Actualizado el lunes 10/ENE/22

Interpretación del Apocalipsis

15 de agosto de 1983

Fiesta de la Asunción de María al Cielo

En la Luz del Paraíso

“Hoy os quiero espiritualmente aquí arriba en el Paraíso, hijos predilectos, para que podáis llenaros de confianza y de esperanza, contemplando a vuestra Madre Celeste, asunta a la gloria del Cielo, también con su cuerpo.

Con alma y corazón, mirad el Paraíso que os espera. El Paraíso es vuestra verdadera meta. No habéis sido creados para la vida terrena, que no obstante tanto os absorbe, os fatiga y os consume.

La vida sobre la tierra es como una larga y dolorosa sala de espera, que debéis sufrir para entrar en el Reino, que os ha preparado el Padre Celeste.

En este Reino mi Hijo Jesús tiene ya predispuesto un sitio para cada uno de vosotros; los Ángeles aguardan gozosos vuestra llegada y todos los Santos ruegan y arden de amor en espera de que cada puesto sea para siempre ocupado por vosotros.

Hoy es necesario mirar más al Paraíso que os espera, si queréis caminar con serenidad, con esperanza y con confianza.

A la Luz del Paraíso, comprenderéis mejor el tiempo que vivís. Es tiempo de sufrimientos. Es el tiempo descrito en el Apocalipsis, en el que Satanás ha instaurado en el mundo su reino de odio y de muerte.

Los más pobres, los más frágiles, los más indefensos, mis pequeños, están así con frecuencia agotados de sufrimientos que día a día se hacen más grandes. ¡Oh, el Señor abreviará el tiempo de la prueba mirando vuestra fidelidad y vuestro dolor! Pero para que podáis ser consolados, debéis hoy mirar al Paraíso preparado para vosotros.

A la luz del Paraíso que os espera, sabréis leer mejor los signos de vuestro tiempo.

Los días que vivís son perversos, porque los corazones de los hombres se han vuelto áridos y fríos, cerrados por tanto egoísmo y no son ya capaces de amar.

La humanidad camina por la senda de la rebelión a Dios y de su obstinada perversión. Por esto los frutos que hoy cosecháis son malos: Son los del odio y la violencia; los de la corrupción y la impiedad; los de la impureza y la idolatría. Vuestro cuerpo ha sido elevado a la categoría de ídolo, y se busca el placer como supremo valor.

¡Cuántos signos os manda el Señor para invitaros al arrepentimiento y a la enmienda: Enfermedades, desgracias, males incurables que se propagan, guerras que se extienden, amenazas de males inminentes! En estos tiempos, para no desesperar, para caminar por la senda de una fe inquebrantable y segura, se hace urgente vivir con la mirada puesta en el Paraíso, donde, con Jesús, vuestra Madre Celeste os ama y os sigue también con su cuerpo glorioso.

A la luz del Paraíso, que os aguarda, sabréis sobre todo realizar a la perfección el designio que tengo sobre cada uno de vosotros en estos tiempos de la gran lucha entre la Mujer vestida del Sol, y su Adversario, el Dragón rojo.

En el profundo desapego del mundo y de las criaturas, os haréis verdaderamente pequeños, confiados, humildes y buenos. Caminaréis por la vía del desprecio del mundo y de vosotros mismos. Seréis capaces de mortificar los sentidos y volveréis a ofrecerme el don de vuestra penitencia.

Deseo que se vuelva también a la práctica del ayuno, tan recomendado por Jesús en su Evangelio. Así os haréis verdaderos discípulos de Jesús y difundiréis en vuestro derredor su Luz en este tiempo invadido por las tinieblas.

Por esto os invito hoy a mirar al Paraíso, que exulta en el misterio de la Asunción corporal de vuestra Madre Celeste, que a todos os anima y bendice.” 

