Actualizado el domingo 22/MAY/22

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio 

Sección I 

FIESTAS PRINCIPALES DE MARÍA 

Discurso quinto 

VISITACIÓN DE MARÍA 

María es la tesorera de todas las gracias: quien desea gracias debe recurrir a María seguro de encontrar la gracia que desea

 

Se considera afortunada la casa que recibe la visita de un rey u otro gran personaje, por la honra que supone y por las ventajas que espera. Pero más afortunada es sin duda el alma que recibe la visita de la Reina del mundo, María santísima, que sólo sabe colmar de bienes la persona afortunada que visita con sus favores. Fue bendita la casa de Obededón al ser visitada por el arca de la Alianza. “El Señor bendijo la casa de Obededón y cuanto tenía” (1Cro 13, 14). Pero ¡con cuántas más bendiciones son enriquecidas las personas que reciben una visita de amor de esta verdadera arca de Dios que es su divina Madre! Feliz la casa –escribe Engelgrave– que es visitada por la Madre de Dios. Bien lo experimentó la casa del Bautista, donde entrando María, al punto quedó colmada toda aquella familia de gracias y bendiciones del cielo; que por eso se llama comúnmente la fiesta de la Visitación, la fiesta de nuestra Señora de las Gracias.

Veremos en este discurso, cómo la Madre de Dios es la tesorera de todas las gracias. Y dividiremos este discurso en dos puntos. En el primero veremos que quien desea gracias debe recurrir a María. Y en el segundo, que quien recurre a María debe estar seguro de obtener la gracia que desea.

 

PUNTO 1º

 

1. María alcanzó las primeras gracias de Jesús

 

Cuando la Virgen supo por el arcángel san Gabriel, que su parienta Isabel estaba de seis meses, comprendió iluminada por el Espíritu Santo, que el Verbo humanado en sus entrañas y hecho su hijo, quería comenzar a manifestar al mundo las riquezas de su misericordia otorgándolas a toda aquella familia. Por lo que, sin dudarlo, como refiere el evangelista san Lucas (1, 39), María se fue apresuradamente a la montaña. Dejando el descanso de su contemplación y su amada soledad a la que estaba acostumbrada, marchó enseguida hacia la casa de Isabel. Y porque la santa caridad todo lo soporta y no sufre dilaciones, como comenta respecto a este pasaje del Evangelio san Ambrosio, “no conoce tardanzas la gracia del Espíritu Santo”, por eso, no teniendo en cuenta ni la fatiga del camino para tan tierna y delicada doncella, al punto emprendió el viaje. Apenas llegó a la casa de Zacarías, saludó a Isabel. Y como reflexiona san Ambrosio, María fue la primera en saludar a Isabel. Pero no fue la visita de la Virgen como la de los mundanos que se limitan a ceremonias y falsos cumplidos. La visita de María trajo a aquella casa un cúmulo de bendiciones. En cuanto entró e Isabel oyó el primer saludo, quedó inundada del Espíritu Santo y Juan, libre de la culpa y santificado; que por eso dio aquella señal de júbilo saltando en el vientre de su madre, expresando así que había recibido la gracia por medio de la Santísima Virgen, como se lo declaró la misma Isabel: “En cuanto la voz de tu saludo llegó a mis oídos, saltó de gozo el niño en mi seno”. Así es que, como reflexiona Bernardino de Bustos, gracias al saludo de María, Juan recibió la gracia del Espíritu Santo que lo santificó.

Pues si todos estos primeros frutos de la Redención pasaron por María, siendo el canal por el que se comunicó la gracia al Bautista y el Espíritu Santo a Isabel, el don de profetizar a Zacarías y santísimas bendiciones a toda aquella casa, que fueron las primeras gracias que sabemos fueron otorgadas en la tierra después de la encarnación del Verbo, es muy justo creer que desde ese instante Dios constituyó a María en acueducto universal, como la llama san Bernardo, por el cual pasaran en adelante todas las gracias que el Señor nos ha de dispensar, como expliqué en la parte I, capítulo V.

