Fragmento sobre la Consagración a María

Sponsa Christi (1)

            Después de Cristo, María es nuestro Modelo.

            Nuestro modelo en nuestras relaciones con Dios, como hemos visto en capítulos precedentes; nuestro modelo también en nuestras relaciones con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

            Ella lo es a la vez como María y Marta al servicio del Señor.

            Ella lo es también como esposa de Cristo, sponsa Christi, que es un lazo elevadísimo y estrechísimo de nuestra alma con El.

            El alma sacerdotal, el alma religiosa, son las esposas de Jesús; y también lo son las que, sin llevar el hábito sacerdotal o religioso, se dan al Señor en la castidad virginal.

            Es también esposa de Cristo, en cierta medida pero realmente, toda alma que vive en la caridad y gracia de Dios. El Cantar de los Cantares canta y exalta bajo esta forma la unión mutua de Dios y de su pueblo elegido, Israel, a pesar de que, en el pueblo judío, la castidad virginal no era apenas conocida.

            Por eso, las páginas que vienen a continuación no se dirigen únicamente a los sacerdotes y religiosos, y a las almas consagradas que viven en el mundo. María es un Modelo encantador para todos los cristianos que se sienten atraídos a la unión divina bajo esta forma. ¡Dígnese la incomparable y, en cierto sentido, única Sponsa Christi impregnar con su gracia estas páginas, consagradas a un tema tan elevado y delicado!

 

Esposa virginal de Cristo

 

            La teología de nuestros días, alentada y dirigida por los Papas, ha resaltado fuertemente y explotado profundamente el principio tradicional más antiguo y rico en materia mariana: que María es la nueva Eva del nuevo Adán que es Cristo, y que, por consiguiente, Ella tiene que cumplir en el orden de la salvación, y guardadas las debidas proporciones, el mismo papel que Eva tuvo en el orden de la caída, de la perdición y de la muerte.

            Incluso hay teólogos que ven en ello —con motivos serios— el principio fundamental de la Mariología, del que se pueden deducir todos los privilegios de la Santísima Virgen, sin excluir su divina Maternidad.

            En todo caso tenemos ahí un fundamento muy sólido y de elevadísimo valor, en el que podemos construir con seguridad, y bajo la mirada vigilante de la Iglesia, el edificio de la glorificación de María, y hacerlo subir a alturas capaces de provocar vértigo.

            Ahora bien, la primera misión de Eva era la de ser la esposa de Adán, y a este título, su «ayuda semejante a él».

            Del mismo modo, la predestinación de María, nueva Eva, comporta ante todo ser la Esposa de Cristo, y a este título, su Colaboradora fiel en todas sus obras y en todos sus misterios.

            Va por sentado que se trata aquí de una unión espiritual, sobrenatural, que une directamente el alma de Cristo al alma de María: pues se comprende fácilmente que no podía tratarse de una unión nupcial ordinaria.

            Pero para quedar unidos por lazos físicos estrechísimos e indisolubles, María fue predestinada por Dios para ser Madre de Cristo, su Madre según la carne, a fin de ser su Esposa según el espíritu.

            Esta unión espiritual de Esposa con el Esposo es, en Nuestra Señora, tan real como su Maternidad divina, que la vincula físicamente a su Hijo.

            No se podría comprender la vida interior de la Santísima Virgen ni penetrar en sus manifestaciones más íntimas, profundas y ricas, si no tuviésemos en cuenta estas relaciones esenciales tan puras y elevadas, que unen a Jesús con su santísima Madre.

            No es nuestro cometido estudiar y exponer esta sublime verdad desde el punto de vista de Jesús.

            Pero sí que debemos contemplar a María como la primera Esposa de Cristo, la más hermosa, pura, fiel y generosa, y proponerla como modelo a todos los que pueden gloriarse de una vocación tan gloriosa y exigente.

