(Sección especialmente dedicada a los Consagrados a María)

Actualizado el martes 13/SEP/22

Fragmento sobre la Consagración a María

Renuncio a sus obras: la mentira

            Hemos visto que, como hijos y esclavos de María, detestamos y combatimos a Satán.

            Pero para renunciar realmente al demonio, también debemos aborrecer y evitar sus «obras», y esto nos es mucho más difícil.

            Quien hace las obras de Satán camina tras sus huellas, obra según sus deseos, sigue sus directivas, se convierte en su súbdito y esclavo, contrae con él una especie de parentesco espiritual, y per­tenece desde entonces a su raza detestable, según la expresión fuerte de San Juan: «Quien comete el pecado es [desciende] del Diablo»; y según el dicho aún más formal y fuerte del mismo Jesús: «Vosotros sois de vuestro padre el Diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre».

            Las obras de Dios llevan siempre consigo, como sello esencial e indeleble, el ser verdaderas, buenas y bellas, a imagen de El: «Omne ens est verum, bonum et pulchrum». El demonio, como enemigo y como contradicción del Altísimo, no puede dejar de oponerse a las obras divinas y de tratar de suprimir estos sellos divinos en las creaturas, o al menos adulterarlas o falsificarlas.

 

La falsa belleza

 

            El demonio hace ya su obra sustituyendo a la bella realidad la belleza aparente, falseada, la pseudo-belleza, que en realidad es deformidad y fealdad. Mucho habría que decir en esta materia, pero consideraciones más amplias sobre este tema estarían aquí fuera de lugar. Estamos convencidos de que luchar contra lo que es deforme, decadente y de mal gusto en las artes de hoy: literatura, pintura, escultura, música, teatro, películas, etc., pero sobre todo en el campo del arte religioso, es en el fondo servir a Dios y a Nuestra Señora. No han faltado en estos últimos tiempos algunos avisos en este orden de cosas. Al contrario, los verdaderos artistas cristianos, que tratan de plasmar el pensamiento divino, la idea mariana, con formas sencillas, sanas, equilibradas, pero ricas también, pueden prestar inmensos servicios a la causa del reino de Dios por María. Todos los que puedan deben contribuir a purificar y formar el gusto del pueblo cristiano, y a mantener las prestaciones artísticas, en materia de arquitectura, escultura, pintura y música, sobre todo religiosas, en los límites convenientes, y más especialmente cuando se trata de obras marianas. En este campo queda por hacer un verdadero apostolado.

 

Falsedad y mentira

 

            Otra obra de Satán es la falsedad y la mentira. Con Jesús y María, llevemos la lucha contra la mentira y las tinieblas.

            Es cierto que en la Escritura el pecado en general es tratado de falsedad y de mentira. En efecto, cada falta es una contra-verdad, pues no responde al pensamiento de Dios. El acto pecaminoso no es como Dios lo ha pensado y querido, está en contradicción con el pensamiento divino, y por lo tanto es un error, una falsedad, una mentira en acción.

            Pero al margen del hecho de que apartarse voluntariamente de la verdad constituya una falta o un pecado, hay un desorden y una desgracia en el hecho de apartarse de la verdad, que en sí misma es un bien muy especial. Más tarde hablaremos del pecado en cuanto tal.

            Dios es la Verdad: El es la Unidad sustancial, la Identidad esencial y necesaria entre el Ser y el Pensamiento, entre el Pensamiento y el Ser, la Regla viviente, la Fuente única y eterna de la verdad.

            Jesús es «la Luz del mundo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo».

            María, nuestra Madre y nuestro Modelo, está profundísimamente anclada en la verdad. Su vida quedó irradiada de la luz de su divino Hijo, su espíritu no se vio jamás empañado por el error, ni su vida fue manchada nunca por alguna falta de rectitud o de sinceridad.

            El demonio, al contrario, como hemos dicho, es el espíritu de mentira y de duplicidad, que trata de difundir el error, las tinieblas y la duda en la tierra. El profirió la primera mentira del mundo, y sembró luego la duda y la turbación en el espíritu y en el corazón de nuestros primeros padres. Esa es su táctica eterna. De uno de sus satélites es la famosa consigna, aplicada aún hoy en día: «¡Miente, miente, que algo queda!». Todo error, toda turbación, toda duda que él consigue sembrar en un espíritu, significa para él una victoria, y le abre un camino para nuevas conquistas. El mantiene cuidadosamente el espíritu de artificio, de fingimiento, de afectación, de falsedad y de hipocresía que encontramos tan frecuentemente, casi universalmente, en el mundo.

