Actualizado el viernes 14/DIC/18

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

e) LA VIDA INTERIOR AFINA LA PUREZA DE INTENCIÓN DEL ALMA

El hombre de fe juzga las obras de manera opuesta al que vive exteriormente. No mira a su aspecto aparente, sino al papel que desempeñan en el Plan divino y a sus resultados sobrenaturales. Por esa razón se consideran como un simple instrumento de Dios, y le horroriza toda complacencia en sus aptitudes personales, apoyándose en su impotencia y en la confianza en Dios para el triunfo de sus empresas.

De esta forma se afianza en el estado de abandono. En medio de sus dificultades, ¡qué distinta actitud la suya a la del hombre apostólico que no conoce la intimidad de Jesús!

Pero ese abandono suyo, en nada disminuye el ardor que pone en sus empresas, porque obra como si el resultado dependiera únicamente de su actividad y, al mismo tiempo, sólo lo espera de Dios . Ninguna contrariedad le produce la subordinación de todos sus proyectos y esperanzas a los designios incomprensibles de ese Dios que se sirve muchas veces de los reveses más que de los triunfos para el bien de las almas.

Así el alma se encuentra en una santa indiferencia para los fracasos y los éxitos, dispuesta siempre a decir a Dios: Dios mío, Vos no queréis que termine la obra comenzada. Si os place que yo me limite a obrar con generosidad, aunque siempre en paz, y a esforzarme en realizar mi obra, dejándoos a Vos el cuidado de decidir si recibiréis mayor gloria con esa empresa que con el acto de virtud que su fracaso me obligaría a practicar..., que vuestra santa y adorable Voluntad se cumpla una y mil veces, y que ayudado de vuestra gracia pueda yo arrojar lejos de mi toda vana complacencia si os place bendecir mis obras, o que sepa humillarme y adoraros si vuestra Providencia juzga oportuno anular el fruto de mis fatigas.

Ciertamente que el corazón del apóstol tiene que sangrar a la vista de las tribulaciones que sufre la Iglesia; pero no hay semejanza alguna entre sus sufrimientos y los del hombre que carece de espíritu sobrenatural. La prueba está en la actitud y actividad de éste cuando se presentan las dificultades, y en sus impaciencias, abatimiento y desesperación, y, a veces anonadamiento ante las ruinas irreparables. El verdadero apóstol utiliza los triunfos y reveses para aumentar sus esperanzas y ensanchar su alma en el abandono y la confianza de la Providencia. La más mínima porción de su apostolado suscita en él un acto de fe. En todos los momentos de su trabajo, siempre perseverante, encuentra motivo de practicar un acto de caridad, porque el ejercicio de la guarda del corazón le ha capacitado para hacerlo todo con una pureza de intención cada día más perfecta y con un abandono que convierte su ministerio en más impersonal.

Así, a medida que el tiempo pasa, todas sus acciones van impregnándose más de los caracteres de la santidad, y su amor por las almas, tal vez salpicado de muchas imperfecciones, en un principio, va depurándose, acabando por ver en las almas únicamente a Jesús por no amarlas sino en Jesús, para engendrarlas por Jesús para Dios. Filioli met quos iterum parturio, donec formetur Christus in vobis .

(De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)

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