 

Perfecta Esposa de Cristo

 

            A la base y al origen de la unión matrimonial se encuentra el amor. Y este amor es también el que debe mantener, alimentar y estrechar sin cesar esta unión, una vez que ha sido contraída.

            Jesús es el primero en haber amado a María con un amor incomparable. «Codició su belleza» encantadora, y la eligió para ser su Esposa inmaculada y virginal.

            ¡Y cómo respondió María a este amor!… Desde el primer momento de su existencia, Ella amó a Dios con un amor profundísimo, total, con un amor exclusivo. Y este amor Ella lo tiene sin división al Hijo de Dios, encarnado en su seno, y a quien la Maternidad divina la une por lazos tan fuertes y estrechos.

            María ama con esta intensidad tranquila, profunda, insospechada, de las almas virginales. Su afecto no se desparrama, no se malgasta en mil creaturas. Ella ama ciertamente a las creaturas: a los hombres, que son sus hijos; a los ángeles, que contemplan la faz de Dios y llevan su vida en ellos; pero Ella no los ama más que en Dios y por Dios, en Jesús y por Jesús, y así su corazón no conoce ninguna división.

            El amor de María exigía y llevaba consigo lo que es tal vez, sobre todo en la mujer, la necesidad más irresistible del amor: el don de sí.

            María se dio enteramente —es la ley de la unión nupcial— a Cristo, su Esposo, con su cuerpo y su alma, con su ser y sus bienes, con sus potencias y sus obras; Ella se dio enteramente, de una sola vez y para siempre.

            Jamás volvió Ella a retomar la menor parte de este don: cada minuto de su tiempo, cada acto de su vida, fueron la renovación, la ratificación y la realización de su donación inicial… ¡Cuántas veces habrá repetido Ella, en profundo recogimiento y con afecto emocionado: «Dilectus meus mihi, et ego illi: Mi Amado es para mí, y yo para mi Amado»!.

            Ella cumplió perfectamente y sin descanso el deber de la esposa, deber que para la esposa ordinaria es tan difícil de cumplir a causa del egoísmo humano, que no se puede desarraigar; pues Ella vivió entera y únicamente para Cristo, su Esposo.

            María se olvidó a sí misma… Esta es la cima del amor, la cumbre tan difícil de escalar. Ella no conoce más que a El, no vive sino para complacerlo, manifestarle su amor, darle gozo y consuelo.

            Su alma se armonizó siempre con la de Cristo. Ella piensa como El, adopta sus sentimientos y sus disposiciones, y conforma todos sus actos y toda su conducta a su beneplácito y a sus preferencias.

            Ella cumplió de muy buena gana y fidelísimamente otro deber de la esposa, el de la «conviventia», el de la cohabitación con El, el de compartirlo todo con El. Desde el momento en que El descendió en el santuario de su seno virginal, Ella vivió constante y fielmente, tanto exterior como interiormente, junto a El, y compartió de muy buen grado todas sus condiciones de existencia: el establo de Belén, la triste permanencia en Egipto, la pobreza y la dulcísima intimidad de Nazaret, verosímilmente todos los viajes agotadores y decepcionantes de su vida apostólica, y en todo caso las horas terriblemente duras y dolorosas de su Pasión y muerte, y más tarde, las horas soleadas de su permanencia glorificada sobre la tierra después de la Resurrección, y finalmente —después de años de separación dolorosa, al menos exteriormente— la habitación eterna y beatífica en la casa del Padre, donde su trono se levanta junto al de su Hijo y Esposo: «Ad­stitit Regina a dextris tuis…».

«

            La esposa debe confiar en su esposo, debe serle fiel a través de todo, y muy especialmente en las horas de lucha, de desamparo y de pruebas.

