Actualizado el lunes 21/ENE/19

MEDITACIÓN DE HOY

Nuestro Alimento. 

Quería el profeta Isaías que por todas partes se pregonasen las amorosas invenciones de nuestro Dios para hacerse amar de los hombres; pero ¿quién jamás se hubiera imaginado, si Dios no lo hubiera hecho, que el Verbo encarnado quedara bajo las especies de pan para hacerse alimento nuestro? “¿No suena a locura –dice San Agustín- decir: Comed mi carne y bebed mi sangre?” Cuando Jesucristo reveló a sus discípulos este sacramento que nos quería dejar, resistíanse a creerlo y se apartaban de Él, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Duro es este lenguaje. ¿Quién sufre el oírlo? Pues bien, lo que los hombres no podían pensar ni creer, lo pensó y ejecutó el grande amor de Jesucristo. Tomad y comed, dijo a sus discípulos, y en ellos a todos nosotros; tomad y comed, dijo antes de salir a su pasión. Pero, ¡oh Salvador!, y ¿cuál es el alimento que antes de morir nos queréis dar? Tomad y comed –me respondéis-, éste es mi cuerpo; no es éste alimento terreno, sino que soy Yo mismo quien me doy todo a vosotros.

 “Práctica de amor a Jesucristo” – San Alfonso María de Ligorio 

Comentario: 

Cuando comemos un alimento cualquiera, éste se hace carne y sangre en nosotros mediante la digestión y la asimilación. Pero cuando comulgamos, cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es Dios el que nos asimila, es decir, es como que Dios nos alza y nos hace semejantes a Él. No podemos ni siquiera imaginar los efectos que tiene la Santa Comunión. Baste decir que Dios, con  toda su omnipotencia, no pudo hacer un milagro más grande que la Eucaristía. Vayamos entonces al banquete celestial, vayamos a la Misa y recibamos al Señor sacramentado, que no hay obra más grande que podamos hacer en esta tierra. ¿Pensamos que en cada Comunión recibimos al mismo Dios, Uno y Trino? ¿Tenemos conciencia de que cada vez que comulgamos nos comemos a Dios? ¿Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine sobre este misterio? Cuantas más veces comulguemos dignamente, tanto más nos asemejaremos a Dios, hasta que al final de nuestros días vayamos a unirnos con Él, nuestro Alimento y nuestro Todo, para siempre en el Cielo.

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