Actualizado el viernes 9/FEB/24

MEDITACIÓN DE HOY

La Sabiduría de la Cruz. 

En esto estriba el mérito del alma que ama a Jesucristo, en amar el padecimiento. “Esto me dijo el Señor otro día: ¿Piensas, hija, que el merecer está en gozar? No está sino en obrar y en padecer y en amar... Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. ¿En qué te lo puedo más mostrar que querer para ti lo que quise para mí? Mira estas llagas; nunca llegarán aquí tus dolores”. “Pues creer que (Dios) admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate.” Y añade Santa Teresa para consuelo nuestro: “Y aunque haya más tribulaciones y persecuciones, si se pasan sin ofender al Señor, sino holgándose de padecerlo por Él, todo es para mayor ganancia.”

“Práctica de amor a Jesucristo” – San Alfonso María de Ligorio 

Comentario: 

La sabiduría de la cruz es locura para el mundo, pues como vemos en este párrafo, el Señor nos dice que es bueno padecer en este mundo, ya que así nos asemejamos a Él, que por nosotros padeció infinitamente.

El mundo no entiende esto, y el amo de este mundo, Satanás, hace todo lo posible para esconder esta verdad. No quiere que se hable de muerte ni de dolor, e incita a todos a la risa despreocupada, al placer, al gozar de todo sin límites, a la comodidad, a la diversión.

Pero Jesús nos ha dicho que el camino que lleva al Cielo es estrecho y dificultoso. ¿Entonces cómo es que se nos muestra este otro camino plagado de flores y placeres? ¿Quién es el que nos muestra este camino y nos promete que también llega al Cielo?

Evidentemente es Satanás el que quiere llevar a todos los hombres a la perdición por este camino espacioso y lleno de delicias.

Aparte, al sufrir algún dolor o contrariedad, nos hacemos más capaces de comprender a quien sufre, y así nos volvemos misericordiosos y cambiamos nuestro corazón de piedra por uno de carne, porque al compadecernos de los demás, hacemos lo mismo que hizo Dios, que se encarnó, se hizo uno de nosotros para poder comprendernos, compadecernos y perdonarnos.

No busquemos las cruces, pero no las rechacemos cuando lleguen, sino aceptémoslas al menos con resignación cristiana, y si podemos, también con gozo, puesto que Dios trata así a quienes ama.

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