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Muerte · Juicio · Infierno · Cielo
“Meditare Novissima tua et in aeternum non peccabis”(Eclesiástico 7, 40)
“Recuerda tus postrimerías, y nunca pecarás”
Muerte, juicio, infierno y Cielo: son las cuatro postrimerías o novísimos del hombre, las últimas realidades que nos esperan a todos. Meditarlas con frecuencia es un remedio seguro contra el pecado y un gran impulso para vivir siempre en gracia de Dios. Aquí encontrará 28 reflexiones, ordenadas según cada uno de los novísimos. Toque un título para leerla.
“Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25, 13).
Dios no ha creado la muerte, sino que ésta vino por el pecado del hombre y es como su salario, por eso los hombres no estamos preparados para morir, ya que tenemos deseos de eternidad y nos repugna la muerte. Pero ésta llegará inexorablemente, y por eso es mejor prepararse a dar ese paso tan importante, ese salto a la eternidad del cual dependerá nuestro destino eterno.
La muerte no se puede esquivar ni posponer, ya que Dios la ha fijado desde toda eternidad y Él sabe en qué momento sucederá, aunque no lo sabemos nosotros, que siempre tenemos que estar preparados, viviendo en gracia de Dios y nunca en pecado mortal.
Si hay algo seguro en este mundo, es que todos nosotros vamos a morir un día. Pero muchos viven como si a ellos jamás les llagara este momento. ¡Y pensar que de este momento depende toda la eternidad!
¡Qué locura es no querer pensar en la muerte, huyendo de este pensamiento para aturdirnos con diversiones y pasatiempos, a veces pecaminosos, y despilfarrando el tiempo en vanidades, en lugar de prepararnos a bien morir, como hacían los santos!
Pero para hacer esto hay que tener las ideas bien claras, y recordar que la vida sobre la tierra no es lo definitivo, sino que es una prueba, y que la muerte es el paso del tiempo a la eternidad. La muerte no es un punto de llegada sino más bien de partida. Es como un nacimiento, que puede ser feliz si vamos al Cielo; o infeliz, como un aborto, si vamos al Infierno.
No huyamos del pensamiento de la muerte y pidamos a San José, Patrono de la buena muerte, que demos bien ese paso.
Si viviéramos cada día como si fuese el último, como si ese mismo debía debiéramos morir, ¡qué distinta sería nuestra vida! ¡Cuánto más aprovecharíamos el tiempo, sin perderlo en pasatiempos inútiles y divirtiéndonos más de lo conveniente y necesario para distender el espíritu!
¿Y por qué hoy no puede ser el día de nuestra muerte? ¿Acaso tenemos la vida comprada? Ya Jesús nos ha dicho que Él llegará a la hora del ladrón, cuando nadie lo espera. Y si bien esto se puede entender de su venida gloriosa, también hay que entenderlo para el momento de nuestra muerte corporal, que nos llegará a la hora y el día menos pensados.
No es pesimismo pensar en la muerte, porque una de las cosas que son seguras en este mundo es que un día moriremos. Dejaremos todo para partir a la eternidad sólo con nuestras obras, buenas y malas. Tengámoslo presente todos los días, para vivir bien esta prueba que es la vida sobre la tierra.
Dice Jesús:
“Dicté una Hora Santa para quienes lo deseaban. Desvelé mi Hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no hay acto de confianza mayor entre amigos que el de desvelar al amigo el propio dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba suprema del amor, sino el llanto y el dolor comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has conocido. Porque estuviste en el Getsemaní. Ahora estás en la Cruz y pruebas penas de muerte. Apóyate en tu Señor mientras que Él te da una Hora de preparación para la muerte”.
I.
“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”.
No es una de las siete Palabras de la Cruz, pero es ya palabra de pasión. Es el primer acto de la Pasión que se inicia. Es la preparación necesaria para las demás fases del holocausto. Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en la que se trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma, la voluntad del espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.
“¡Padre...!”. ¡Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y para la mente, mientras que se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra vida, sobre lo desconocido, sobre el juicio. El hombre, siempre un infante aunque sea centenario, es como un niño asustado que se ha quedado solo y busca el seno de Dios.
Marido, mujer, hermanos, hijos, padres, amigos... Lo eran todo mientras que la vida estaba lejos de la muerte, mientras que la muerte era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas lejanas. Pero ahora que la muerte sale de entre los velos y avanza, se invierte la situación, y son los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y la mujer quienes pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, empañándose ante el avance de la muerte. Como voces que se van debilitando con la distancia, las cosas de la tierra van perdiendo vigor a la vez que lo adquiere lo del más allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano... Y un movimiento de miedo se apodera de la criatura.
Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo de expiación concedido al hombre. Hasta que no existió la Culpa, la muerte no fue tal sino dormición. Y donde no hubo culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María Santísima.
Yo morí porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado, y conocí el horror de morir.
“¡Padre!”. ¡Oh!, este Dios tantas veces no amado o amado en último lugar, después de que el corazón amó a parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con criaturas viciosas o amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que permitió que se le olvidase, que nos dejó libres de olvidarle, que dejó hacer, que a veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aquí que vuelve a surgir en la mente del hombre recobrando sus derechos. Brama: “¡Yo soy!” y para no hacernos morir de espanto con la revelación de su poder, mitiga ese potente “Yo soy” con una palabra suave: “Padre”.
“Yo soy tu Padre”. Y ya no es terror, sino abandono en Él, el sentimiento que despierta esta palabra.
Yo, Yo que debía morir y comprendía lo que es morir después de haber enseñado a los hombres a vivir llamando “Padre” al Altísimo Yahveh, os enseñé a morir sin terror llamando “Padre” al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la agonía o se hace más presente al espíritu del moribundo.
“¡Padre!”. ¡No temáis! ¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre! No se presenta justiciero, provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos de la vida y de los afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a tu morada. Ven al descanso. Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas aquí. Y, te lo juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que dejas aquí que no permaneciendo aquí abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada”.
Pero la muerte siempre es dolor. Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el sufrimiento moral, dolor por el sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si ha de ser el medio para la última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de nieblas, que ocultan y descubren, alternándose, lo que en la vida se amó, y lo que nos hace temer el más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave atrapada en una gran tempestad, pasan –de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente puerto, ya cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud beatífica y una sensación de reposo semejante al de quien, a punto de dar por concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del próximo descanso– pasan a zonas en las que la tempestad les sacude, les azota y les hace sufrir; aterrarse y gemir. Es de nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tentáculos: familia, negocios; es la angustia de la agonía, es el pavor del último paso... ¿Y después? ¿Y después...? La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores... ¿Dónde está ya el Cielo? ¿Por qué morir? ¿Por qué tener que morir? Y el grito borbotea ya en la garganta: “¡No quiero morir!”.
No, hermanos míos que morís porque justo, santo es el morir al ser la voluntad de Dios. No. ¡No gritéis así! Ese grito no viene de vuestra alma. Es el Adversario que sugestiona vuestra debilidad haciéndooslo proferir. Transformad el grito rebelde y vil en un grito de amor y de confianza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Como el arco iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz, la calma. De nuevo veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que es retornar al Padre, y entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor dicho, que el espíritu tiene derechos superiores a los de la carne porque él es eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre la carne, y entonces pronunciáis la palabra que os absuelve de todos vuestros pecados de rebelión: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Aquí está la paz, aquí la victoria. El ángel de Dios os ciñe y os conforta porque ganasteis la batalla preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.
II.
“¡Padre, perdónales!”.
Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con mayor seguridad a Dios. No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que no sean espirituales y buenas. Y no hay hombre que muera sin tener algo que perdonar a alguno o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por múltiples motivos.
¿Qué hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de un desamor, de un engaño, de un abuso o de otro daño cualquiera de parte de parientes, consortes o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados. Perdonar completamente, dejando a un lado, no sólo el rencor y el recuerdo sino hasta la persuasión de que el motivo de nuestro rencor era justo. Es la hora de la muerte. El tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a “nada”. Ya sólo existe una “verdad”: Dios. ¿Para qué, pues, llevar más allá de los umbrales lo que es de la parte de acá de los mismos?
Perdonar. Y, dado que llegar a la perfección del amor y del perdón –que consiste en no decir siquiera: “con todo yo tenía razón”– es muy difícil, demasiado difícil para el hombre, debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros. Entregarle nuestro perdón a Él que no es hombre, que es perfecto, que es bueno, que es Padre, para que Él lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien merezca el perdón.
Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí. También a los muertos que nos causaron dolor. La muerte limó muchas aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quitó todas. Pero, aún perdura el recuerdo. Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir. Este recuerdo pone siempre un límite a nuestro perdón. No. Ya no más. Ahora la muerte está a punto de quitar todo límite al espíritu. Se penetra en el infinito. Hay que eliminar, por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón. Perdonar, perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los recuerdos y pueda estar en paz con todos los hermanos vivos o penantes, antes de encontrarse con el Pacífico.
“¡Padre, perdónales!”. Santa humildad, dulce amor del perdón otorgado, que sobreentiende el perdón que se pide a Dios por las ofensas para con Él y para con el prójimo, que tiene todo aquel que pide perdón para los hermanos. Acto de amor. Morir en un acto de amor es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben perdonar en expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.
III.
“He aquí a tu hijo”.
¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión de lo que nos es querido con previsor y santo pensamiento; abandonar los afectos y abandonarse a Dios sin resistencia. No envidiar al que posee lo que dejamos. Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que más os interesa y que abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio espíritu.
