Actualizado el lunes 26/SEP/22

Matar el error, amar al que yerra

Aprender a diferenciar. 

Tenemos que aprender a diferenciar entre el pecado y el pecador. Al pecado debemos odiarlo, pero al pecador debemos amarlo.

Nosotros muchas veces odiamos al pecado y al pecador, o amamos al pecador y también al pecado. Ambos son errores.

Debemos saber distinguir para ser justos y caritativos como Dios quiere que lo seamos.

Y para no juzgar a quien peca, recordemos siempre que si esa persona que pecó, hubiera recibido todos los dones, gracias y auxilios que Dios nos otorgó a nosotros, seguramente no sólo que no habría cometido ese pecado, sino que sería un grandísimo santo. En cambio nosotros, con todo eso que hemos recibido de Dios, somos tibios, y si no caemos en pecado es sólo porque Dios nos sostiene para que sea así. Entonces tengamos compasión de los hermanos que caen.

Pero odiemos el pecado. Corrijamos, con caridad, a quien peca, porque si no corregimos, un día el Señor nos podría pedir cuenta de nuestro silencio, y los mismos pecadores, en el Día del Juicio, se volverán hacia nosotros acusándonos porque no los hemos amonestado, cometiendo un pecado de omisión, que también es pecado.

No se puede vivir tranquilo en este mundo, hay que meterse en líos, porque ciertamente que al reprender una falta en alguien, por más que muchas veces se haga con caridad, generará disgusto en quien se corrige, y a veces nos ganaremos enemistades o antipatías, ya que son pocos los santos que saben recibir un consejo o una amonestación con humildad.

Pero bueno, esa es la suerte del cristiano, del santo, y nosotros tenemos que tender a la santidad.

¿Que el mundo nos odiará porque somos distintos? Por supuesto. Pero no nos queda otra alternativa si queremos ir al Cielo y evitar el Infierno.

Así que pidamos fortaleza al Espíritu Santo, que es quien nos debe guiar en todo, ya sea en el corregir y el hablar y decir las cosas de una u otra manera, como en el callar y guardar silencio en ocasiones.


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Esta sección se crea el 5 de Mayo de 2010, Nuestra Señora de la Gracia, a quien se la encomendamos, y a quien le pedimos que nos ilumine con la divina Sabiduría para anunciar la verdad y matar el error.

Que la Virgen nos guíe en esta tan importante, actual y necesaria tarea, para que podamos ser de los que brillarán como las estrellas del cielo por haber enseñado la justicia a los hombres.