(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el miércoles 25/ENE/23

Fragmento sobre la Consagración a María

El Mundo

Confidite, Ego vici mundum.
Tened confianza, Yo he vencido al mundo
(Jn. 16
33)

 

            Como hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, debemos odiar a Satán y a su obras: eso es lo que hemos visto en los capítulos precedentes. Los votos del bautismo y la Consagración total a Jesús por María que es su perfecta renovación, exigen además que renunciemos a las «pompas» de Satán. Estas pompas o vanidades de Satán se identifican con las máximas falaces y las empresas seductoras del mundo perverso, o al menos es imposible formarse una justa idea de estas pompas sin haber penetrado en el sentido de lo que es el «mun­do», del que habla frecuentemente la Sagrada Escritura. Este es, pues, el lugar de tratar de la naturaleza, del espíritu, de las prácticas y de las empresas de este mundo malvado.

 

El odio del mundo en la doctrina de Montfort

 

            El odio y desprecio del mundo, y la lucha contra su espíritu, ocupan un lugar importante e incluso esencial en la espiritualidad del Padre de Montfort. Es cierto que, juntamente con el conocimiento y desprecio de sí mismo, no constituye más que su aspecto negativo. Pero estas disposiciones no dejan de ser un elemento distintivo y el fundamento indispensable del método de santidad del gran misionero.

            De ello trata en su obra sintética demasiado poco conocida: «El Amor de la Sabiduría eterna». Debemos condenar y huir de la falsa sabiduría del mundo perverso que es terrena, animal y diabólica, y cuidarnos mucho de no pensar, hablar y obrar como los mundanos. En su «Carta Circular a los Amigos de la Cruz» nos hace oír un llamamiento apremiante y emotivo de Jesús exhortándonos a separarnos de quienes siguen la concupiscencia y corrupción del mundo, y a unirnos al pequeño rebaño que sigue a Jesús en su pobreza y en sus sufrimientos.

            En el mismo «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» hace alusión muchas veces a este tema, y la séptima práctica exterior del perfecto devoto de María consiste en «despreciar, odiar y huir el mundo corrompido».

            De la preparación de treinta días que debe preceder a nuestra Consagración y establecer en nosotros el Reino de Jesús por María, hay que emplear doce al menos «para vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de Jesucristo». Es indudable que Montfort había consagrado al estudio de este tema la primera parte de su libro, editado más tarde con el título de «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen». Hay que lamentar que esta primera parte se haya perdido. Afortunadamente, sus Cánticos colman en gran parte esta laguna. En estos Cánticos el tratado del mundo perverso no contiene menos de 2.500 versículos, divididos en 452 estrofas: más de una décima parte de toda su obra poética.

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            Además, aunque no poseyéramos su doctrina expuesta por escrito, nos quedaría su ejemplo notable, que es ampliamente suficiente para conocer su verdadero espíritu. En efecto, este es uno de los rasgos más sobresalientes del alma y de la vida de San Luis María de Montfort. Pocos santos se podrían citar que hayan seguido hasta ese punto el ejemplo de Jesús, y aplicado tan lógicamente su doctrina y la de los apóstoles. Y las persecuciones increíbles de que fue constantemente objeto por parte de los mundanos encuentran aquí su principal explicación. Si hubiese sido del mundo, el mundo lo hubiese dejado tranquilo, según la palabra de Cristo; pero porque no era del mundo, y con Jesús condenaba sus obras como malas, era inevitable que atrajese sobre sí el odio del mundo y de los mundanos.

            Por lo tanto, no podemos ser verdaderos discípulos de Montfort sin establecer en nosotros este espíritu de desprecio y odio del mundo. ¡Ojalá que el espíritu de nuestro Padre, santo y fuerte, se apodere de nosotros, sobre todo en un tiempo en que casi todos los cristianos están más o menos contaminados por el espíritu del mundo, perverso y corrompido!

¿Qué es el «mundo»? 