Recordar al Padre que es Padre. Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente. Decirle: “Heme aquí. Aquí estoy. Tómame contigo porque me dono a Ti. No cedo forzado por las circunstancias. Me dono porque te amo como hijo que torna a su padre”.
Y decirle: “He aquí. Éstos son mis seres queridos; te los entrego. Éstos son mis negocios que alguna vez me hicieron ser injusto, envidioso del prójimo, y que hicieron que me olvidase de Ti porque me parecían –lo eran ciertamente, si bien yo los tenía por más de lo que eran– me parecían de capital importancia para el bienestar de los míos, para mi honor y por el aprecio que me proporcionaban. Creí también que sólo yo fuese capaz de administrarlos. Me creí necesario para llevarlos a cabo. Ahora veo... que eran tan sólo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia, y muchas veces, un mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo del organismo perfecto. Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo se va alejando, veo... siento... ¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas eran mis obras! ¡cómo desentonaban con el Bien! Presumí de ser ‘alguien’. Tú eras quien –previsor, providente y santo– corregías mis trabajos y los hacías útiles. Presumí. Alguna vez incluso dije que no me amabas porque no me acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los que yo envidiaba. Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!”.
Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas humanas y con gula de toda suerte de riqueza.
IV.
“Acuérdate de mí”.
Habéis aceptado el cáliz de la muerte, habéis perdonado y cedido lo que era vuestro, incluso hasta a vosotros mismos. Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado al alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y de codicia. Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la más pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. Nuevos Jobs, os encontráis desfallecidos y despojados ante Dios. Entonces podéis decir: “Acuérdate de mí”.
Ya no sois nada. Ni salud, ni arrogancia, ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros mismos. Sois oruga con posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la cárcel del cuerpo causando una postrer herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al fango o fango que se transforma en estrella según prefiráis descender en la cloaca del Adversario o ascender en el vórtice de Dios. La última hora decide la vida eterna. Recordáoslo. Y gritad: “¡Acuérdate de mí!”
Dios aguarda aquel grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. Para un Padre es dulce perdonar, intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os dice: “Hijo, estoy contigo. No temas”. Pronunciad esta palabra a fin de reparar las veces que os olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.
V.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
A veces parece que Dios abandona. Pero sólo se ha escondido para que aumente la expiación y conceder así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse de ello con ira cuando él abandonó infinitas veces a Dios? Y ¿debe desesperarse porque Dios le pruebe?
¡Cuántas cosas pusisteis en vuestro corazón que no eran Dios! ¡Cuántas veces fuisteis indolentes con Él! Con cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros! Llenasteis vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y purificar su templo echando de él a los usurpadores. ¿Qué os importaba de Dios mientras fuisteis felices? Os decíais: “Tengo ya de todo porque me lo he ganado”. Y cuando no fuisteis felices ¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal?
¡Oh! hijos injustos que bebéis el veneno, que os introducís en los laberintos, que os arrojáis a los precipicios, a las guaridas de las serpientes y otras fieras y después decís: “Dios tiene la culpa”. Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de responder a vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de Él? ¡Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados como no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto. Decid, ¿quién estuvo más abandonado? ¿No fue acaso Cristo, el Inocente, quien para salvar aceptó el abandono total de Dios tras haberle amado activamente siempre? ¿No lleváis acaso vosotros el nombre de “cristianos”? Y ¿no tenéis el deber de salvaros siquiera a vosotros mismos? En la turbia desidia, que se complace en sí misma y teme las molestias de acoger al Activo, no hay salvación.
Imitad pues a Cristo, lanzando este grito en el momento de mayor angustia. Pero haced que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de blasfemia ni de reproche. “¿Por qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a mí mismo, porque son horribles las apreturas de la muerte y el Adversario acrecienta ingeniosamente su poder susurrándome que Tú ya no me amas. Déjate oír, Padre, no por mis méritos, sino precisamente porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer si está sólo, y que ahora comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo”.
Está dicho: ¡Ay de los que se encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de la muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis. Si llamáis al Padre, Él acudirá. Y este humilde invocarlo expiará vuestras culpables torpezas para con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen indolentes.
VI.
“Tengo sed”.
Sí, verdaderamente, cuando se ha entendido el verdadero valor de la vida eterna respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como santa obediencia la purificación del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en pocos minutos tal vez, se ha crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de cuanto se hubiera crecido en muchos años de vida, viene una sed profunda de aguas celestiales, de cosas celestiales. Están vencidas las lujurias de toda la sed humana, pero viene la sed sobrenatural de poseer a Dios. La sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser absorbida por él. Como el agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en fango sino tornar a ser nube, así ahora el alma tiene sed de subir al lugar del que descendió. A punto de quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras del Lugar de origen y lo anhela con todo su ser.
¿Cuál es el peregrino exhausto que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar nativo, no concentra todas sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de todo lo que no sea llegar al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero bien que ahora está seguro de recobrar y de gustar mucho más, dada la experiencia que tiene del pobre bien que no sacia y que encontró en el lugar del exilio?
“Tengo sed”. Sed de Ti, mi Dios. Sed de tenerte. Sed de poseerte. Sed de darte. Porque en los umbrales entre la Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe, el amor al prójimo, y viene un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que dejamos. Es la santa laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se desbordan en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que aún está debatiéndose en las luchas de la Tierra.
“Tengo sed”. Una vez llegada el alma a los umbrales de la Vida, no hay más que un agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo. Amor contrapuesto al egoísmo.
El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que grita: “Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad de amar y de salvar. Morir para nacer. Dejar para poseer. Rechazar toda dulzura, todo consuelo, porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan sólo quiere es anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella, estar en Ella sin tener más sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida”. Hay que tener esta sed en reparación del desamor y de la lujuria.
VII.
“Todo está cumplido”.
Todas las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias, las ofrendas: todo. Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que el concedido a Satanás para tentarla. Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la amorosa purificación, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo. Cuanto es Tierra y voluntad humana llegó a su fin. ¡Todo está cumplido! Ésta es la palabra de la completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber terminado la prueba y consumado el holocausto.
No me refiero aquí a los que mueren en pecado mortal, quienes no dicen: “todo está cumplido”, sino que, con un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el ángel de las tinieblas, victorioso y el ángel de la guarda, vencido.
Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la virtud. Éstos, cada vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera de la carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos: “Todo está consumado. El sacrificio ha terminado. ¡Tómalo como expiación mía! ¡Tómalo como mi ofrenda de amor!” Así dicen los espíritus con la penúltima palabra, según sea que sufran la muerte por ley común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.
Pero tanto unas como otras, una vez llegadas a la liberación de la materia, reclinan su espíritu en el seno de Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
“María, ¿sabes lo que supone expirar con esta elevación hecha viva en el corazón? Es expirar en el beso de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada en mis palabras, es, dentro de su sencillez, la más santa de todas”.
Nada es tan seguro en nuestra vida como que un día vamos a morir. Y a pesar de ello, casi no pensamos en la muerte, como si nunca nos tocará a nosotros y fuéramos eternos.
Pero debemos saber que toda la vida del hombre sobre la tierra debe ser considerada como una preparación para la muerte, porque es el momento de la muerte de importancia capital, ya que en él se decidirá nuestro destino eterno.
Si pensáramos más en que la vida en el mundo es un tiempo de prueba, como una sala de espera para entrar a la eternidad, entonces seguramente viviríamos de manera muy diferente a como vivimos actualmente, porque no desperdiciaríamos tanto tiempo en vanidades y pasatiempos inútiles, y no pocas veces pecaminosos, sino que aprovecharíamos el tiempo lo mejor posible para hacer buenas obras y convertirnos y santificarnos más, haciendo también apostolado, pues quien salva un alma, salva la suya propia.
Polvo eres y en polvo te convertirás
Gn. 3, 19
Considera que tierra eres y en tierra te has de convertir. Día llegará en que será necesario morir y pudrirse en una fosa, donde estarás cubierto de gusanos (Sal. 14, 11). A todos, nobles o plebeyos, príncipes o vasallos, ha de tocar la misma suerte. Apenas, con el último suspiro, salga el alma del cuerpo, pasará a la eternidad, y el cuerpo, luego, se reducirá a polvo (Sal. 103, 29).
Imagínate en presencia de una persona que acaba de expirar. Mira aquél cadáver, tendido aún en su lecho mortuorio; la cabeza inclinada sobre el pecho; esparcido el cabello, todavía bañado con el sudor de la muerte; hundidos los ojos; desencajadas las mejillas; el rostro de color de ceniza; los labios y la lengua de color de plomo; yerto y pesado el cuerpo... ¡Tiembla y palidece quien lo ve!... ¡Cuántos, sólo por haber contemplado a un pariente o amigo muerto, han mudado de vida y abandonado el mundo!
Pero todavía inspira el cadáver horror más intenso cuando comienza a descomponerse... Ni un día ha pasado desde que murió aquel joven, y ya se percibe un hedor insoportable. Hay que abrir las ventanas, y quemar perfumes, y procurar que pronto lleven al difunto a la iglesia o al cementerio, y que le entierren en seguida, para que no inficione toda la casa... Y el que haya sido aquel cuerpo de un noble o un potentado no servirá, acaso, sino para que despida más insufrible fetidez, dice un autor.