            ¡Madre, qué admirable eres a este respecto! Tú conoces a tu Jesús: Tú creíste, una vez por todas, en su amor; Tú creíste también firme e inquebrantablemente en su misión, en su divinidad, en su triunfo, en su resurrección, en su reino…

            La vida de la Santísima Virgen fue una vida de fe, de pura fe, como lo afirma Montfort en varias ocasiones. En el Ser minúsculo que Ella lleva en su seno, en el frágil Bebé que Ella estrecha en sus brazos y alimenta con su sustancia, en el Niño que crece, que multiplica sus preguntas y solicita sin cesar sus cuidados, más tarde en el joven Aprendiz obrero y en el humilde Carpintero, Ella reconoció fielmente, adoró humildemente y amó respetuosa e íntimamente al Mesías, al Rey de Israel y del mundo entero, a Aquel cuyo reino no conoce límites ni en el tiempo ni en el espacio, al Hijo de Dios vivo, sí, al Dios eterno y todopoderoso. Sin duda Jesús le debió repetir muchas veces: «Mujer, grande es tu fe»; y nosotros también debemos repetírselo frecuentemente con Santa Isabel: «Bienaventurada tú que has creído».

            Tú has creído en su amor por Ti.

            Hubo en tu vida horas cuyos penosos ecos nosotros recogemos ahora, en las que Jesús parecía rechazarte, negarte. Una vez te dijo —si este es verdaderamente el sentido de estas palabras—: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?». Otra vez, cuando deseabas ser recibida por El, contestó: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». En otra ocasión, cuando una mujer, transportada por las palabras del Profeta, exclamó en medio de la turba: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!», El dio como respuesta: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan».

            Pero todo eso pasa como una suave brisa por encima de la superficie de tu alma, profunda como el océano… Tú lo comprendes, porque crees en El. Te das perfecta cuenta de que, en términos velados, en lugar de censurarte y rechazarte, te alaba; que El no contradice, sino realza más bien los elogios que se hacen de Ti. Tú sabes que en el inmenso amor que te tiene sería incapaz de negarte, de repudiarte; y por eso, en Caná, das orden a los servidores, con plena confianza de ser escuchada: «Haced lo que El os diga». Crees y sabes que, cualesquiera que sean las apariencias, Tú eres «su Perfecta, su Amada, su Inmaculada, su Unica, su Hermana y su Esposa».

            No lo hemos comprendido lo suficiente, no hemos pensado bastante en ello: Tú eres, Madre, la más heroica de las mujeres…

            Hubo una hora, terrible y dolorosa entre todas, en que para permanecer de pie, para creer y confiar, fue necesario por tu parte un amor sin límites y una fortaleza de alma increíble, y por parte de Dios la gracia más poderosa que jamás haya sido concedida a una pura creatura.

            Es el momento en que estuviste de pie junto a la Cruz…

            Es cierto: durante largos años Tú fuiste la testigo maravillada de su santidad inefable. Te acuerdas de los hechos maravillosos que señalaron su infancia: el anuncio de la Encarnación por el Arcángel, el mensaje de los ángeles en su Nacimiento, la venida de los Magos desde el Oriente, iluminados y conducidos por un astro… Es cierto también que Tú lo viste hacer milagros, como en Caná, y que testigos dignos de fe te contaron innumerables maravillas realizadas por El. Es cierto, finalmente, que El había predicho todo lo que sucedió y sucede bajo tu mirada: que debía ser «entregado a los gentiles, abofeteado, flagelado y crucificado».

            Todo eso es realidad ahora, que lo tienes delante de los ojos. Pero esta realidad es tal que, probablemente, fuera de Ti nadie en el mundo sigue creyendo en su Divinidad, en su resurrección, en su triunfo y en su reino.

            Sus discípulos, y los mismos Doce, flaquearon, lo traicionaron, lo negaron o al menos lo abandonaron. Dudan, tambalean en su fe, como aparece en la Escritura para Pedro y Juan, los mejores entre los suyos, y para los discípulos de Emaús. Es verdad, Madre, que algunas mujeres que lloran están junto a Ti: pero eso es, sin duda, por simple piedad humana hacia el incomparable Bienhechor de la humanidad, a quien se tortura con una crueldad infernal a cambio de los beneficios sin número que sembró alrededor suyo.