 

2. María, dispensadora de las gracias

 

Con razón por tanto, es llamada esta divina Madre, el tesoro, la tesorera y dispensadora de las gracias divinas. Así la llama el venerable abad de Celles: “Tesoro de Dios y tesoro de las gracias”; así san Pedro Damiano: “Cofre de las gracias divinas”; así san Alberto Magno: “Tesorera de Jesucristo”; así san Bernardino: “Distribuidora de las gracias”; y un doctor griego citado por Petavio, la llama “dispensadora de todos los bienes”; y san Gregorio Taumaturgo: “Se dice que María está llena de gracia, porque en ella se guarda todo el tesoro de tu gracia”. Ricardo de San Lorenzo dice que Dios ha puesto en María, como en un erario de misericordia, todos los dones de la gracia, y que con este tesoro ella enriquece a todos los suyos.

San Buenaventura, hablando del campo del Evangelio que tiene un tesoro escondido, y que debe adquirirse cueste lo que cueste, como dice Jesús (Mt 13, 44), dice que este campo es nuestra Reina María, en la que se contiene el tesoro de Dios que es Jesucristo, el manantial y fuente de todas las gracias. Y dijo san Bernardo que el Señor ha puesto en manos de María todas las gracias que nos quiere dispensar, para que sepamos que todo lo bueno que recibimos lo recibimos de sus manos. Esto nos lo garantiza María al decir: “En mí toda gracia de vida y de verdad” (Ecclo 24, 25). En mí todas las gracias de los bienes auténticos que podéis desear en la vida. Sí, Madre y esperanza nuestra, le decía san Pedro Damiano, bien sabemos que todos los tesoros de la divina misericordia están en tus manos. Antes dijo san Ildefonso hablando con la Virgen: Señora, todas las gracias que Dios ha determinado otorgar a los hombres, todas tienen que pasar por tus manos porque todos los tesoros de la gracia para eso se te han confiado. Y san Germán sentenciaba: “Nadie se salva sino por ti; nadie recibe un don de Dios sino por ti”.

San Alberto Magno, comentando las palabras del ángel: “No temas María, has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1, 30), dice hermosamente: “Oh María, tú no has robado la gracia como quería robarla Lucifer; ni las has perdido, como la perdió Adán; tampoco las has comprado como lo intentó Simón el mago; tú la has encontrado porque la has deseado y buscado. Has encontrado la gracia increada, que es Dios mismo hecho ya hijo tuyo, y a la vez y con ella has conseguido todos los bienes creados”. Este pensamiento lo confirma san Pedro Crisólogo, diciendo que la excelsa Madre de Dios encontró esta gracia para otorgarla después a todos los hombres. Y que María encontró la plenitud de la gracia que fue suficiente para salvar a todos. “Encontraste la gracia, pero ¿cuánta? Cuanta te había dicho el ángel, por completo y de veras, para poderla derramar a torrentes sobre todas las criaturas”. De tal modo, dice Ricardo de San Lorenzo, que como Dios ha hecho el sol para que por su medio se ilumine toda la tierra, así ha hecho a María para que por su medio se dispensen al mundo todas las divinas misericordias”. San Bernardino añade que la Virgen, desde que fue hecha Madre del Redentor, adquirió una especie de jurisdicción sobre toda gracia; de modo que ninguna criatura obtiene ningún don que no sea otorgado por medio de esta Madre.

Concluyamos este punto con Ricardo de San Lorenzo que dice: Si queremos obtener alguna gracia, recurramos a María que obtiene para los suyos cuanto pide, porque ella encontró la gracia y siempre la tiene. Y con san Bernardo que dice: “Busquemos la gracia y busquémosla por medio de María, porque el que busca encuentra y no puede verse engañado”. De modo que si deseamos la gracia necesitamos ir a esta tesorera y dispensadora de las gracias, porque esto así lo quiere el dador de todo bien como lo asegura san Bernardo, al decir que esta es la voluntad de Dios el cual quiso que todo lo obtuviéramos por María. Todo, todo, y el que dice todo, no excluye nada.