¡Ved en lo que ha venido a parar aquel hombre soberbio, aquel deshonesto!... Poco ha, veíase acogido y agasajado en el trato de la sociedad; ahora es horror y espanto de quien le mira. Apresúranse los parientes a arrojarle de la casa, y pagan portadores para que, encerrado en su ataúd, se lo lleven y den sepultura... Pregonaba la fama no ha mucho el talento, la finura, la cortesía y gracia de ese hombre; mas a poco de haber muerto, ni aun su recuerdo se conserva (Sal. 9, 7).
Al oír la nueva de su muerte, limítanse unos a decir que era un hombre honrado; otros, que ha dejado a su familia con grandes riquezas. Contrístanse algunos, porque la vida del que murió les era provechosa; alégranse otros, porque esa muerte puede serles útil.
Por fin, al poco tiempo, nadie habla ya de él, y hasta sus deudos más allegados no quieren que de él se les hable, por no renovar el dolor. En las visitas de duelo se trata de otras cosas; y si alguien se atreve a mencionar al muerto, no falta un pariente que diga: “¡Por caridad, no me lo nombréis más!”
Considera que lo que has hecho en la muerte de tus deudos y amigos así se hará en la tuya. Entran los vivos en la escena del mundo a representar su papel y a recoger la hacienda y ocupar el puesto de los que mueren; pero el aprecio y memoria de éstos poco o nada duran. Aflígense al principio los parientes algunos días, mas en breve se consuelan por la herencia que hayan obtenido, y muy luego parece como que su muerte los regocija. En aquella misma casa donde hayas exhalado el último suspiro, y donde Jesucristo te habrá juzgado, pronto se celebrarán, como antes, banquetes y bailes, fiestas y juegos... Y tu alma, ¿dónde estará entonces?
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)
Dios no hizo la muerte, sino que ésta entró en el mundo por el pecado. Por eso los hombres no estamos preparados para morir, porque simplemente no fuimos creados para morir, sino para vivir eternamente.
¡Qué hermoso el plan de Dios, que había colocado al hombre en un paraíso terrenal, terrenal pero paraíso al fin, y que después de una estancia allí, pasaría al Cielo por una dulce dormición, cerrando los ojos en este mundo para abrirlos en el Paraíso!
Pero había un envidioso, Satanás, que odiaba a Dios y a la obra de sus manos, y entonces provocó la primera caída de nuestros padres Adán y Eva. Desde entonces el hombre debe morir, la muerte iguala a todos los hombres, sean ricos o pobres, sabios o necios, pequeños o grandes, sanos o enfermos, todos tenemos que morir.
Y a pesar de que todos sabemos esta verdad, ¡qué pocos son los que piensan en la muerte y se preparan bien para dar ese salto a la eternidad! Porque si creemos realmente que en el momento de la muerte es cuando se decide nuestro destino eterno: Cielo o Infierno, entonces cuán distinta sería nuestra visión de la muerte y cómo nos prepararíamos mejor a bien morir.
Pero otra vez aquí hay alguien que hace de todo para que la humanidad no piense en la muerte. Es nuevamente Satanás que oculta a los hombres el pensamiento de la muerte, que distrae con mil pretextos, e incluso no pocas veces hace creer a los hombres que son poco menos que inmortales.
Pensemos en la muerte, ya que es un pensamiento saludable, porque para los cristianos no es más que el paso a la eternidad, a los brazos de Dios.
“Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio” (Hb 9, 27).
Pero lo más importante luego de la muerte es el Juicio de Dios, el Juicio particular, cuando estemos nosotros solos ante la Majestad de Dios, que llevará a juicio todas nuestras acciones, palabras, pensamientos y omisiones.
Está el juicio particular que cada uno sufre inmediatamente después de la muerte, y el Juicio Final, que sucederá al fin del mundo, cuando el Señor resucite a todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último que haya existido. Terrible momento ese, donde quedará patente a todo el universo quién era el que estaba en lo correcto y quién fue el verdadero fracasado.
Inmediatamente después de la muerte, cada persona se presenta ante Jesucristo Juez, para ser juzgada por Él en lo que se llama el Juicio Particular, y en el que se decide su destino eterno: Cielo o Infierno, o, temporalmente, Purgatorio.
Sentencia inapelable porque no hay una instancia superior, como sí hay en la Tierra, a la que uno puede apelar para revocar la sentencia, ya que es Dios mismo quien nos juzga, y no existe nadie superior a Dios.
¡Ay de nosotros si en este mundo no cumplimos la voluntad de Dios, expresada en los Diez Mandamientos y las enseñanzas del Evangelio! Seremos como ese hombre que construyó la casa sobre arena, y nos presentaremos al juicio sólo con ruinas.
Pero hay una forma de ganarnos al Juez antes de tiempo, y no esperar a que llegue ese momento para el juicio, sino que realizando obras de caridad y misericordia, podemos anticipar el Juicio, y entonces ya iremos confiados a encontrarnos con Jesucristo Juez, a quien hemos servido en la tierra en todos los hermanos necesitados.
Entonces con qué sonrisa nos recibirá el Señor, y nos estrechará en sus brazos amorosos, llamándonos “amigos” y haciéndonos entrar a la Felicidad sin fin.
Dios es la bondad infinita, pero también es la Justicia infinita. Y basta ver cómo tuvo que morir Jesús, cómo el Padre cargó sobre Él su mano justiciera, para entender un poco que los pecados tienen que ser castigados.
Si bien Dios es misericordioso, la Misericordia de Dios se aplica en este mundo, porque desde el momento de la muerte sólo queda la Justicia divina y ya no hay posibilidad de vuelta atrás.
¿Y nosotros vamos por la vida tan despreocupados, sin poner la voluntad de ser santos y de evitar toda clase de pecados?
Recordemos que Jesús ha dicho en el Evangelio que en el día del Juicio se pedirá cuenta a los hombres hasta de una palabra ociosa que hayan pronunciado sin necesidad.
¡Qué santo debe ser todo nuestro vivir, sabiendo que seremos juzgados por quien es tres veces santo!
Aprovechemos el tiempo de vida en este mundo para hacer obras de misericordia, ya que quien es misericordioso, recibirá misericordia de Dios.
En varias ocasiones Jesús me llevó al lugar del juicio individual. La última vez que fui, oré por un alma pecadora. Mi confesor me dijo que le preguntara a Jesús si esa alma se había salvado. Entonces Jesús me permitió ver cómo esta alma había sido juzgada.
Yo pensaba que iba a ver algo aparatoso, mientras no vi nada de eso. Puedo describir esta experiencia sólo en imágenes. Vi a esta alma mientras se acercaba al lugar del juicio. A un lado estaba el Ángel de su Guarda y al otro Satanás. Jesús, en su divina majestad los estaba esperando porque Él es el Juez. El juicio fue rápido y en silencio. El alma pudo ver en un instante toda su vida, no con sus propios ojos, sino con los ojos de Jesús. Vio las manchas negras, grandes y pequeñas. Si el alma va a la eterna condenación, no siente ningún remordimiento por lo que ha hecho. Jesús permanece callado y el alma se aparta de Él y entonces Satanás la arrebata y la arrastra al infierno.
Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, Jesús, con un amor indescriptible, extiende su mano y muestra el lugar al cual el alma debe ir. Jesús le dice: “¡Entra!”, y entonces el alma se pone un velo, similar al que he visto en el purgatorio, blanco o negro, y ella se dirige al purgatorio. La acompañan Nuestra Señora y su Ángel de la Guarda tratando de consolarla. Estas almas son muy felices porque ya vieron su lugar en el Cielo donde les espera la felicidad eterna.
Nuestra Señora no está presente en todas las fases del juicio, pero antes de que se pronuncie la sentencia, Ella le suplica a su Hijo, como abogada defensora, exactamente como hace el abogado con su cliente, defendiendo en modo particular a las almas que durante su vida le fueron devotas. Pero cuando el juicio empieza, Ella desaparece, sólo su gracia está irradiando sobre el alma. A la hora del juicio, el alma está completamente sola frente a Jesús. Después del juicio, cuando el alma está cubierta con el velo del color apropiado, entonces la Virgen aparece otra vez, se pone al lado del alma y la acompaña por el camino del purgatorio.
La Virgen casi se pasa su tiempo en el purgatorio, irradiando sus gracias consoladoras y salvadoras.
El purgatorio es un lugar de purificación, pero también un lugar de felicidad. Las almas que esperan allí están aguardando felices el momento de entrar a la felicidad eterna. El énfasis es en la felicidad y no en el sufrimiento. Olvidaba decir que el pecador que mencioné al principio, sí se salvó.
Le pregunté un día a Jesús:
–¿De qué depende nuestra salvación?
Y Él me contestó:
–La salvación no depende de hoy, de mañana o de ayer, sino del último momento. Por eso ustedes deben arrepentirse constantemente. Ustedes se salvan porque Yo los he salvado y no por sus méritos. Solamente el grado de la gloria que ustedes reciban en la eternidad depende de sus méritos. Por lo tanto, ustedes tienen que practicar constantemente dos cosas: el arrepentimiento de sus pecados y decir con frecuencia: “Oh Jesús mío, en tus manos encomiendo mi alma”.
Uno no debe tener miedo al juicio. Jesús, como humilde cordero, rodea las almas con un amor indescriptible. El alma que ansía estar limpia llega al juicio para poder encontrarse con el Amor mismo de Quién ella estará enamorada eternamente. En cambio, el alma orgullosa, detesta este Amor, ella misma se distancia de Él y esto en sí mismo es el infierno.