            «Hay dos mundos», dice San Agustín: «uno creado por el Verbo y en el cual El apareció revestido de nuestra mortalidad; y otro regido por el Príncipe de las tinieblas, y que no reconoció a Jesús. “Et mundus eum non cognovit”. El primero, obra de Dios, no puede ser malo. El Génesis nos enseña que el Señor, al considerar las obras de sus manos, vio que eran excelentes: “Et vidit quod essent valde bona”. El segundo, que tiene a Satán por señor, no puede ser bueno, pues su príncipe, malvado desde el comienzo, inspira su malicia a todo lo que él domina».

            Por lo tanto, cuando aquí hablamos del mundo, no nos referimos a la tierra con todo lo que contiene, ni a la humanidad en general. A veces esta palabra puede y debe ser comprendida así, puesto que con este sentido la usan la Escritura y el mismo Jesús. Pero de ordinario el Maestro le da a este término un sentido peyorativo. Por el conjunto del texto en que esta palabra es empleada, por el «contexto» como se dice, es fácil darse cuenta en qué sentido se la usa.

            Tertuliano llama a Satán «simius Dei, el simio de Dios», esto es, el que de manera miserable trata de «simular» o imitar a Dios.

            Jesús, el Hijo de Dios, vino a este mundo para reconciliar la tierra con el cielo y someter todas las cosas al Padre en dependencia humilde y amorosa. Tiene su doctrina, su Evangelio, elevado muy por encima de nuestras concepciones humanas, y por este motivo muy frecuentemente en contradicción aparente —aunque no real— con nuestro entendimiento. Jesús tiene sus fieles y sus discípulos. A estos discípulos los reunió en un organismo interior y exterior, su Cuerpo místico, su Iglesia, para difundir y exponer su doctrina y comunicar su vida. Para dirigir a sus fieles instituyó en la Iglesia una autoridad, que se ejerce por el Papa, los Obispos y los sacerdotes. Estos son como la osamenta de todo este organismo sobrenatural. Por su Iglesia y sus sacerdotes, por sus ministros y sus sacramentos, pero también por una influencia directa y misteriosa, atrae la humanidad hacia El y quiere ofrecerla, formando un solo Cuerpo místico con El mismo, al Padre eterno. Este es el plan de Dios.

            Enfrente de Cristo se levanta Satanás, el verdadero Anticristo, el que siempre y en todas partes está contra Cristo. Cristo, y sólo El, es el vínculo vivo entre Dios y el hombre, entre el hombre y Dios. Satán, al contrario, es la rebeldía personificada contra Dios. Su único fin es arrastrar las almas a esta insurrección contra El. En el cielo ya no puede esperar nada; en el infierno no puede obtener más de lo que tiene; y por eso su campo de acción será la tierra, y en la tierra, la única creatura dotada de razón y voluntad: el hombre. La única meta de todos sus cálculos y esfuerzos será, por lo tanto, separar al hombre de Dios y soliviantarlo contra El. Y de este modo quien se negó a servir a Dios intentará suplantarlo por medio de una especie de supremacía e imperio sobre las almas.

            Simio miserable de Dios, se construirá una especie de «iglesia» para establecer este imperio y extenderlo contra la Iglesia de Cristo y el reino de Dios. Esta iglesia, este reino de Satán, es el «mundo».

            Satán tiene su evangelio, sus axiomas, sus máximas, sus doctrinas falaces y mentirosas, por las que, bajo máscara de verdad, trata de seducir a las almas. Tiene también sus partidarios y satélites. En cierto sentido le pertenecen todos los que viven en enemistad y aversión con Dios. Su iglesia se compone de todos los que aceptan su doctrina y comparten sus obras, la mentira y el pecado. A las inspiraciones e influencias de la gracia opone su acción tenebrosa en las almas, acción que trata de ejercer por toda clase de órganos en el mundo, la finanza, la política, el arte, la moda, la prensa, la radio, la televisión, etc.

