Actualizado el voiernes 21/ENE/22

Matar el error, amar al que yerra

Infierno. 

Hoy muchos niegan la existencia del Infierno, o ponen en duda que sea eterno, aduciendo que Dios es misericordioso y bueno y no puede enviar a nadie al Infierno.

No por estos perniciosos errores las almas dejan de precipitarse en gran número al Infierno.

¡Cuántos condenados caen ahora en la cuenta de que Dios es Bueno, pero también es Justo, y en Él Justicia y Misericordia son una sola cosa!

Y entre los que niegan o minimizan este dogma, hay también sacerdotes y hasta obispos, con lo cual se muestra qué grave es la crisis de fe en la Iglesia.

Dios es Bueno, infinitamente bueno. Pero el Infierno existe y es eterno, y los que van allí sufren de una forma que es imposible imaginarnos aquí en la tierra.

¿No sería mejor, en lugar de negar el dogma del Infierno, hacer todo lo posible para no caer en él?

Y muchos que no niegan el Infierno, al menos afirman que está tan despoblado, que es como si no existiera. ¡Atención con estos perniciosos errores! Pongámonos en guardia contra ellos y actuemos bien para no merecer ir al abismo infernal.

Es curioso que la mayor parte de las almas que están en el Infierno, son justamente las que no creían que existía el Infierno, como bien lo dice Santa Faustina Kowalska en su Diario, cuando por gracia de Dios pudo visitar los abismos infernales.

Debemos pensar en el Infierno aunque nos asuste un poco, porque es mejor asustarse en este mundo, que asustarse, o mejor, horrorizarse, en el mundo futuro, en el Infierno.

Y como dice San Ignacio de Loyola, es bueno meditar en los castigos del Infierno que nos esperan si somos infieles a Dios, porque si del amor del Señor nos olvidamos, al menos que el temor del castigo nos vuelva al sendero justo.


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Esta sección se crea el 5 de Mayo de 2010, Nuestra Señora de la Gracia, a quien se la encomendamos, y a quien le pedimos que nos ilumine con la divina Sabiduría para anunciar la verdad y matar el error.

Que la Virgen nos guíe en esta tan importante, actual y necesaria tarea, para que podamos ser de los que brillarán como las estrellas del cielo por haber enseñado la justicia a los hombres.