Una vez, apoyada en el hombro de Jesús, yo lloré preguntándole:
–¿Por qué creaste el infierno?
Para contestarme, Jesús me llevó al juicio de un alma muy pecadora, a quien le perdonó sus pecados. Satanás estaba furioso:
–¡Tú no eres justo! –gritaba–. ¡Esta alma fue mía toda su vida! Este cometió muchos pecados, mientras que yo cometí sólo uno y Tú creaste el infierno para mí.
–¡Lucifer! –Le contestó Jesús con amor infinito–. ¿Tú, alguna vez, me pediste perdón?
Entonces Lucifer, fuera de sí, gritó:
–¡Eso nunca! ¡Eso nunca lo haré!
Entonces Jesús se volvió hacia mí, diciéndome:
–Ya lo ves, si él me pidiera perdón tan sólo una vez, el infierno dejaría de existir.
Es por esto que Jesús nos pide que vivamos en continua conversión. Debemos meditar todo lo que Él sufrió por nuestros pecados para que podamos alcanzar la salvación. Hemos de amarle por su amor profundo. “Cada alma es un mundo único”, me dijo. “Una no puede reemplazar a otra”. Jesús ama a cada alma con un amor especial, y ese amor no es el mismo amor que tiene para las otras.
Estamos en un grave error si pensamos que el juicio particular en el momento de nuestra muerte sea misericordioso, pues el tiempo de la misericordia de Dios habrá pasado, ya que la vida sobre la tierra es el tiempo de misericordia, y luego viene la muerte y el juicio, y el tiempo de la justicia de Dios.
Este juicio que todos tendremos al dejar este mundo, es un juicio sin apelación, donde quedaremos desnudos ante la Justicia de Dios.
Entonces no seamos inconscientes y aprovechemos el tiempo de vida para “ablandar” el rostro de Dios, para que en el juicio particular, al separarse nuestra alma del cuerpo, nos presentemos ante Dios sin miedos, sabiendo que en vida hemos honrado, amado y servido a Jesús, que ahora nos juzga.
También debemos pensar en el Juicio Final, donde será puesto en evidencia hasta las últimas consecuencias todo lo que los hombres hicimos, pensamos u omitimos de bueno y de malo. Y ante todo el universo se desvelará lo que ahora hacemos a escondidas y en secreto.
Que este recuerdo del Juicio Final nos ayude a obrar siempre bien, para que aquél Día terrible no pasemos vergüenza ante el mundo, y no seamos condenados a la Vergüenza eterna.
Porque es necesario que todos
nosotros seamos manifestados
ante el tribunal de Cristo.
2 Cor. 5, 10.
Consideremos la presentación del reo, acusación, examen y sentencia de este juicio. Primeramente, en cuanto a la presentación del alma ante el Juez, dicen comúnmente los teólogos que el juicio particular se verifica en el mismo instante en que el hombre expira, y que en el propio lugar donde el alma se separa del cuerpo es juzgada por nuestro Señor Jesucristo, el cual no delegará su poder, sino que por Sí mismo vendrá a juzgar esta causa. “A la hora que no penséis vendrá el Hijo del Hombre” (Lc. 12, 40). “Vendrá con amor para los buenos –dice San Agustín–, y con terror para los malos”.
¡Oh, qué espantoso temor sentirá el que, al ver por vez primera al Redentor, vea también la indignación divina! “¿Quién podrá subsistir ante la faz de su indignación?” (Nah. 1, 6).
Meditando en esto, el P. Luis de la Puente temblaba de tal modo que la celda en que estaba se estremecía. El V. P. Juvenal Ancina se convirtió oyendo cantar el Dies irae, porque al considerar el terror que tendrá el alma cuando vaya al juicio, resolvió apartarse del mundo; y así, en efecto, le abandonó.
El enojo del Juez, anuncio será de eterna desventura (Pr. 16, 14); y hará padecer más a las almas que las mismas penas del infierno, dice San Bernardo.
Causa a veces el miedo sudor glacial en los criminales presentados ante los jueces de la tierra. Pisón, con traje de reo, comparece ante el Senado, y es tal su confusión y vergüenza, que allí mismo se da muerte. ¡Qué aflicción profunda siente un hijo o un buen vasallo cuando ve al padre o a su señor gravemente enojado!...
¡Pues mucha mayor pena sentirá el alma cuando vea indignado a Jesucristo, a quien despreció! (Jn. 19, 37). Airado e implacable, se le presentará entonces este Cordero divino, que fue en el mundo tan paciente y amoroso, y el alma, sin esperanza, clamará a los montes que caigan sobre ella y la oculten del enojo de Dios (Ap. 6, 16).
Hablando del juicio, dice San Lucas (21, 27): Entonces verán el Hijo del Hombre. Ver a su Juez en forma humana acrecentará el dolor de los pecadores; porque la presencia de aquel Hombre que murió por salvarlos les recordará vivamente la ingratitud con que le ofendieron.
Después de la gloriosa Ascensión del Señor, los ángeles dijeron a sus discípulos (Hch. 1, 11): “Este Jesús, que ante vuestra vista ha subido a la gloria, así vendrá como le habéis visto ir al Cielo”. Vendrá, pues, el salvador a juzgarnos ostentando aquellas mismas sagradas llagas que tenía cuando dejó la tierra. “Grande gozo para los que le contemplen, temor grande para los que esperan”, dice Ruperto. Esas benditas llagas consolarán a los justos e infundirán espanto a los pecadores.
Cuando José dijo a sus hermanos (Gn. 45, 3): Yo soy José, a quien vendisteis, quedaron ellos –dice la Escritura– mudos e inmóviles de terror. ¿Qué responderá el pecador a Jesucristo? ¿Podrá acaso pedirle misericordia cuando antes le habrá dado cuenta de lo mucho que despreció esa misma clemencia? ¿Qué hará, pues –dice San Agustín–, adónde huirá cuando vea al Juez enojado, debajo el infierno abierto, a un lado los pecados acusadores, al otro al demonio dispuesto a ejecutar la sentencia, y dentro de sí mismo la conciencia que remuerde y castiga?
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)
Algunos viven la vida como si fueran dueños absolutos de sus vidas, de sus posesiones y de sus amigos y parientes. Pero si supieran que de todo tendremos que dar cuenta en el Juicio de Dios, quizás recapacitarían y obrarían más conforme a la justicia.
Hay además quienes creen que el Juicio de Dios está tan lejos, que mientras tanto pueden hacer cualquier cosa, total Dios perdona siempre.
Ésta es una astucia del demonio que sabe muy bien cómo es Dios y conoce su Justicia, la Justicia divina que es la que ha creado el Infierno y que en él lo ha precipitado junto con sus legiones diabólicas, y sabiendo que Dios es infinitamente Justo, incita a los hombres para que cometan toda clase de injusticias, amparados en la “misericordia” de Dios.
Pero hay una frase popular que dice que hay más condenados por la Misericordia de Dios que por su Justicia, porque muchos confiando, o más bien, haciendo abuso de la misericordia divina, caen en los más graves pecados y son candidatos al abismo infernal.
Los hombres tampoco recuerdan, e incluso muchos de ellos ni siquiera lo saben, que somos juzgados cada uno de nosotros en el mismo momento de nuestra muerte. Luego al fin del mundo habrá también un Juicio Universal y público, pero que ratificará la sentencia que nos habrá dado el Señor en el Juicio particular.
Pensemos en estas cosas y obremos con rectitud sabiendo que Dios nos ve y nos quiere premiar.
“Mira que Dios te mira, mira que te está mirando, mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo”.
“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mt 25, 41).
Y los que mueran en pecado mortal, inmediatamente serán precipitados en el Infierno eterno, que como define la Santa Madre Iglesia es “todo mal sin mezcla de bien alguno”.
Pensemos un poco y hagamos de cuenta que el Infierno sólo fuera un simple dolor de muelas, e imaginemos que ese dolor de muelas durará por un año. ¡Sería muy duro soportarlo! ¡Pero si nos enteramos que ese dolor de muelas nos durará toda la vida, sería terrible!
¡Más tremendo y descabellado sería si ese dolor de muelas se prolongaría para siempre, para toda la eternidad!
Bueno, pensemos que el Infierno, que es eterno, no es un simple dolor de muelas, lo cual ya sería espantoso.
Ojalá estas consideraciones nos hagan recapacitar y volver al buen camino, haciendo una sincera confesión con el sacerdote y dejar de lado el pecado que día a día nos acerca más al Abismo Infernal.
Todas las desgracias y calamidades de la Tierra, desde su creación hasta el fin del mundo, son una NADA en comparación con la condenación de una sola alma.
Esto es difícil de entender para nosotros, porque no captamos ni siquiera aproximadamente, qué es lo que significa una eternidad de tormentos.
Que el Infierno existe, es eterno y es tremendo, es un dogma de fe que nadie puede poner en duda sin pecar gravemente.
Ahora, nuestro modo de actuar y de vivir, ¿es acorde con esta realidad? ¿Tratamos de evitar ir a ese lugar de sufrimiento sin fin y sin medida?
Uno de los errores más graves de los sacerdotes de esta época materialista es justamente el no hablar ya del Infierno. Como si el Infierno dejara de existir o fuera menos terrible si no se habla de él.
Es mejor que nos asustemos un poco en este mundo por el temor de condenarnos, y no que vayamos muy tranquilamente por la vida, y terminemos luego en el abismo infernal.
