Actualizado el domingo 1/AGO/21

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio 

Sección I 

FIESTAS PRINCIPALES DE MARÍA 

Discurso primero 

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA 

Agradó a las tres divinas personas preservar a María de la culpa original 

Inmensa ruina causó el maldito pecado de Adán a todo el género humano. Al perder Adán infelizmente la gracia, perdió a la vez todos los bienes con los que había sido enriquecido por Dios desde el principio, y atrajo sobre él y sus descendientes el enojo de Dios, el cúmulo de todos los males. Pero Dios quiso librar de esta desgracia universal a aquella Virgen bendita que él mismo había predestinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el que había de reparar el daño causado por el primero.

Vamos a considerar cuánto convino a cada una de las tres personas divinas preservar a esta Virgen de la culpa original. Veremos que convino al Padre preservarla como a su hija; al Hijo preservarla como a su made; al Espíritu Santo preservarla como a su esposa.

 

PUNTO 1º

 

1. María, hija primogénita del Padre

 

Convino, en primer lugar, al eterno Padre, hacer que María fuese creada inmune de toda mancha original porque ella era su hija primogénita como ella misma lo atestiguó: “Yo salí de la boca del Altísimo como primogénita antes de toda criatura” (Ecclo 24, 5). A la Virgen María aplican este pasaje los sagrados intérpretes, los santos padres y la misma Iglesia en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Puesto que, ya se la considere primogénita en cuanto fue predestinada con su Hijo en los divinos decretos antes de todas las criaturas, ya se la considere como primogénita de la gracia, como predestinada a ser Madre del Redentor después de la previsión del pecado, todos están de acuerdo en llamarla la primogénita de Dios.

Por lo cual fue más conveniente que María jamás fuera esclava de Lucifer sino poseída siempre y en absoluto por su Creador, como en efecto sucedió, ella misma lo dijo: “El Señor me poseyó como primicia de su camino, antes de sus obras más antiguas” (Pr 8, 22). Con razón la llama Dionisio, patriarca de Alejandría, la única hija de la vida, a diferencia de las demás, que, naciendo en pecado, son hijas de la muerte.

 

2. María, medianera de paz

 

También había de crearla el eterno Padre en su gracia, porque la predestinó para ser reparadora del mundo perdido; mediadora de paz entre Dios y los hombres. Así la llaman los santos padres y sobre todo san Juan Damasceno que le dice: “Virgen bendita, tú has sido creada y has nacido para procurar la salvación a toda la tierra”. Por eso, dice san Bernardo, que María estuvo prefigurada en el arca de Noé; así como por ella se libraron del diluvio los hombres, así por María nos salvamos de naufragar en el pecado; pero con la diferencia de que por medio del arca se salvaron unos pocos, pero por medio de María ha sido liberado todo el género humano. San Atanasio la llama nuestra Eva, porque la primera fue madre de la muerte, mientras que la Santísima Virgen es madre de la vida. San Teófilo, obispo de Nicea, le dice: “Salve, la que destruiste la tristeza de Eva”. San Basilio la llama abogada entre los hombres y Dios; y san Efrén la reconciliadora de todo el mundo.

Ahora bien, el que trata asuntos de paz, de ninguna manera puede ser enemigo del ofendido, y mucho menos cómplice en el mismo delito. Para aplacar a un juez, la persona menos apropiada es un enemigo suyo, ya que en vez de aplacarlo lo irritaría más. Por eso, teniendo que ser María la mediadora de paz de los hombres con Dios, la razón más elemental exige que no hubiera sido jamás pecadora y enemiga de Dios, sino del todo su amiga y absolutamente limpia de todo pecado.

Además tenía que preservarla Dios de la culpa original pues era la predestinada a quebrantar la cabeza de la serpiente infernal, la que, al seducir a los primeros padres, acarreó la muerte a todos los hombres. Dios profetizó: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella quebrantará tu cabeza” (Gn 3, 15). Si María tenía que ser la mujer fuerte puesta en el mundo para vencer a Lucifer, es evidente que no podía ser vencida por él y hecha su esclava; por el contrario, tenía que estar exenta de toda mancha de pecado y de cualquier forma de sujeción al enemigo. El soberbio, como había infectado con su veneno a todo el género humano, desearía, más que nada, infectar la purísima alma de esta Virgen. Pero sea por siempre alabada la divina bondad que, por esta razón, la dotó de tanta gracia que, quedando ella inmune de todo rastro de culpa, pudo de ese modo abatir y confundir la soberbia del enemigo. Así lo explica san Buenaventura: “Siendo la cabeza diabólica la causante del pecado no pudo entrar en el alma de la Virgen, y por eso fue inmune a toda mancha”. Y más adelante lo aclara así: “Era del todo congruente que la bienaventurada Virgen María, por medio de la cual se nos arrancó el oprobio, venciera al diablo, y no sucumbiera ante él en lo más mínimo”.

