(Sección especialmente dedicada al Grupo Amigos de la Cruz)

Actualizado el jueves 31/ENE/19

Mensaje a los Amigos de la Cruz

Abnegación. 

Ante llamada tan amorosa de Jesús, superémonos a nosotros mismos. No nos dejemos arrastrar por nuestros sentidos –como Eva–. Miremos solamente al autor y consumador de nuestra fe. Jesucristo crucificado. Huyamos de la corrupción que por la concupiscencia existe en el mundo corrompido. Amemos a Jesucristo como se merece, es decir, llevando la cruz en su seguimiento. Meditemos detenidamente estas admirables palabras de nuestro amable Maestro, pues encierran toda la perfección cristiana: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt. 16, 24; Lc. 9, 23). 

(De la “Carta a los Amigos de la Cruz”, de San Luis María Grignión de Montfort) 

Comentario: 

Hay un dicho que dice: “Ningún camino de flores conduce a la gloria”. Y es una gran verdad desde el punto de vista cristiano, porque la Gloria del Cielo no se conquista fácilmente, sino que es ardua, y es un trabajo de toda la vida el ser fieles a Dios.

No se puede contemporizar entre Dios y el mundo. Hay que elegir, porque ambos son opuestos, y sus caminos también  son opuestos. Quien quiere pasarla bien en este mundo y disfrutar de todo, terminará perdiendo su alma en el Infierno eterno. Porque la corrupción del mundo lleva a las almas a la perdición.

En cambio quien se decida a seguir al Señor por el camino estrecho del deber, de la abnegación y del sacrificio, aunque parezca paradójico, encontrará gran felicidad en este camino, y a pesar de las lágrimas, estará feliz en lo íntimo de su ser, no sólo porque su conciencia tranquila le dará esa felicidad, sino porque le habrá encontrado el verdadero sentido a esta vida, que es sólo una prueba para heredar la vida que ya no termina.

No oigamos al mundo y a los mundanos, a las propagandas de televisión y de los medios de comunicación, que nos proponen una vida muelle y fácil, porque ese camino ya sabemos que no conduce al Cielo, sino al abismo infernal.

Entonces carguemos nuestra cruz de cada día, hecha de los sufrimientos y deberes de cada uno, pero sumándole algunas mortificaciones y sacrificios voluntarios, para colaborar a la redención propia y de otras almas.

– Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

– Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.

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