            ¿Será El vencido realmente? Sus enemigos, con la cabeza erguida y con el insulto en los labios, van y vienen, impunes, por debajo del instrumento de su suplicio… Todo se vuelve contra El y conspira para agobiarlo. Está abandonado de todos…

            De todos… ¿También de Dios, su Padre?

            Escucha… Desde lo alto de la Cruz resuenan palabras espantosas, palabras que, como puñaladas, traspasan la dulcísima alma de María: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?»… Jesús mismo lo reconoce, lo proclama enfrente de la muerte, en medio de una agonía indescriptible, de un dolor aplastante…

            ¿Será cierto? ¿Habrá sido definitivamente vencido? ¿No habrá sido todo, absolutamente todo, más que un sueño, un espejismo maravilloso?

            ¡Madre, jamás has sido más grande que en este momento! En ninguna parte te admiro con tanto respeto y amor como en estas horas espantosas del Gólgota…

            Tú permaneciste inconmovible en tu fe y heroicamente fiel en tu amor. Las olas inmensas de este amor suben hacia el divino Agonizante, y Tú le dices: «Si todo y todos te abandonan, yo estoy junto a Ti: yo, tu pobre creatura, tu Madre amantísima, tu humilde Esposa, que te será fiel hasta la muerte… Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo… Tú eres el Rey del mundo, el Rey de los siglos, el Rey de gloria… Creo… que por la resurrección triunfarás de la muerte… que desde lo alto de tu Cruz lo atraerás todo a Ti… que tu dominación se establecerá hasta los confines de la tierra… Jesús mío, estoy contigo a través de todo, hasta el fin… Repito mi fiat por todos tus dolores… Te ofrezco y sacrifico al Padre, me ofrezco y me sacrifico contigo, para que por tu sacrificio, que es también el mío, se salven, santifiquen y beatifiquen las almas, se dé al Padre todo honor y toda gloria, y se establezca en el mundo el reino de Dios…».

«

            Los hijos que Dios da a la esposa y al esposo son fruto y coronación de su amor mutuo.

            En este magnífico Salmo 44, en el que, junto a la virtud y fortaleza, poder y magnificencia del Rey, se canta la belleza y gracia de la Reina, se alienta a Esta a renunciar a su pueblo y a la casa de su padre, con la perspectiva de que, en lugar de sus padres, le serán dados hijos, que Ella podrá establecer como soberanos por toda la tierra.

            ¡Oh María!:

            Por haber sido siempre para Jesús una Esposa indeciblemente amante y fiel;

            Por haberlo asistido heroicamente en los terribles tormentos que El mismo comparó a los dolores de parto;

            Por haber sacrificado a tu Hijo único con generosidad infinitamente mayor que la de Abraham;

            Se te ha dado una posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar:

            El inmenso ejército de los santos, las muchedumbres incontables de los elegidos «de toda tribu, lengua, pueblo y nación…».

            Tú eres la verdadera Eva, «Mater cunctorum viventium», la Madre de todos los vivientes, de los millones de almas que viven de la vida misma de Dios, y que Tú has dado al Padre, en unión y colaboración con Jesús, por toda tu existencia de pobreza, humildad, oración y trabajo, y sobre todo por tu participación al sacrificio de Cristo…

«

            Así es como María fue la verdadera y digna Esposa espiritual de Jesús, y Ella lo será in sæcula sæculorum…

            Este es el espléndido modelo de todas las almas que alimentan la misma ambición audaz, pero justificada, y que quieren realizarla.

            ¡Dígnese la divina Virgen conceder a estas almas la gracia de caminar humilde y valientemente por estos caminos!

            Pero retengámoslo bien —el Salmista lo manifiesta en el magnífico Salmo ya citado—: sólo tras la Reina, y conducidas por Ella, las vírgenes son conducidas al Rey en la alegría y exultación, e introducidas luego en su templo de gloria.

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