Comentario: 

Hoy se hace imprescindible mirar el Paraíso que nos espera, el puesto que allí tenemos cada uno de nosotros, para no desesperar ante todos los males y desgracias que suceden en el mundo y en nuestra vida.

Pero he aquí que aparece una nueva táctica del demonio y es la de hacernos creer que nosotros jamás alcanzaremos el Cielo, y así nos corta las alas y nos hace inofensivos en el combate y en el apostolado. Porque si no tenemos seguridad de que alcanzaremos el Paraíso, entonces nos desesperamos y nos angustiamos. Pero debemos saber que ya está preparado un lugar para nosotros en el Cielo y nos salvaremos con seguridad porque nadie puede arrebatar nada de las manos de Jesús y del Padre, y nosotros estamos en sus benditas manos.

Entonces caminemos por la tierra con la mirada puesta en el Cielo, sabiendo con seguridad que allí llegaremos y que seremos para siempre felices, y tanta más felicidad tendremos cuanta mayor haya sido la prueba y el sufrimiento aquí en esta vida.

El Señor nos manda signos de enfermedades, guerras y desgracias para que nos arrepintamos y nos convirtamos. Aprovechemos estos signos para hacernos más buenos y santos, y tengamos la esperanza del Cielo en el alma, para no dejarnos abatir por el desaliento y la desesperación.

(Vea cómo Consagrarse al Corazón Inmaculado de María)


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En aquel tiempo, se alzará Miguel, el gran Príncipe, que está de pie junto a los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación hasta el tiempo presente. En aquel tiempo, será liberado tu pueblo: todo el que se encuentre inscrito en el Libro. Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos. En cuanto a ti, Daniel, oculta estas palabras y sella el Libro hasta el tiempo del Fin. Muchos buscarán aquí y allí, y aumentará el conocimiento". Yo, Daniel, miré y vi que otros dos hombres estaban de pie, uno en una orilla del río y otro en la orilla opuesta. Uno de ellos dijo al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río: "¿Para cuándo será el fin de estos prodigios?". Yo oí al hombre vestido de lino que estaba sobre las aguas del río. Él alzó su mano derecha, y su mano izquierda hacia el cielo y juró por aquel que vive eternamente: "Pasará un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo; y cuando se haya acabado de aplastar la fuerza del pueblo santo, se acabarán también todas estas cosas". Yo oí, pero no entendí. Entonces dije: "Señor mío, ¿cuál será la última de estas cosas?". Él respondió: "Ve Daniel, porque estas palabras están ocultas y selladas hasta el tiempo final. Muchos serán purificados, blanqueados y acrisolados; los malvados harán el mal, y ningún malvado podrá comprender, pero los prudentes comprenderán. A partir del momento en que será abolido el sacrificio perpetuo y será instalada la Abominación de la desolación, pasarán mil doscientos noventa días. ¡Feliz el que sepa esperar y llegue a mil trescientos treinta y cinco días! En cuanto a ti, ve hacia el Fin: tú descansarás y te levantarás para recibir tu suerte al fin de los días". (Daniel 12, 1-13)

Sepan, en primer lugar, que en los últimos días vendrán hombres burlones y llenos de sarcasmo, que viven de acuerdo con sus pasiones, y que dirán: "¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación". Al afirmar esto, ellos no tienen en cuenta que hace mucho tiempo hubo un cielo, y también una tierra brotada del agua que tomó consistencia en medio de las aguas por la palabra de Dios. A causa de esas aguas, el mundo de entonces pereció sumergido por el diluvio. Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos. Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.  (II Pedro 3, 3-9)

Esta sección se crea el 2 de Abril de 2010, Viernes Santo, y día del Siervo de Dios Juan Pablo II, a quien se la encomendamos, junto con la interpretación correcta del Apocalipsis y todas las profecías que hablan sobre el Fin de los Tiempos.

Que la Virgen nos guíe en esta tan importante, actual y necesaria tarea, para que podamos ser de los que estemos escritos en el Libro de la Vida el Último Día.