            Así como hay grados distintos en la pertenencia al Cuerpo místico de Cristo, así también se puede estar incorporado al mundo de diversas maneras. Se puede pertenecer de manera formal, apartándose expresamente de Cristo para poner la propia vida al servicio del demonio, como los apóstatas, los perseguidores de la Iglesia, y quienes, sobre todo en los grados superiores, se inscriben en las sociedades secretas condenadas por la Iglesia. Se puede pertenecer de hecho al mundo cuando se siguen cumpliendo ciertos deberes religiosos, pero viviendo en pecado mortal, y por lo tanto sometidos a Satán. O se puede ser fiel a Cristo en todos los puntos principales, pero estar influenciado, tal vez sin saberlo, por el espíritu del mundo, y comunicar esta influencia, también sin saberlo, alrededor de sí por las propias acciones y palabras, y por toda la mentalidad.

            Podemos considerar como organismo visible de la iglesia de Sa­tán a algunas sociedades secretas, sobre todo la francmasonería, con sus dignatarios que recuerdan a nuestro clero; sus ritos secretos de iniciación y sus ceremonias sacrílegas, que son la parodia de nuestra santa liturgia; su organización y su acción mundial, que pretende arruinar y aniquilar la influencia universal y profunda de la Iglesia de Cristo en el mundo.

            Por lo tanto, lo que Jesús designa con esta palabra «mundo», y lo que por ella nosotros debemos entender, es este conjunto de personas, doctrinas y empresas que, bajo la dirección suprema del demonio, intenta destruir el reino de Cristo y de su santa Madre, y soliviantar la humanidad contra Dios, Señor supremo y fin último de toda la creación.

            Monseñor Carlos Gay resumió toda esta doctrina de manera penetrante: «El mundo es el gran recurso de Satanás, su arsenal, su ejército y el medio por excelencia de sus victorias. El le presta ojos para mirar, labios para hablar y sonreír, manos para trabajar, escribir y acariciar; él pone al demonio en medio de nosotros, lo sienta en nuestros hogares, y le entrega todo lo que nos concierne o puede influir sobre nuestras vidas. Una palabra lo resume todo: lo humaniza. Así como la Iglesia es como la encarnación continuada de Jesús, su Cuerpo místico extendido en los lugares y en el tiempo, así también el mundo es como la encarnación de Satán, y realmente la iglesia del diablo. Todo lo que la Iglesia es y hace en la tierra en orden a la santificación y salvación de las almas, el mundo lo es y lo hace en orden a la seducción y perdición eterna».

            El mundo es todo eso. Es importante desde ahora atraer fuertemente la atención sobre una de sus características, sobre la cual deberemos volver más tarde. «El mundo es Satán disfrazado», escribe nuestro Padre de Montfort; «su principal padre es el demonio, aunque piense estar odiándolo». El mundo es el reino de Satán, pero construido sobre la mentira como fundamento. Habitualmente el demonio no se atreve a mostrarse como el espíritu de las tinieblas: se las da de ángel de luz. Difunde la mentira y el pecado bajo apariencia de verdad, de bien, sí, de virtud y santidad. El mundo es Satán, pero Satán enmascarado, disfrazado, y eso hace su acción mucho más peligrosa y temible.

            Jesús llamó «mundo» a este conjunto de mentira, de malicia, de pecado, de corrupción, y a todo lo que a ello conduce.

            ¿Se piensa en todo lo que hay de horriblemente trágico en esta denominación? ¡Cómo debía encogerse su Corazón cuando pronunciaba esta palabra terrible! ¿No es espantoso que Satán haya logrado tan bien su empresa infernal; que el pecado —y por lo tanto el odio de Dios— haya progresado tanto que la tierra, la humanidad y el mundo se identifiquen casi, por decirlo así, con la malicia y la iniquidad; que el mundo y el reino de Satán sean una sola y misma cosa, y Lucifer sea designado simplemente por Jesús como «el Príncipe de este mundo»? A Dios gracias, según la palabra misma de Cristo, este Príncipe despreciable será un día arrojado fuera y expulsado del trono que usurpó miserablemente.

            ¡Señor, que sea pronto!

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