Roguemos a Dios para que nos haga entender, y de ser posible experimentar un poquito lo que es el Infierno, para encendernos en el celo por la salvación de las almas, empezando por la nuestra.
Hagamos por un instante el ejercicio mental de que estamos ya condenados en el Infierno. Que por haber muerto en pecado mortal, sin arrepentirnos, nos hemos ido al Infierno.
Verdaderamente el hacer este ejercicio nos debe llenar de pavor y de santos deseos de ir al Cielo y evitar el Infierno, porque el sólo imaginar semejante desgracia, nos hela la sangre y nos da un santo celo para trabajar por nuestra propia salvación y la salvación de las almas.
La pastorcita de Fátima, Jacinta Marto, pedía a Dios que mostrara a los pecadores el Infierno, para que se arrepintieran e hicieran penitencia, porque ella lo había visto y le vinieron unos deseos enormes de salvar pecadores, sólo por haber contemplado el Infierno.
Es bueno tener confianza en Dios. Pero a veces podemos caer en la presunción, es decir, en creer que nos salvaremos sin hacer nada y dejándonos llevar por las cosas de la vida, y como por inercia iremos al Cielo. Tengamos cuidado con esto porque ya lo ha dicho el Señor en el Evangelio que sólo los esforzados entrarán por la puerta estrecha, y que muchos tratarán de entrar y no lo conseguirán.
Visita que hizo Santa Faustina Kowalska (Apóstol de la Divina Misericordia) a los abismos del infierno y visión que tuvieron los Pastorcitos de Fátima sobre el mismo.
Que estas visiones nos ayuden a evitarlo y seamos más celosos de la salvación de las almas.
"Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ése será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse diciendo que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es.
Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco intensamente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado".
–Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay” que dicen haber oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:
–Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre, de la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir eso vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal el dogma de la fe se conservará siempre, etc. (Aquí comienza la tercer parte del secreto, escrita por Lucía entre el 22 de diciembre de 1943 y el 9 de enero de 1944.) Esto no lo digáis a nadie. A Francisco sí podéis decírselo.
–Cuando recéis el rosario, decid después de cada misterio: “Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente las más necesitadas.”
15 de enero de 1944.
Dice Jesús:
"Una vez te hice ver al Monstruo de los abismos. Hoy te hablaré de su reino. No puedo tenerte siempre en el paraíso. Recuerda que tú tienes la misión de evocar en los hermanos las verdades que han olvidado demasiado. Pues en este olvido que, en realidad, es desprecio por las verdades eternas, se originan tantos males para los hombres.
Por lo tanto, escribe esta página dolorosa. Luego tendrás consuelo. Es viernes por la noche. Mientras escribes, mira a tu Jesús, que murió en la cruz, entre tormentos tales que pueden compararse a los del infierno, y que quiso esa muerte para salvar a los hombres de la Muerte.
Los hombres de nuestro tiempo ya no creen en la existencia del Infierno. Se han construido un más allá según el propio deseo, de tal modo que sea menos aterrador para su conciencia, merecedora de grandes castigos. Como son discípulos relativamente fieles del Espíritu del Mal, saben que su conciencia retrocedería ante ciertas fechorías, si de verdad creyera en el Infierno tal como lo enseña la Fe; saben que, si cometieran esa fechoría, su conciencia volvería en sí misma y, por el remordimiento, llegaría a arrepentirse, por el miedo llegaría a arrepentirse y, arrepintiéndose, encontraría el camino para volver a Mí.
Su maldad, que les enseña Satanás -del que son siervos o esclavos, según su adhesión a los deseos e instigaciones del Maligno-, no admite estos retrocesos y estos regresos. Por eso, anula la creencia en el Infierno tal como es y construye otro -si es que se decide a hacerlo- que no es más que una pausa para tomar impulso hacia nuevas elevaciones futuras.
E insiste en esta opinión hasta creer sacrílegamente que el mayor pecador de la humanidad puede redimirse y llegar a Mí a través de fases sucesivas. Hablo de Judas, el hijo predilecto de Satanás; el ladrón, tal como está escrito en el Evangelio; el que era concupiscente y ansioso de gloria humana, como Yo le defino; el Iscariote que, por la sed insaciable de la triple concupiscencia, se convirtió en mercante del Hijo de Dios y que me entregó a los verdugos por treinta monedas y la señal de un beso: un valor monetario irrisorio y un valor afectivo infinito.
No; si él fue el sacrílego por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue el injusto por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue quien con desprecio derramó mi Sangre, Yo no lo soy. Perdonar a Judas sería un sacrilegio hacia mi Divinidad, que traicionó; sería una injusticia hacia todos los demás hombres que, en todo caso, son menos culpables que él y que, aún así, son castigados por sus pecados; sería despreciar mi Sangre y sería, en fin, faltar a mis leyes.
Yo, Dios Uno y Trino, he dicho que lo que está destinado al Infierno, quedará en él eternamente, porque de esa muerte no se surge a una nueva resurrección. He dicho que ese fuego es eterno y que acogerá a todos los que cometieron escándalos e iniquidades. Y no creáis que esto dure hasta el momento del fin del mundo. No; al contrario, tras la tremenda reseña, esa morada de llanto y de tormento se hará más despiadada, porque el infernal solaz que aún se concede a sus huéspedes -poder dañar a los vivos y ver precipitar en el abismo a nuevos condenados- ya no será posible y la puerta del abominable reino de Satanás será remachada y clausurada por mis ángeles para siempre, para siempre; será ése un siempre cuyo número de años no tiene número; un siempre tan ilimitado que, si los granillos de arena de todos los océanos de la tierra se convirtieran en años, formarían menos de un día del mismo, de esta inconmensurable eternidad mía, hecha de luz y gloria en las alturas para los benditos; de tinieblas y horror en el abismo para los malditos.
Te he dicho que el Purgatorio es fuego de amor. Y que el Infierno es fuego de rigor.
El Purgatorio es un lugar en el cual expiáis la carencia de amor hacia el Señor Dios vuestro mientras pensáis en Dios, cuya Esencia brilló ante vosotros en el instante del juicio particular y despertó en vosotros un incolmable deseo de poseerla. A través del amor conquistáis el Amor y, por niveles de caridad cada vez más viva, laváis vuestras vestiduras hasta hacerlas cándidas y brillantes para entrar en el reino de la Luz, cuyos fulgores te hice ver días atrás.
El Infierno es un lugar en el cual el pensamiento de Dios, el recuerdo del Dios entrevisto en el juicio particular no es, como para los que están en el Purgatorio, deseo santo, nostalgia dolorida más plena de esperanza, esperanza colma de serena espera, de segura paz, que será perfecta cuando llegue a convertirse en conquista de Dios, pero que ya va dando al espíritu que purga sus faltas una jubilosa actividad purgativa porque cada pena, cada instante de pena, le acerca a Dios, su único amor. En cambio, en el Infierno, el recuerdo de Dios es remordimiento, es resquemor, es tormento, es odio; odio hacia Satanás, odio hacia los hombres, odio hacia sí mismos.
Tras haber adorado en la vida a Satanás en vez que a Mí, ahora que le poseen y ven su verdadero aspecto, que ya no se oculta bajo la hechicera sonrisa de la carne, bajo el brillante refulgir del oro, bajo el poderoso signo de la supremacía, ahora le odian porque es la causa de su tormento.
Tras haber adorado a los hombres -olvidando su dignidad de hijos de Dios- hasta llegar a ser asesinos, ladrones, estafadores, mercantes de inmundicias por ellos, ahora que se encuentran con esos patrones por los que mataron, robaron, estafaron, vendieron el propio honor y el honor de tantas criaturas infelices, débiles, indefensas -que convirtieron en instrumento de la lujuria, un vicio que las bestias no conocen, pues es atributo del hombre envenenado por Satanás-, ahora, les odian porque son la causa de su tormento.
Tras haber adorado a sí mismos otorgando todas las satisfacciones a la carne, a la sangre, a los siete apetitos de su carne y de su sangre y haber pisoteado la Ley de Dios y la ley de la moralidad, ahora se odian porque ven que son la causa de su tormento.
La palabra "Odio" tapiza ese reino inconmensurable; ruge en esas llamas; brama en las risotadas de los demonios; solloza y aúlla en los lamentos de los condenados; suena, suena y suena como una eterna campana que toca a rebato; retumba como un eterno cuerno pregonero de muerte; colma todos los recovecos de esa cárcel; es, por sí misma, tormento porque cada sonido suyo renueva el recuerdo del Amor perdido para siempre, el remordimiento de haber querido perderlo, la desazón de no poder volver a verlo jamás.
Entre esas llamas, el alma muerta, a igual que los cuerpos arrojados a la hoguera o en un horno crematorio, se retuerce y grita como si la animara de nuevo una energía vital y se despierta para comprender su error, y muere y renace a cada instante en medio de atroces sufrimientos, porque el remordimiento la mata con una maldición y la muerte la vuelve a la vida para padecer un nuevo tormento. El delito de haber traicionado a Dios en el tiempo terrenal está integralmente frente al alma en la eternidad; el error de haber rechazado a Dios en el tiempo terrenal está presente integralmente para atormentarla, en la eternidad.
En el fuego, las llamas simulan los espectros de lo que adoraron en la vida terrena, por medio de candentes pinceladas las pasiones se presentan con las más apetitosas apariencias y vociferan, vociferan su memento: "Quisiste el fuego de las pasiones. Experimenta ahora el fuego encendido por Dios, cuyo santo Fuego escarneciste".