Pero como para conseguir la gracia es indispensable tener confianza, vamos a ver cuán seguros debemos estar de obtener la gracia recurriendo a María.

 

PUNTO 2º

 

1. María desea que alcancemos las gracias

 

¿Para qué ha colocado Jesucristo en manos de María su madre todas las riquezas de su misericordia que quiere otorgarnos, sino para que enriquezca a todos los devotos que la aman, la honran y acuden a ella con confianza? “Yo poseo todas las riquezas para regalarlas a quienes me aman” (Prov 8, 17; 21). Así se expresa la misma Virgen en este pasaje que la Iglesia santa le aplica en tantas festividades. Estas riquezas las posee María –dice el abad Adán– precisamente para ayudarnos. En su seno ha colocado el Salvador el tesoro de los necesitados, para que así los pobres se hagan ricos. Y añade san Bernardo, que para esto se ha dado al mundo María como acueducto de misericordia para que por este medio bajaran continuamente las gracias del cielo a los hombres.

El mismo santo, considerando por qué san Gabriel, habiendo encontrado a María llena de gracia la saludó diciéndole: “Alégrate, llena de gracia”, después añade que cómo vendrá sobre ella el Espíritu Santo para llenarla de más gracia todavía, si ya estaba llena de gracia: “¿Para qué otra cosa sino para que, al llegar el Espíritu Santo y encontrarla llena para sí misma, la hiciera rebosar en favor nuestro? Ya estaba llena, pero vino el Espíritu Santo sobre ella para nuestro bien, para que de su sobreabundancia nos proveyéramos todos. Que por eso María es llamada “luna llena, para sí misma y para los demás”.

“El que me encuentre encontrará la vida y alcanzará del Señor la salvación” (Pr 8, 35). Bienaventurado el que me encuentra y a mí recurre, dice nuestra Madre. Encontrará la vida con facilidad; así como es fácil sacar agua de un manantial abundante, mucho más lo es encontrar la gracia y la salvación eterna recurriendo a María. Decía un alma santa: “Basta buscar la gracia en María para encontrarla”. Decía san Bernardo que antes de nacer la Virgen no había en el mundo la abundancia de gracias que ahora vemos correr sobre la tierra porque nos faltaba este acueducto tan deseable por el que pudieran discurrir, que es María. Pero ahora que ya tenemos a esta Madre de misericordia ¿qué gracia nos puede faltar si acudimos a ella? San Juan Damasceno le hace decir: “Yo soy la ciudad de refugio para todos los que a mí acuden; venid pues, hijos míos, y obtendréis de mí las gracias con más abundancia de los que podéis pensar”.

 

2. María nos alcanza las gracias a medida de nuestra capacidad

 

A muchos sucede lo que se le reveló a la venerable sor María Villani. Vio esta sierva de Dios a la divina Madre a semejanza de un gran manantial al que acudían muchos a tomar el agua de las gracias. Pero ¿qué sucedía? Los que llevaban vasijas en buen estado conservaban las gracias recibidas. Pero los que llegaban con vasijas rotas, es decir, con el alma llena de pecados, recibían la gracia pero pronto la perdían. Por lo demás es cierto que por medio de María obtienen gracias incontables todos los hombres a diario, aún los más ingratos pecadores. Dice san Agustín hablando con la Virgen: “Por ti heredamos la misericordia los necesitados, los ingratos la gracia, el perdón los pecadores, la salud los enfermos, cosas celestes los apegados a la tierra, los mortales la vida, y la patria los peregrinos.

Reavivemos más y más nuestra confianza los devotos de María cada vez que recurramos a ella en demanda de gracias. Y para reavivarla, recordemos siempre las dos grandes cualidades de esta buena Madre, que son: El deseo de hacernos el bien a todos, y el poder que tiene ante su Hijo para conseguirnos todo lo que pide.

Para conocer el deseo que tiene María de ayudarnos a todos, bastaría considerar el misterio de esta fiesta de la Visitación de María a santa Isabel.

