Actualizado el martes 11/ENE/22

MEDITACIÓN DE HOY

Agradecidos. 

“¿Por qué –exclamaba san Francisco de Sales- no nos arrojamos sobre Jesús crucificado, para morir enclavados con quien allí quiso morir por nuestro amor?” El Apóstol nos declara positivamente que Jesucristo vino a morir por todos, para que no vivamos ya para nosotros, sino para aquel Dios que murió por nosotros.

Aquí hace muy al caso la recomendación del Eclesiástico: No olvides los favores de quien te dio fianza, pues que ha dado por ti su alma. No te olvides de tu fiador, que en satisfacción de tus pecados quiso pagar con su muerte la pena por ti debida. ¡Cuánto agrada a Jesucristo nuestro recuerdo frecuente de su pasión y cuánto siente que lo echemos en olvido! Si uno hubiera padecido por su amigo injurias, golpes y cárceles, ¡qué pena le embargaría al saber que el favorecido no hace nada por recordar tales padecimientos, de los que ni siquiera quiere oír hablar. Y, al contrario, ¡cuál no sería su gozo al saber que el amigo habla a menudo de ello y siempre con ternura y agradecimiento! De igual modo se complace Jesucristo con que nosotros evoquemos con agradecimiento y amor los dolores y la muerte que por nosotros padeció. Jesucristo fue el deseado de los patriarcas y profetas y de los pueblos que existían cuando aún no se había encarnado. Pues ¡cuánto más le debemos nosotros desear y amar, ya que lo vemos entre nosotros y sabemos cuánto hizo y padeció para salvarnos, hasta morir crucificado por nuestro amor!

Práctica de amor a Jesucristo” – San Alfonso María de Ligorio 

Comentario: 

La verdad que los hombres, en su mayoría, somos desagradecidos con Jesucristo. Y esto sucede porque no tenemos una noción clara de lo que es el pecado y los castigos tan tremendos que atrae sobre las almas y sobre el universo entero.

Al perder la idea de lo que es el pecado, también perdemos de vista lo que Cristo hizo para liberarnos de él y de sus castigos.

Porque si Jesús no hubiera venido a morir por nosotros, estaríamos todos destinados al Infierno eterno, con sufrimientos espeluznantes y para toda la eternidad. Y esto no es una manera de decir, sino que es la pura verdad.

Por eso debemos a Cristo el que nos haya salvado de ese horrible destino. Él es nuestro verdadero Salvador.

Es bueno que pensemos esto día y noche, noche y día, meditando en lo que sufrió el Señor por cada uno de nosotros, porque de esta forma somos agradecidos con Él, y Él derramará abundantísimas gracias sobre nosotros y nuestros seres queridos, porque Jesús solo busca amor y reconocimiento en nosotros, como merece por estricta justicia.

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