A fuego corresponde fuego. En el Paraíso es fuego de amor perfecto. En el Purgatorio es fuego de amor purificador. En el Infierno es fuego de amor ultrajado. Dado que los electos amaron a la perfección, el Amor se da a ellos en su Perfección. dado que los que están en el Purgatorio amaron débilmente, el Amor se hace llama para llevarles a la Perfección. Dado que los malditos ardieron en todos los fuegos menos que en el Fuego de Dios, el Fuego de la ira de Dios les abrasa por la eternidad. Y en ese fuego hay hielo.
¡Oh, no podéis imaginar lo que es el Infierno! Tomad fuego, llamas, hielo, aguas desbordantes, hambre, sueño, sed, heridas, enfermedades, plagas, muerte, es decir, todo lo que atormenta al hombre en la tierra, haced una única suma y multiplicadla millones de veces. Tendréis sólo una sombra de esa tremenda verdad.
Al calor abrasador se mezcla el hielo sideral. Los condenados ardieron en todos los fuegos humanos y tuvieron únicamente hielo espiritual para con el Señor su Dios. Y el hielo les espera para congelarles una vez que el fuego les haya sazonado como a los pescados puestos a asar en la brasa. Este pasar del ardor que derrite al hielo que condensa es un tormento en el tormento.
¡Oh, no es un lenguaje metafórico, pues Dios puede hacer que las almas, ya bajo el peso de las culpas cometidas, tengan una sensibilidad igual a la de la carne, aún antes de que vuelvan a vestir dicha carne! Vosotros no sabéis y no creéis. Mas en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires que una hora de esas torturas infernales.
El tercer tormento será la oscuridad, la oscuridad material y la oscuridad espiritual. ¡Será permanecer para siempre en las tinieblas tras haber visto la luz del paraíso y ser abrazado por la Tiniebla tras haber visto la Luz que es Dios! ¡Será debatirse en ese horror tenebroso en el que solamente se ilumina, por el reflejo del espíritu abrasado, el nombre del pecado que les ha clavado en dicho horror! Será encontrar apoyo, en medio de ese revuelo de espíritus que se odian y se dañan recíprocamente, sólo en la desesperación que les enloquece y cada vez más les hace malditos. Será nutrirse de esa desesperación, apoyarse en ella, matarse con ella. Está dicho: La muerte nutrirá a la muerte. La desesperación es muerte y nutrirá a estos muertos eternamente.
Y os digo que, a pesar de que Yo creé ese lugar, cuando descendí a él para sacar del Limbo a los que esperaban mi venida, sentí horror de ese horror. Lo sentí Yo mismo, Dios; y si no hubiera sido porque lo que ha hecho Dios es inmutable por ser perfecto, habría intentado hacerlo menos atroz, porque Yo soy el Amor y ese lugar horroroso produjo dolor en Mí.
¡Y vosotros queréis ir allí!
¡Oh hijos, reflexionad sobre esto que os digo! A los enfermos se les da una amarga medicina; a los cancerosos se les cauteriza y cercena el mal. Ésta es para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No la rechacéis. Usadla para sanaros. La vida no dura estos pocos días terrenos. La vida comienza cuando os parece que termina, y ya no acaba más.
Haced que para vosotros la vida se deslice donde la luz y el júbilo de Dios embellecen la eternidad y no donde Satanás es el eterno Torturador".
Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir, es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
triste cosa será, pero posible.
¡Posible! ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¡Posible! ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.
Lope de Vega
Alguno puede pensar que si el Infierno es dejar de ver a Dios para siempre, no es tan grave entonces ir a él. Pero leamos las palabras que dijera Royo Marín sobre este punto:
“Lo principal del infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del infierno.
Ya estoy oyendo la carcajada del incrédulo: “¿De verdad, Padre, que lo más terrible que hay en el infierno es estar privado o separado de Dios para toda la eternidad? Pues entonces, no tengo inconveniente en ir al infierno. Porque en este mundo sé prescindir muy bien de Dios, no me hace falta absolutamente para nada. De manera que si lo más terrible que me voy a encontrar en el infierno es que allí no tendré a Dios, ya puede enviarme allá cuando le plazca”.
¡Pobrecito! No sabes lo que dices, ¡no sabes lo que dices! Escúchame un momento, que puede ser que dentro de cinco minutos hayas cambiado de pensar. Escucha.
Te gusta la belleza, ¿verdad? ¡Vaya si te gusta! Sobre todo cuando se te presenta en forma de mujer...
Te gusta el dinero, ¿verdad? Te gustaría mucho ser millonario. Quién sabe si precisamente por eso: porque te gusta tanto el dinero, porque has robado tanto, porque has cometido tantas injusticias, no quieres saber nada de la religión y del más allá.
Si eres una muchacha frívola, ligerilla, mundana, ¡cómo te gustaría ser una estrella cinematográfica, aparecer en primer plano en todas las pantallas, en la portada de todas las revistas cinematográficas del mundo, ser una figura de fama mundial, que todo el mundo hablara de ti...! ¡Cómo te gustaría todo esto! ¿Verdad?
Pues mira: todas esas cosas no son más que “gotitas” de una felicidad efímera, que no llena el corazón. ¡Si lo sabes tú mismo de sobra! Nunca te has sentido del todo bien, del todo satisfecho, del todo feliz, ¡jamás! En los caminos del mundo, del demonio, de la carne no se encuentra la verdadera y auténtica felicidad, ¡lo sabes muy bien por experiencia!
Ahora bien: en el momento mismo de tu muerte, cuando tu alma se arranque del cuerpo, aparecerá delante de ti un panorama completamente insospechado. Verás delante de ti como un mar inmenso, un océano sin fondo ni riberas. Es la eternidad, inmensa e inabarcable, sin principio ni fin. Y comprenderás clarísimamente, a la luz de la eternidad, que Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. Verás clarísimamente que en Él está concentrado todo cuanto hay de belleza y de riqueza, y de placer, y de honor, y de alabanza, y de gloria, y de felicidad inenarrable. Y cuando, con una sed de perro rabioso, trates de arrojarte a aquel océano de felicidad que es Dios, saldrán a tu encuentro unos brazos vigorosos que te lo impidan, al mismo tiempo que oirás claramente estas terribles palabras: “¡Apártate de Mí, maldito!” ¡Ah! Entonces sabrás lo que es bueno, y entonces verás que la pena de sentido, la pena de fuego que voy a describir inmediatamente, no tiene importancia, es un juguete de niños ante la rabia y desesperación espantosa que se apoderará de ti cuando veas que has perdido aquel océano de felicidad inenarrable para siempre, para siempre, para toda la eternidad.
Dios, señores, actuará sobre los réprobos como una especie de electroimán incandescente: les atraerá y abrasará al mismo tiempo. En este mundo no podemos formarnos la menor idea del tormento espantoso que esto ocasionará a los condenados. Esto es lo que constituye la entraña misma de la pena de daño.”
(“El Misterio del Más allá” – P. Royo Marín)
E irán éstos al suplicio eterno.
Mt. 25, 46
Dos males comete el pecador cuando peca: deja a Dios, Sumo Bien, y se entrega a las criaturas. Porque dos males hizo mi pueblo: me dejaron a Mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí aljibes rotos, que no pueden contener las aguas (Jer. 2, 13). Y porque el pecador se dio a las criaturas, con ofensa de Dios, justamente será luego atormentado en el infierno por esas mismas criaturas, el fuego y los demonios; ésta es la pena de sentido. Mas como su culpa mayor, en la cual consiste la maldad del pecado, es el apartarse de Dios, la pena más grande que hay en el infierno es la pena de daño, el carecer de la vista de Dios y haberle perdido para siempre.
Consideremos primeramente la pena de sentido. Es de fe que hay infierno. En el centro de la tierra se halla esa cárcel, destinada al castigo de los rebeldes contra Dios.
¿Qué es, pues, el infierno? El lugar de tormentos (Lucas 16, 28), como le llamó el rico Epulón, lugar de tormentos, donde todos los sentidos y potencias del condenado han de tener su propio castigo, y donde aquel sentido que más hubiere servido de medio para ofender a Dios será más gravemente atormentado (Sb. 11, 17; Ap. 18, 7). La vista padecerá el tormento de las tinieblas (Jb. 10, 21).
Digno de profunda compasión sería el hombre infeliz que pasara cuarenta o cincuenta años de su vida encerrado en tenebroso y estrecho calabozo. Pues el infierno es cárcel por completo cerrada y oscura, donde no penetrará nunca ni un rayo de sol ni de luz alguna (Salmo 48, 20).
El fuego que en la tierra alumbra no será luminoso en el infierno. “Voz del Señor, que corta llama de fuego” (Sal. 28, 7). Es decir, como lo explica San Basilio, que el Señor separará del fuego la luz, de modo que esas maravillosas llamas abrasarán sin alumbrar. O como más brevemente dice San Alberto Magno: “Apartará del calor el resplandor”. Y el humo que despedirá esa hoguera formará la espesa nube tenebrosa que, como nos dice San Judas (1, 3), cegará los ojos de los réprobos. No habrá allí más claridad que la precisa para acrecentar los tormentos. Un pálido fulgor que deje ver la fealdad de los condenados y de los demonios y del horrendo aspecto que éstos tomarán para causar mayor espanto.
