Actualizado el martes 28/SEP/21

Imitación de Cristo

Tomás de Kempis

LIBRO SEGUNDO 

Avisos para el trato interior 

CAPÍTULO IX 

Cómo conviene carecer de todo consuelo 

No es grave cosa despreciar la consolación humana cuando tenemos la divina. Gran cosa es, y muy grande, ser privado y carecer de consuelo divino y humano, y querer sufrir de buena gana la sequedad del corazón por la honra de Dios, y en ninguna cosa buscarse a sí mismo ni atender al propio merecimiento. ¿Qué gran cosa es si estás alegre y devoto, cuando desciende sobre ti la gracia de Dios? Esta hora todos la desean. Muy suavemente camina aquél a quien conduce la gracia de Dios. ¿Y qué maravilla si no siente carga el que es llevado por el Omnipotente, y guiado por el Conductor supremo?

De buena gana tomamos algún pasatiempo por consuelo, y con dificultad se desnuda el hombre de sí mismo. El mártir San Lorenzo venció al mundo y aún el afecto a su sacerdote San Sixto, porque despreció todo lo que en el mundo parecía deleitable, y sufrió con paciencia por amor de Cristo, que le fuese quitado aquel Sumo Sacerdote de Dios, a quien él amaba mucho. Pues así con el amor de su Criador venció el amor del hombre, y trocó el consuelo humano por el beneplácito divino. Así aprende tú a dejar algún pariente, o amigo por amor de Dios, y no te aflijas cuando te dejare tu amigo, sabiendo que es necesario nos separemos al fin unos de otros.

De continuo, y mucho, conviene que pelee el hombre consigo mismo, antes que se sepa vencer enteramente y poner en Dios todo su afecto. Cuando el hombre se está en sí mismo, con facilidad se desliza en las consolaciones humanas; mas el verdadero amador de Cristo, y cuidadoso imitador de sus virtudes, no se arroja a las consolaciones, ni busca dulzuras sensibles, antes procura ejercicio de fortaleza y sufre por Cristo duros trabajos.

Así pues, cuando Dios te diere la consolación espiritual, recíbela con hacimiento de gracias, y entiende que es don de Dios, y no tu merecimiento. Por tanto, no te engrías ni te alegres demasiado, ni presumas vanamente, antes humíllate más por el don recibido, y sé más avisado y temeroso en todas tus obras, porque se pasará aquella hora y vendrá la tentación. Cuando te fuere quitado el consuelo, no desconfíes desde luego; sino espera con humildad y paciencia la visitación celestial, porque Dios es poderoso para volver a darte mucha mayor consolación. Esto no es cosa nueva ni ajena para los que han experimentado el camino de Dios, porque en los grandes santos y antiguos profetas acaeció muchas veces esta especie de alternativa.

Por eso decía uno cuando sentía efectos de la gracia: Yo dije en mi abundancia: No seré movido ya para siempre. Y ausente la gracia añade lo que experimentó en sí diciendo: Apartaste de mí tu rostro, y quedé conturbado. Mas con todo esto no desespera, sino con mayor instancia ruega a Dios y dice: A ti, Señor, llamaré, y a mi Dios rogaré; y al fin alcanza el fruto de su oración y confirma su oído diciendo: Oyóme el Señor y hubo misericordia de mí; el Señor se hizo mi ayudador. ¿Mas en qué? Volviste, dice, mi llanto en gozo y rodeásteme de alegría. Y si así se hizo con los grandes santos, no debemos nosotros, enfermos y pobres desesperar si algunas veces estamos fervorosos y otras veces fríos, porque el espíritu viene y se va, según la divina voluntad. Por eso dice el bienaventurado Job: Visitas al hombre en la mañana, y súbitamente le pruebas.

¿Pues en qué puedo esperar, o en quién debo confiar, sino solamente en la gran misericordia de Dios y en la esperanza de la gracia celestial? Porque aunque esté cercado de hombres buenos, de hermanos devotos o de amigos fieles; que lea libros santos o tratados excelentes; que entone cánticos suaves y dulces himnos, todo aprovecha poco y tiene poco sabor cuando estoy desamparado de la gracia y dejado en mi propia pobreza; entonces no hay mejor remedio que la paciencia, y negándome a mí mismo, resignarme en la voluntad de Dios.

Nunca hallé hombre tan religioso y devoto, que alguna vez no tuviese intermisión del consuelo divino, o no haya sentido disminución del fervor. Ningún santo fue tan altamente arrebatado e iluminado que antes o después no haya sido probado con tentaciones, pues no es digno de la sublime contemplación de Dios el que no fue ejercitado por Dios en alguna tribulación. Suele ser la tentación precedente señal que vendrá el consuelo, pues a los probados en la tentación está prometido el gozo celestial. Al que venciere, dice el Señor, daré a comer del árbol de la vida.

Dase también la consolación divina para que el hombre sea más fuerte para sufrir las adversidades; y se sigue la tentación porque no se ensoberbezca en el bien. El demonio no duerme ni la carne está aún muerta; por esto no ceses de prepararte para la batalla, porque a diestra y a siniestra están los enemigos que nunca descansan.

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