(Sección especialmente dedicada a los Apóstoles de la Divina Misericordia)

Actualizado el lunes 30/MAY/22

María Madre Misericordiosa 

Nos hace buenos. 

Así como el contacto y la convivencia de un hijo con su madre bondadosa, hace bueno también al hijo; así también nuestro contacto con María Santísima, nuestra Madre del Cielo, nos debe hacer cada vez más buenos, porque Ella es Buena.

Así como dice el dicho popular: “De tal palo, tal astilla”, así también se debería poder decir de nosotros que somos buenos como la Virgen, nuestra Madre. Porque si somos muy diferentes de María, entonces es que no estamos muy en contacto con Ella ni nos alimentamos a su pecho.

La Virgen nos quiere hacer tiernos y buenos, si bien también varoniles y valientes. Pero necesita de nosotros, que dediquemos un tiempo en el día a rezar más, porque no podemos tomar las mismas cualidades de la Virgen, si no convivimos con Ella. Y la manera de estar en contacto con María, es rezando el Rosario y, en definitiva, orando e invocándola.

Si somos tan diferentes de María, es porque algo no estamos haciendo bien.

Imitemos a la Virgen en su amor y misericordia, para que el mundo sea menos tierra de exilio, y más acogedor con los hermanos que sufren.

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Virgen María, Madre de Misericordia, en el Diario de Santa Faustina

Se transcriben unas palabras tomadas del libro “Diario. La Divina Misericordia en mi alma” de Santa Faustina Kowalska, palabras que Santa Faustina oyó a la Santísima Virgen María:

“Yo soy no sólo la Reina del Cielo, sino también la Madre de la Misericordia y tu Madre”. (Diario, 330)

 En otras dos ocasiones la Santísima Virgen dijo a Santa Faustina:

 ”Oh, cuán agradable es para Dios el alma que sigue fielmente la inspiración de la gracia. Yo di al mundo el Salvador y tú debes hablar al mundo de su gran misericordia y preparar al mundo para su segunda venida. Él vendrá, no como un Salvador Misericordioso, sino como un Juez Justo. Oh, qué terrible es ese día. Establecido está ya el día de la justicia, el día de la ira divina. Los ángeles tiemblan ante ese día. Habla a las almas de esa gran misericordia, mientras sea aún el tiempo para conceder la misericordia. Si ahora tú callas, en aquel día tremendo responderás por un gran número de almas. No tengas miedo de nada, permanece fiel hasta el fin, yo te acompaño con mis sentimientos”. (Diario, 635)

 “Hija mía, te recomiendo encarecidamente que cumplas con fidelidad todos los deseos de Dios, porque esto es lo más agradable a Sus santos ojos. Deseo ardientemente que te destaques en esto, es decir en la fidelidad en cumplir la voluntad de Dios. Esta voluntad de Dios, anteponla a todos los sacrificios y holocaustos”. (Diario, 1244) 


En la Encíclica “Rico en Misericordia”. En el apartado V.9 “La Madre de la Misericordia”, se puede leer:

Nadie ha experimentado como la Madre del Crucificado el misterio de la Cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el «beso» dado por la misericordia a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la Redención, llevada a efecto en el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su «fiat» definitivo. María, por eso, es la que conoce más a fondo el misterio de la Misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la Misericordia: Virgen de la Misericordia o Madre de la Divina Misericordia… Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan… de aquella que, a través de la participación escondida y al mismo tiempo incomparable, en la misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar los hombres al amor que El había venido a revelar: amor que halla su expresión más concreta en aquellos que sufren… En ella y por ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es éste uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación”.

"... Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada". (Encíclica "Dives in Misericordia", 30-11-1980).