El viaje de Nazaret, donde vivía la Virgen, a Ain-Karim (a siete kilómetros de Jerusalén), era largo; sin embargo, esto no arredró a la Santísima Virgen, tierna y delicada doncella, no familiarizada con semejantes fatigas, se puso en camino. ¿Por qué razón? Movida por aquella caridad tan grande de que ha estado siempre rebosante su tierno corazón, para ejercitar desde el primer instante su gran misión de dispensadora de las gracias. Así precisamente habla sobre este pasaje san Ambrosio: No fue porque dudase del oráculo, sino alegre por el anuncio, presurosa por la alegría, ferviente para cumplir su misión. No para cerciorarse si era verdad lo dicho por el ángel acerca de Isabel de que estaba en estado, sino alegrándose, y deseando ayudar en aquella casa; dándose prisa por el gozo en llegar a hacer el bien a los demás, y toda entregada a empresa tan caritativa, levantándose, se fue con premura.

Nótese que cuando el Evangelio habla del retorno, no habla de apresuramiento sino que dice sencillamente: María permaneció con ella tres meses y se volvió a su casa (Lc 1, 56). ¿Qué otra cosa obligaba a la Madre de Dios, dice san Buenaventura, a darse prisa por ir a visitar la casa del Bautista sino el deseo de hacer todos los bienes posibles a aquella familia?

No ha terminado en María al subir al cielo esta caridad para con todos los hombres, por el contrario, más bien se ha incrementado, porque allí conoce con más perfección nuestras necesidades y se compadece de nuestras miserias. Escribe Bernardino de Bustos que María anhela hacernos bien más de lo que nosotros mismos podemos desear. Por  eso, dice san Buenaventura, se siente ofendida de los que no le piden gracias: Pecan contra ti no sólo los que te injurian, sino también los que nada te piden. Porque este es el modo de ser de María, como afirma El Idiota, enriquecer con abundancia a sus devotos.

María es el tesoro del Señor y la tesorera de sus gracias, y enriquece con dones especiales a los que sirven generosamente. Por eso dice el mismo autor que quien encuentra a María, encuentra todo bien. Y la puede encontrar cualquiera, aunque sea el peor pecador del mundo, pues ella es tan benigna que no desprecia a nadie que a ella recurra. Tomás de Kempis le hace hablar así: Yo invito a todos a que a mí recurran, y no sé despreciar a ningún pecador por indigno que sea que venga pidiendo ayuda. Todo el que acuda a pedirle la gracia, la encontrará siempre preparada para auxiliar, dice Ricardo de San Lorenzo. La encontrará siempre pronta y siempre inclinada a socorrerlo y obtenerle todas las gracias de la salvación con sus poderosísimas plegarias.

 

3. María alcanza de Dios cuanto pide

 

Dice: “con sus poderosas plegarias”, y ésta es otra reflexión que debe acrecentar nuestra confianza, saber que ella obtiene de Dios cuanto le pide en favor de sus devotos. Considerad –dice san Buenaventura– en esta visita que hizo María a santa Isabel, la gran virtud que tuvieron las palabras de María, porque con su sola voz, se le confirió la gracia del Espíritu Santo, tanto a Isabel como a Juan su hijo, como lo enseña el Evangelio: “Y sucedió que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno y quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1, 41). Dice Teófilo de Alejandría, que Jesús siente gran complacencia en que María le ruegue por nosotros, porque las gracias que nos concede por medio de María, no sólo las considera hechas a nosotros, sino como otorgadas a su propia Madre.

Añade san Buenaventura: Observa qué fuerza tienen las palabras de la Señora, que sólo con pronunciarlas, se concede la gracia del Espíritu Santo. Jesús, como vencido por las súplicas de su Madre, otorga las gracias. Cierto; porque Jesús, como atestigua san Germán, no puede desoír a María en todo lo que pide, obedeciéndola como a Madre verdadera. Por eso, dice el mismo santo, las plegarias de esta Madre, tienen una cierta autoridad para con Jesús, por lo que obtiene el perdón para los pecadores que a ella acuden por muy miserables que sean.