 

3. María, destinada a ser Madre del Salvador

 

Pero ante todo y principalmente, el eterno Padre tenía que hacer a esta su hija inmune al pecado de Adán, porque la predestinó para ser madre de su Unigénito. “Tú –le dice san Bernardino de Siena– fuiste predestinada en la mente de Dios antes de toda criatura para engendrar a Dios hecho hombre”. Aunque no hubiera otro motivo, por el honor de su Hijo que es Dios, el Padre tenía que crearla pura de toda mancha. Dice santo Tomás, que todas las cosas que se relacionan con Dios, tienen que ser santas e inmunes de cualquier suciedad. Por eso David, hablando del Templo de Jerusalén y de la magnificencia con que se debía edificar decía: “”Que no se prepara morada para un hombre, sino para Dios” (1Cro 29, 1). ¿Cuánto más debemos creer que el sumo Hacedor, destinando a María para ser la Madre del mismo Hijo suyo, debía embellecer su alma con los tesoros más hermosos para que fuera la morada más digna posible de Dios? “Para preparar una digna morada para su Hijo, Dios –afirma Dionisio Cartujano– colmó a María de todas las gracias y de todos los carismas”. Y la Iglesia lo atestigua cuando reza: “Omnipotente y eterno Dios, que preparaste, por el Espíritu Santo, el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen María para merecer ser digna morada de tu Hijo...”

Ya se sabe que el primer timbre de gloria de los hijos es nacer de padres nobles. “Gloria de los hijos son sus padres” (Pr 17, 6). Y por eso los mundanos soportan mejor ser vistos como escasos de fortuna o de cultura, que ser de baja cuna. El pobre puede hacerse rico con su industria, y el ignorante, docto con el estudio, pero el que nace de humilde condición, difícilmente puede llegar a ser noble; y si llegara, alguien le podría echar en cara lo bajo de su linaje. Siendo esto así ¿cómo se puede ni imaginar que Dios, pudiendo hacer que su Hijo naciera de una madre noble, preservada de la culpa, le iba a destinar una madre manchada por el pecado permitiendo que Lucifer le hubiera podido echar siempre en cara el oprobio de tener por madre a una que había sido su esclava y enemiga de Dios? ¡No! El Señor no podía permitir esto jamás; antes bien proveyó al honor de su Hijo haciendo que su Madre fuera siempre inmaculada como tenía que ser para semejante Hijo. Así lo declara la liturgia de la Iglesia griega: “con providencia del todo singular, hizo Dios que la Santísima Virgen, desde el primer instante de su vida fuera tan absolutamente pura, como era necesario para que pudiera ser la digna madre de Cristo”.

 

4. María debía ser preservada a de la culpa

 

Es verdad averiguada, que no se ha concedido ninguna gracia a ninguna criatura de la que no esté enriquecida la Santísima Virgen. Afirma san Bernardo: “Lo que consta que se ha otorgado a aluno de los mortales, hay que creer que no se ha negado a tan excelsa Virgen”. Y santo Tomás de Villanueva dice: “Nunca se ha concedido nada a un santo, que no lo posea de manera más abundante, desde el principio de su existencia, la Virgen María”. Siendo verdad que entre la Madre de Dios y los siervos de Dios hay una distancia infinita, como dice san Juan Damasceno, ciertamente hay que decir, como enseña santo Tomás, que Dios ha conferido gracias privilegiadas, siempre de orden superior a la madre que a los siervos. San Anselmo, gran defensor de la Inmaculada, afirma a modo de pregunta: “¿Acaso no podía la Sabiduría de Dios preparar para su Hijo un hospedaje limpio, preservándola de toda mancha del género humano? Dios ha podido conservar limpios a los ángeles del cielo entre la ruina de tantos otros y ¿no habrá podido preservar a la Madre de su Hijo y reina de los ángeles, de la universal caída de los hombres?” Y yo añado: ¿Dios ha podido también dar a Eva la gracia de venir a la existencia inmaculada, y no iba a poder concedérsela a María?

Dios ha podido hacerlo y lo ha hecho. “Era lo justo –dice san Anselmo– que esa Virgen que Dios había dispuesto dar por Madre a su único Hijo, estuviera dotada de tal pureza, que no sólo fuera superior a la de todos los hombres y ángeles juntos, sino que fuera la mayor que pueda darse después de la pureza de Dios”. Y san Juan Damasceno precisa: “Dios veló sobre el cuerpo y el alma de la Virgen como convenía guardar a la que había de recibir a Dios en su seno, pues siendo como es Santo, descansa entre los santos”. Bien pudo decir el Padre eterno a esta su amada Hija: “Como lirio entre espinas, así es mi amada entre los jóvenes” (Ct 2, 2), porque todas ellas están manchadas con el pecado, pero tú fuiste siempre inmaculada, siempre amiga.

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