El olfato padecerá su propio tormento. Sería insoportable que estuviésemos encerrados en estrecha habitación con un cadáver fétido. Pues el condenado ha de estar siempre entre millones de réprobos, vivos para la pena, cadáveres hediondos por la pestilencia que arrojarán de sí (Is. 34, 3).
Dice San Buenaventura que si el cuerpo de un condenado saliera del infierno, bastaría él solo para que por su hedor muriesen todos los hombres del mundo... Y aún dice algún insensato: “Si voy al infierno, no iré solo...” ¡Infeliz!, cuantos más réprobos haya allí, mayores serán tus padecimientos.
“Allí –dice Santo Tomás– la compañía de otros desdichados no alivia, antes acrecienta la común desventura”. Mucho más penarán, sin duda, por la fetidez asquerosa, por los lamentos de aquella desesperada muchedumbre y por la estrechez en que se hallarán amontonados y oprimidos, como ovejas en tiempo de invierno (Sal. 48, 15), como uvas prensadas en el lagar de la ira de Dios (Ap. 19, 15).
Padecerán asimismo el tormento de la inmovilidad (Ex. 15, 16). Tal como caiga el condenado en el infierno, así ha de permanecer inmóvil, sin que le sea dado cambiar de sitio ni mover mano ni pie mientras Dios sea Dios.
Será atormentado el oído con los continuos lamentos y voces de aquellos pobres desesperados, y por el horroroso estruendo que los demonios moverán (Jb. 15, 21). Huye a menudo de nosotros el sueño cuando oímos cerca gemidos de enfermos, llanto de niños o ladrido de algún perro... ¡Infelices réprobos, que han de oír forzosamente por toda la eternidad los gritos pavorosos de todos los condenados!...
La gula será castigada con el hambre devoradora... (Sal. 58, 15). Mas no habrá allí ni un pedazo de pan. Padecerá el condenado abrasadora sed, que no se apagaría con toda el agua del mar, pero no se le dará ni una sola gota. Una gota de agua nomás pedía el rico avariento, y no la obtuvo ni la obtendrá jamás.
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)
¡Qué feo es tener sueño y no poder dormir! Cuando nos retiremos a descansar por la noche, pensemos al acostarnos que los condenados en el Infierno ya no pueden dormir nunca más, a pesar de tener un sueño tremendo. ¡Pobrecitos quienes se van al Infierno, porque tendrán hambre devoradora, sed abrasadora, sueño tremendo, y no podrán saciarse nunca jamás de estos apetitos! ¡Ya no hay descanso para ellos, por los siglos de los siglos, o como se dice habitualmente: mientras Dios sea Dios!
Por eso qué bueno es trabajar y rezar por la salvación de las almas, por la conversión de los pecadores. Y no deseemos nunca que alguien sea condenado al Infierno, porque un alma que se condena es mayor mal que todas las desgracias y calamidades de todos los mundos y de todos los tiempos, ya que uno no acierta a imaginar lo que quiere decir una eternidad de tormentos.
El condenado en el Infierno no recibe ni un pequeño bien, como lo podemos notar en la parábola del pobre Lázaro. Vemos en ella que el rico, desde las llamas del averno, pedía que Lázaro mojara la punta de su dedo en el agua y le refrescara la lengua, y ni siquiera esto se le concedió.
¡Qué terrible es el Infierno! ¡Y pensar que nosotros vivimos tan tibiamente nuestro catolicismo, de modo que estamos siempre en peligro de condenarnos, si la muerte nos sorprende en pecado mortal!
“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co 2, 9).
Y el Cielo es, como lo define la Iglesia Católica: “Todo bien sin mezcla de mal alguno”.
No podemos imaginarnos lo que es el Cielo. Pero la Virgen ha dicho en uno de sus mensajes que si los hombres supiéramos lo que es el Paraíso, haríamos “cualquier cosa” para ir allí.
Y “cualquier cosa” significa que nos entregaríamos a las más duras penitencias y renuncias, mortificaciones y sacrificios, con tal de ir al Cielo a gozar de esa Felicidad que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino jamás a la mente del hombre”, como bien lo ha dicho el Apóstol.
En el Cielo hay excelentes cocineras, porque están nuestras abuelas, que tan bien cocinaban aquí en la tierra, y ahora en el Cielo han perfeccionado aún más su arte. Así que ya sólo con pensar los manjares que nos esperan en el Paraíso, es ya como para tratar de ir allí, aunque no haya más cosas para disfrutar.
Pero sabemos que el Cielo es “todo bien sin mezcla de mal alguno”, según la definición del Catecismo. Y también sabemos que no podemos hacernos una idea de lo que es el Cielo. Ni la imaginación más fogosa puede intuir aunque sea de modo aproximado la felicidad que aguarda a los que se salvan.
Pensemos en el lugar que Dios nos ha preparado junto a Él en el Cielo, y así podremos vivir con alegría este tiempo de vida sobre la tierra, ya que a veces en medio de tantos dolores nos descorazonamos y vemos todo negro, olvidándonos que todo lo de aquí abajo es pasajero, y que existe un premio para los que son constantes en llevar la cruz de cada día.
Cuando estemos tristes o abatidos, meditemos en el Cielo que nos espera y que ya podemos comenzar a vivir desde la tierra; y para ello recemos los misterios gloriosos del Rosario, y volverá la alegría y la esperanza a nuestro corazón.
Y también, cuando estemos tristes o abatidos, pensemos en el Cielo que nos espera. Hagamos el ejercicio con la imaginación de que ya estamos en el Paraíso, ¡para siempre! ¡Qué felicidad! ¡Qué ganas dan de pedir a Dios que acelere ese momento, que nos mande la muerte cuanto antes para poder llegar a esa meta, donde ya no hay preocupación ni temor por perder el tesoro de la gracia, por perder la Felicidad sin fin!
Cuando la angustia nos visite, recemos el Rosario en los misterios gloriosos, y sumerjámonos en los misterios del Reino de los Cielos, para tener ánimo y enfrentar la prueba que es la vida sobre esta tierra.
Luchemos por este triunfo, porque valen la pena todos los esfuerzos, todas las renuncias, todos los sufrimientos, todos los trabajos, con tal de ganar este Paraíso que Dios ha hecho para los que le aman.
Pero no esperemos a llegar al Cielo para empezar a gozar de él, sino comencemos a vivir como resucitados, como bienaventurados ya aquí en la tierra, porque en esperanza ya estamos salvados, y por la misericordia de Dios esperamos obtener la corona de la victoria.
Visión del Cielo que tuvo Santa Faustina Kowalska en las revelaciones que le hizo Jesús Misericordioso. Puntos # 777 al 781 del Diario: La Divina Misericordia en mi alma:
"Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte. Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ella entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán.
Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo: Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman.
Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, amor, amor y una vez más amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse. Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente. Oh, felices las almas que ya aquí en la tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes.
Esta gran Majestad de Dios que conocí más profundamente, que los espíritus celestes adoran según el grado de la gracia y jerarquía en que se dividen; al ver esta potencia y esta grandeza de Dios, mi alma no fue conmovida por espanto ni por temor, no, no absolutamente no. Mi alma fue llenada de paz y amor, y cuanto más conozco a Dios tanto más me alegro de que Él sea así. Y gozo inmensamente de su grandeza y me alegro de ser tan pequeña, porque por ser yo tan pequeña, me lleva en sus brazos y me tiene junto a su Corazón.
Oh Dios mío, qué lástima me dan los hombres que no creen en la vida eterna; cuánto ruego por ellos para que los envuelva el rayo de la misericordia y para que Dios los abrace a su seno paterno. Oh amor, oh rey.
El amor no conoce temor, pasa por todos los coros angélicos que hacen guardia delante de su trono. No tiene miedo de nadie; alcanza a Dios y se sumerge en Él como en su único tesoro. El querubín con la espada de fuego que vigila el paraíso, no tiene poder sobre él. Oh, puro amor de Dios, qué inmenso e incomparable eres. Oh, si las almas conocieran Tu fuerza".
San Agustín, y detrás de él toda la teología católica, nos enseña que la gloria esencial del cielo se constituye por tres actos fundamentales: la visión, el amor y el goce beatífico.
La visión ante todo. Contemplaremos cara a cara a Dios, y en Él, como en una pantalla cinematográfica, contemplaremos todo lo que existe en el mundo: la creación universal entera, con la infinita variedad de mundos y de seres posibles que Dios podría llamar a la existencia sacándoles de la nada. No los veremos todos en absoluto o de una manera exhaustiva, porque esto equivaldría a abarcar al mismo Dios, y el entendimiento creado ni en el cielo siquiera puede abarcar a Dios. Pero una variedad casi infinita de seres posibles, de combinaciones imaginables, las veremos en Dios maravillosamente. Y, desde luego, veremos todo cuanto existe: la creación universal entera. ¡Qué película cinematográfica! ¡Qué espectáculo tan deslumbrador contemplaremos en la esencia misma de Dios!
Y ese espectáculo fantástico durará eternamente, sin que nunca podamos agotarlo, sin que se produzca en nuestro espíritu el menor cansancio por la continuación incesante de la visión. En este mundo nos cansamos enseguida de todo, porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca y desfallece con facilidad. Imaginaos en este mundo una fantástica película cinematográfica, un grandioso espectáculo que durase ocho días seguidos, sin un momento de descanso. No lo resistiríamos. En este mundo nos cansamos, porque el cuerpo es pesado, necesita descanso, y arrastra en su pesadez al alma.