            Satán triunfa sobre todo cuando consigue sembrar el error y la mentira, o al menos la duda y la oscuridad, sobre graves cuestiones de las que se ocupan la filosofía y la teología: la existencia y la naturaleza de Dios, del alma humana, de nuestro fin último, de las leyes morales, etc. En el arte de engañar y mentir, de sembrar la confusión y turbación en estas materias, adquirió una habilidad desconcertante, como lo atestiguan, por ejemplo, el número casi infinito de sistemas filosóficos y teológicos que ha suscitado desde hace un siglo. Satán es el gran heresiarca. En su antro infernal fueron forjadas con habilidad consumada todas las herejías, desde el gnosticismo hasta el modernismo y el bolchevismo, en las llamas ardientes de su odio contra Dios, contra la Mujer y contra las almas.

            De este arsenal de mentiras nuestra época ha tenido la mayor parte. Hemos conocido, y conocemos aún, herejías que no niegan sólo una verdad importante, sino que además tratan de envenenar o secar la verdad en su misma fuente. El modernismo, por vía indirecta, pone en duda toda verdad revelada; el comunismo niega la vida eterna y la existencia del mundo sobrenatural; el nacional-socialismo y el bolchevismo tienen más de una semejanza, entre otras la siguiente, que prueba su procedencia común: su método consiste en la mentira organizada y sistemática. Su influencia logró producir tal confusión en los espíritus, que incluso muchos cristianos, en materia de conciencia, habían perdido las justas normas, ya no tenían la noción neta del mal y del pecado, y creyeron poder justificar en conciencia las peores injusticias y los peores excesos.

«

            Nosotros somos hijos de la luz, los hijos de la Mujer, que ha hecho brillar la gran Luz en el mundo. Esta Luz la llevamos en nuestros ojos, en nuestros espíritus, en nuestra vida. Queremos conservar intacto el tesoro de la Revelación divina. Con sencillez de niños escuchemos a la Iglesia, que lee por nosotros en el libro de la Revelación de Dios. Apartémonos con horror de las grandes herejías de nuestra época. Amemos a los hombres, a todos los hombres, con el Corazón mismo de Dios, con el Corazón de Cristo. Pero detestemos y combatamos con todas nuestras fuerzas los errores y mentiras que propagan ciertas personas. Abramos ampliamente nuestra alma y nuestra inteligencia para aceptar enteras, intactas, sin disminución ni compromiso, todas las verdades del Evangelio. No escamoteemos ni atenuemos ninguna verdad, por muy exigente que sea. En nuestra conciencia hagamos brillar la luz de la gracia de Dios y del examen serio de nuestra conducta. Seamos hombres rectos, sinceros, que se consideren por lo que son, y odiemos y excluyamos toda falsedad, toda hipocresía, todo artificio y afectación ridículos.

            En todos los campos estemos por la verdad, por muy desagradable y molesta que esta verdad nos fuese. Aunque sabemos que «no es siempre bueno decir toda la verdad», y que en ciertos casos se permite la «restricción mental», no nos dejemos llevar sin embargo a hablar contra la verdad, a refugiarnos en la mentira, ni siquiera si por este medio pudiésemos asegurarnos preciosas ventajas o evitar serios inconvenientes. En esto defendemos lo contrario del mundo, incluso lo contrario de ciertos cristianos practicantes, que viven de rodeos y demasiado a menudo recurren a verdaderas mentiras.

            En esta lucha nuestra Madre amadísima es nuestro ejemplo, nuestra Capitana y nuestro sostén. En su socorro sobre todo contamos para vivir y morir en la verdad y en la rectitud: «Nunca un fiel devoto de María caerá en herejía o en ilusión, por lo menos formal; bien que podrá errar materialmente, tomar por verdad la mentira y por espíritu bueno al maligno, aunque más difícilmente que otra persona; pero, tarde o temprano, conocerá su falla y su error material; y cuando lo conozca no se obstinará, de ninguna manera, en creer y sostener lo que había creído verdadero».

            Bajo su conducta estamos seguros.

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