Actualizado el sábado 15/ENE/22

Las Glorias de María (fragmento)

San Alfonso María de Ligorio 

Sección I 

FIESTAS PRINCIPALES DE MARÍA 

Discurso tercero 

PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO 

El ofrecimiento que hizo María de sí misma a Dios, fue pronto y sin demora, fue por entero y sin reservas 

No hubo ni habrá jamás un ofrecimiento hecho por una criatura, ni más grande ni más perfecto que el que hizo la niña María a Dios cuando se presentó en el Templo para ofrecerle, no incienso ni cabritillas, ni monedas de oro, sino a sí misma del todo y por entero, en perfecto holocausto, consagrándose como víctima perpetua en su honor. Muy bien comprendió la voz del Señor que la llamaba a dedicarse toda entera a su amor, con aquellas palabras: “Levántate, apresúrate, amiga mía... y ven” (Ct 2, 10). Por eso quería su Señor que se dedicara del todo a amarlo y complacerlo: “Oye, hija mía, mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa paterna” (Sal 44, 14). Y ella, al instante siguió la llamada de Dios.

Veamos pues cuán agradable fue a Dios el ofrecimiento que María hizo de sí misma a Dios al consagrarse al punto y sin demora, enteramente y sin reserva. 

PUNTO 1º 

1. María se ofreció a Dios sin demora 

Es seguro que desde el primer instante en que esta celestial niña fue santificada en el seno de su madre, que fue desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, ella recibió el uso perfecto de la razón para poder desde el primer momento comenzar a merecer, como lo afirman con sentencia común los doctores con el P. Suárez. Él dice que, siendo el modo más perfecto que usa Dios para santificar a un alma, santificarla por sus propios méritos, como lo enseña santo Tomás, así debe creerse que fue santificada la Santísima Virgen. Si este privilegio fue concedido a los ángeles y a Adán, como enseña El Angélico, mucho más debemos creer que se concedió a la Madre de Dios, habiéndose dignado el Señor elegirla por madre suya, se ha de creer con toda certeza que había de otorgarle mayores dones que a todas las demás criaturas. Así lo enseña el mismo santo doctor: “De ella recibió la naturaleza humana y por eso, debió recibir de Cristo más plenitud de gracia que todos los demás”. Y es que, siendo la madre, dice el P. Suárez, tiene un derecho cierto y del todo singular sobre todos los dones de su Hijo. Y así como por la unión hipostática era necesario que Jesús poseyera todas las gracias en plenitud, así fue del todo conveniente que Jesús, por deber de naturaleza otorgara a María gracias mayores que las concedidas a todos los santos y ángeles juntos. 

2. María entregó su voluntad al Señor 

De lo cual resulta que María desde el principio de su existencia conoció a Dios, y lo conoció con tal perfección –como le dijo el ángel a Santa Brígida– y de tal manera, que ninguna lengua es capaz de explicar la perfección con que la inteligencia de la Santísima Virgen llegó a conocer a Dios desde el primer instante. Desde entonces María, con aquella primera luz con que Dios la enriqueció, se ofreció por entero a su Señor dedicándose del todo a su amor y a su gloria, como el mismo ángel se lo reveló a santa Brígida cuando le dijo: “Al instante nuestra Reina determinó consagrar a Dios su voluntad con todo el amor y para siempre. Y nadie puede comprender de qué manera su voluntad se sujetó a abrazar todo lo que fuera del gusto divino”.

Cuando después del diluvio universal Noé soltó un cuerpo desde el arca, éste no volvió pues encontró alimento en la carroña; pero cuando soltó una paloma, ésta, sin posarse fuera, volvió al arca (Gn 8, 9). Muchos, creados por Dios, se dedican, desdichados, a saciarse de bienes terrenales. No fue así María, nuestra celestial paloma, ella comprendió que Dios debe ser el único amor; que el mundo está lleno de peligros y que quien antes lo abandona está mas a salvo de sus lazos, por lo que huyó de él desde su más tierna edad... Así fue que la Santísima Virgen, desde el principio de su ser fue del todo agradable al Señor y muy amada de él como le hace decir la santa Iglesia: “Congratulaos conmigo todos los que amáis al Señor, porque desde que era niña agradé al Altísimo”. Por eso ha sido comparada a la luna, porque así como la luna cumple su carrera más de prisa que los demás astros, así María alcanzó la perfección más pronto que todos los santos al entregarse a Dios sin demora, enteramente y sin reservas.

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