Esto queda muy bien demostrado con lo sucedido en las bodas de Caná. María pidió al Hijo el vino que faltaba, diciéndole: “No tienen vino”. A lo que Jesús le respondió: “Mujer ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). Pero, a pesar de no haber llegado la hora de hacer milagros, tan sólo, como dice san Juan Crisóstomo, por obedecer a la Madre, realizó el milagro, que le pedía, convirtiendo el agua en vino. A pesar de la respuesta, hizo caso a los ruegos.

 

4. María merece toda nuestra confianza

 

Nos exhorta el Apóstol: “Lleguémonos con toda confianza al trono de la gracia para hallar la gracia y conseguir la ayuda oportunamente” (Hb 6, 16). Dice san Alberto Magno: El trono de la gracia es María. Si queremos gracias, acudamos a ella con la seguridad de ser ciertamente atendidos, pues con la intercesión de María se obtiene todo lo que se le pide al Hijo. Busquemos la gracia –repito con san Bernardo– y busquémosla por medio de María. Y añado lo que la Virgen dijo a santa Matilde, que el Espíritu Santo, colmándola de toda dulzura, la hizo tan amada de Dios, que todo el que por su mediación busque la gracia, cierto que la obtendrá.

Y si damos crédito a aquella sentencia célebre de san Anselmo: Más pronto alcanzamos la salvación a veces, invocando el nombre de María que invocando el nombre de Jesús, veremos que esto no sucede porque él deje de ser la fuente y el Señor de todas las gracias, sino porque, al recurrir nosotros a la Madre, y rezando ella por nosotros, sus plegarias de madre tienen más fuerza que las nuestras. Jamás nos apartemos de las plantas de esta tesorera de las gracias, diciéndole siempre con san Juan Damasceno: Madre de Dios, ábrenos la puerta de piedad rogando siempre por nosotros, ya que tus plegarias son la salvación de todos los hombres.

Al recurrir a María, lo mejor es rogarle que ella pida para nosotros y nos obtenga aquellas gracias que sabe nos son más convenientes para nuestra salvación. Esto hizo san Reginaldo, dominico, como se narra en las crónicas de la Orden. Estaba enfermo este siervo de María y le pedía la salud del cuerpo. Y se le apareció su Señora acompañada de santa Cecilia y de santa Catalina, entonces le dijo con suma dulzura: Hijo ¿qué quieres que haga por ti? El religioso, ante tan delicado ofrecimiento de María, quedó confundido y no sabía qué responder. Entonces, una de las santas acompañantes le dio este consejo: Reginaldo, ¿sabes lo que debes hacer? No le pidas nada, déjalo en sus manos, porque María te dará una gracia mejor de la que tú sepas pedir. Así lo hizo el enfermo y la Virgen le obtuvo la gracia de la curación.

Pero si deseamos la visita dichosa de esta Reina del cielo, a ello ayudará mucho el que, nosotros ahora la visitemos con frecuencia en cualquiera de sus imágenes, o en cualquiera de sus iglesias.

Léase el siguiente ejemplo y se comprenderá con qué clase de favores recompensa la visita de sus devotos.

 

EJEMPLO

 

Milagrosa hospitalidad de María a dos religiosos

 

Refieren las Crónicas Franciscanas que, yendo dos frailes a visitar un santuario de la Virgen, les sorprendió la noche en la espesura de un bosque. Aunque llenos de miedo  y angustia, se resolvieron a seguir adelante. Poco después creen ver una casa. Llegan, llaman a la puerta, y desde dentro preguntan: “¡Quién va!” “Somos unos frailes que vamos en peregrinación; hemos sido sorprendidos por la noche en el bosque y buscamos albergue”. Se abre la puerta y los reciben con toda cortesía dos pajes ricamente ataviados. Los frailes les preguntaron quién vivía en aquella mansión. Los pajes les contestaron que allí vivía una señora sumamente piadosa. “Quisiéramos darle las gracias por su generosa hospitalidad...” “Vamos a saludarla –dijeron los pajes– porque la señora gustará de hablaros”. Al subir las escaleras vieron todas las habitaciones iluminadas y ricamente amuebladas. En ellas se respiraba una fragancia desconocida. En la mejor de las estancias estaba la señora de porte muy distinguido y sumamente hermosa, que los recibió con gran afabilidad y cortesía. Les preguntó por el objetivo de su viaje, a lo que respondieron los frailes: “Vamos en peregrinación al santuario de María”. “En ese caso –repuso la señora– cuando os vayáis, os daré una carta que os será de mucho provecho”. Mientras les hablaba la señora, se sentían inflamados en amor de Dios, gozando de una alegría hasta entonces desconocida. Después se retiraron a descansar, pero apenas pudieron conciliar el sueño por la dicha que inundaba sus corazones.