Pero como en el cielo el cuerpo seguirá en todo las vicisitudes del alma –como os expliqué antes–, no habrá posibilidad alguna de cansancio, y, por lo mismo, no nos cansaremos jamás de contemplar aquel espectáculo maravilloso de variedad infinita. Dad rienda suelta a vuestra imaginación, que os quedaréis siempre cortos. ¡Qué película tan fantástica para toda la eternidad!
El segundo elemento de la gloria esencial del cielo es el amor. Amaremos a Dios con toda nuestra alma, más que a nosotros mismos. Solamente en el cielo cumpliremos en toda su extensión el primer mandamiento de la Ley de Dios, que está formulado en la Sagrada Escritura de la siguiente forma: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Solamente en el cielo cumpliremos este primer mandamiento con toda perfección y, en su cumplimiento, encontraremos la felicidad plena y saciativa de nuestro corazón.
En tercer lugar, señores, en el cielo gozaremos de Dios. Nos hundiremos en el piélago insondable de la divinidad con deleites inefables, imposibles de describir.
¿Habéis presenciado alguna vez, señores, un campeonato de natación en un club náutico? El trampolín se adelanta unos cuantos metros sobre el mar. Y el aspirante a campeón, cuando le dan la señal convenida, se lanza desde el trampolín y se hunde y desaparece bajo el agua. A veces transcurren varios minutos sin que se le vea aparecer por ningún lado, y cuando la gente que está contemplando la prueba desde la orilla comienza a contener con angustia la respiración creyendo que se ha ahogado, que ya no sale a la superficie, allá lejos aparece, por fin, el nadador y comienza a nadar con brazos vigorosos hasta alcanzar la orilla.
Pues algo parecido ocurrirá en el cielo. Ya podéis comprender, señores, que esto es una metáfora, pero una metáfora que encierra una realidad sublime. Nos subirán, por decirlo así, a un gran trampolín, y desde aquella atalaya contemplaremos el océano insondable de la divinidad: aquel mar sin fondo ni riberas, que es la esencia misma de Dios, en el que está condensado todo cuanto hay de placer, y de riquezas, y de alegría, y de belleza, y de bondad, y de amor, y de felicidad embriagadora. Todo cuanto puede apetecer y llenar el corazón humano, pero en grado infinito. Y cuando nos digan: “¿Ves este espectáculo tan maravilloso y deslumbrador? Pues esto no es únicamente para que lo veas, esto no es para que lo contemples a distancia, sino para que lo goces, para que lo saborees, para que te hundas en él”. Y, efectivamente, nos lanzaremos al agua y nos hundiremos en el océano insondable de la esencia divina, y entonces nuestra alma experimentará unos deleites inefables, de los cuales en este pobre mundo no podemos formarnos la menor idea. Estará como embriagada de inenarrable felicidad, casi incómoda a fuerza de ser intensa. Y para colmo de todo nos daremos cuenta que aquella felicidad embriagadora no terminará jamás; durará para siempre, para siempre, para toda la eternidad, mientras Dios sea Dios.
(“El Misterio del Más allá” – P. Royo Marín)
Vuestra tristeza se convertirá en alegría
Jn. 16, 20.
Procuremos ahora sufrir con paciencia las tribulaciones de esta vida, ofreciéndolas a Dios, en unión de los dolores que Jesucristo sufrió por nuestro amor, y alentémonos con la esperanza de la gloria. Algún día acabarán estos trabajos, penas, angustias, persecuciones y temores, y si nos salvamos, se nos convertirá en gozo y alegría inefable en el reino de los bienaventurados.
Así nos alienta y reanima el Señor (Jn. 16, 20): “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Meditemos, pues, sobre la felicidad de la gloria... Mas, ¿qué diremos de esta felicidad, si ni aun los Santos más inspirados han acertado a expresar las delicias que Dios reserva a los que le aman?... David sólo supo decir (Sal. 83, 3) que la gloria es el bien infinitamente deseable...
¡Y tú, san Pablo, insigne, que tuviste la dicha de ser arrebatado a los Cielos, dinos algo siquiera de lo que viste allí!... “No –responde el gran Apóstol (2 Co. 12, 4)–; lo que vi no es posible explicarlo. Tan altas son las delicias de la gloria, que no puede comprenderlas quien no las disfrute. Sólo diré que nadie en la tierra ha visto, ni oído, ni comprendido las bellezas y armonías y placeres que Dios tiene preparados para los que le aman” (1 Co. 2, 9).
No podemos acá imaginar los bienes del Cielo, porque sólo formamos idea de los que este mundo nos ofrece... Si, por maravilla, un ser irracional pudiese discurrir, y supiese que un rico señor iba a celebrar espléndido banquete, imaginaría que los manjares dispuestos habían de ser exquisitos y selectos, pero semejantes a los que él usara, porque no podría concebir nada mejor como alimento.
Así discurrimos nosotros, pensando en los bienes de la gloria... ¡Qué hermoso es contemplar en noche serena de estío la magnificencia del cielo cubierto de estrellas! ¡Cuán grato admirar las apacibles aguas de un lago transparente, en cuyo fondo se descubren peces que nadan y peñas vestidas de musgo! ¡Cuánta hermosura la de un jardín lleno de flores y frutos, circundado de fuentes y arroyuelos y poblado de lindos pajarillos que cruzan el aire y le alegran con su canto armonioso!... Diríase que tantas bellezas son el paraíso...
Mas no: muy otros son los bienes y hermosuras de la gloria. Para entender confusamente algo de ello, considérese que allí está Dios omnipotente, colmando, embriagando de gozo inenarrable a las almas que Él ama...
¿Queréis columbrar lo que es el Cielo? –decía San Bernardo–, pues sabed que allí no hay nada que nos desagrade, y existe todo bien que deleita.
¡Oh Dios! ¿Qué dirá el alma cuando llegue a aquel felicísimo reino?... Imaginemos que un joven o una virgen, consagrados toda su vida al amor y servicio de Cristo, acaban de morir y dejan ya este valle de lágrimas. Preséntase el alma al juicio; abrázala el Juez, y le asegura que está santificada. El ángel custodio le acompaña y felicita y ella le muestra su gratitud por la asistencia que le debe. “Ven, pues, alma hermosa –le dice el ángel–; regocíjate porque te has salvado; ven a contemplar a tu Señor”.
Y el alma se eleva, traspone las nubes, pasa más allá de las estrellas y entra en el Cielo... ¡Oh Dios mío!, ¿Qué sentirá el alma al penetrar por vez primera en aquel venturoso reino y ver aquella ciudad de Dios, dechado insuperable de hermosura?...
Los ángeles y Santos la reciben gozosos y le dan amorosísima bienvenida... Allí verá con indecible júbilo a sus Santos protectores y a los deudos y amigos que la precedieron en la vida eterna. Querrá el alma venerarlos rendida, mas ellos lo impedirán, recordándole que son también siervos del Señor (Ap. 22, 9).
La llevarán después a que bese los pies de la Virgen María, Reina de los Cielos, y el alma sentirá inmenso deliquio de amor y de ternura viendo a la excelsa y divina Madre, que tanto la auxilió para que se salvase, y que ahora le tenderá sus amantes brazos y que le dejará conocer cuantas gracias le obtuvo.
Acompañada por esta soberana Señora, llegará el alma ante nuestro Rey Jesucristo, que la recibirá como a esposa amadísima, y le dirá (Cant. 4, 8): Ven del Líbano, esposa mía; ven y serás coronada; alégrate y consuélate, que ya acabaron tus lágrimas, penas y temores; recibe la corona inmarcesible que te conseguí con mi Sangre...”.
Jesús mismo la presentará al Eterno Padre, que la bendecirá, diciendo (Mt. 25, 21): Entra en el gozo de tu Señor, y le comunicará bienaventuranzas sin fin, con felicidad semejante a la que Él disfruta.
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)
No podemos imaginarnos lo que es el Cielo. Porque si bien el pensamiento del Infierno que podemos merecer, nos debe hacer tomar conciencia de lo importante que es vivir decentemente; también el pensamiento del Cielo debería hacernos feliz la vida en la tierra, porque en esperanza estamos salvados y la dicha que nos espera es tan desmesurada que no podemos ni siquiera imaginarla. Con sólo decir que en el Cielo somos semejantes a Dios, como dice el Apóstol, ya eso quizás nos da una idea de lo que es esa realidad. Porque ser semejantes a Dios, es ser felices como lo es Dios mismo. ¡Qué incomprensible felicidad!
Pensemos sobre lo que una vez dijo la Santísima Virgen en uno de sus mensajes: Que si los hombres supieran lo que es el Cielo, harían cualquier cosa para salvarse.
Pero el demonio nos tiene engañados y nos muestra los bienes de este mundo, y quiere hacernos creer que el paraíso está en la tierra, y así nos ata a las cosas materiales, al placer, al tener, al poder, y con tal de gozar de estas cosas en la tierra, perdemos la Felicidad con mayúscula del Cielo.
A veces creemos que el Cielo es estar colgaditos en una nube, tocando el arpa, y cosas infantiles y necias por el estilo, y entonces claro que ese Cielo no entusiasma a ninguno.
Y no somos egoístas, como dicen algunos ateos o enemigos de Dios, por querer ir al Cielo y gozar de él, pues justamente fuimos creados por Dios para ello, para habitar en el Cielo, y tenemos que hacer todo lo posible, ¡y lo imposible! para alcanzarlo y hacérselo alcanzar a quienes amamos.