A la mañana siguiente, después de despedirse de la señora dándole las gracias por tal acogida, siguieron su camino. Apenas se habían alejado un corto espacio de la casa, advirtieron que la carta de la señora no tenía dirección. Volvieron sobre sus pasos buscando la casa de la señora, pero no dieron con ella. Abrieron finalmente la carta para ver a quién iba dirigida, y vieron que iba dirigida a ellos mismos y que era de la Virgen santísima. Por el contenido se dieron cuenta que la señora con quien habían hablado la noche pasada y que los había alojado, era la Virgen María, quien por la devoción que le tenían, les había deparado en medio del bosque hospedaje y alimento. Les exhortaba a que siguieran sirviéndola, que ella los socorrería toda la vida. ¿Quién podrá describir las acciones de gracias que aquellos buenos religiosos tributaron a la Madre de Dios? ¿Quién podrá expresar cómo se les acrecentaron los deseos de amarla siempre y de servirla?

 

ORACIÓN PIDIENDO LA INTERCESIÓN DE MARÍA

 

¡Virgen Inmaculada y bendita!
Eres la universal dispensadora
de todas las gracias divinas,
con razón te puedo llamar
la esperanza de todos, mi esperanza.

 

Bendigo al Señor porque me muestra
el modo de alcanzar la gracia y salvarme.
Este medio eres tú, santa Madre de Dios.
Por los méritos de Jesús, ante todo,
me he de salvar; y después,
por tu poderosa intercesión.

 

Reina mía, ya que acudiste presurosa
a santificar la casa de Isabel,
visita presto la pobre casa de mi alma.
Apresúrate, pues mejor que yo sabes
lo pobre que está y los males que me agobian:
afectos desordenados, hábitos depravados,
pecados sin cuento, y mil enfermedades
capaces de causarme la muerte eterna.

 

Pero tú, tesorera de Dios,
puedes enriquecerla con todos los bienes
y curarla de toda dolencia.
Visítame durante la vida, y sobre todo,
visítame en la hora de la muerte,
cuando me será más necesaria tu ayuda.

 

Como indigno que soy, no pretendo
que me visites con tu presencia,
como lo has hecho con otros devotos tuyos.
Me contento con que ruegues por mí
y me visites con tu misericordia
para ir a contemplarte en el cielo,
para amarte con toda el alma
y agradecerte todos tus beneficios.

 

Ruega por mí, María,
encomiéndame a tu Hijo.
Mejor que yo conoces
mis miserias y necesidades.
¿Qué más te puedo suplicar
sino que tengas compasión de mí?
Es tan grande mi ignorancia,
que no sé pedir lo que necesito.

 

Dulce Reina mía, María,
pide y alcánzame de tu Hijo
las gracias más convenientes
y más necesarias para mi alma;
del todo me abandono en tus manos
pidiendo a la Divina Majestad,
que por los méritos de Jesús, mi Salvador,
me conceda las gracias que tú le pidas.

 

Pide por mí, Virgen santísima
lo que más me conviene.
Tus oraciones, siempre las escucha Dios
porque son plegarias de Madre
para con el Hijo que tanto te ama
y goza en otorgarte lo que pides
para mejor honrarte y mostrar su amor a ti.
En esto quedamos, Señora:
Yo vivo confiando en ti.
Preocúpate por salvarme. Amén.

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