Actualizado el miércoles 6/OCT/21

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

f) La Vida interior, por la Eucaristía, resume toda la fecundidad del Apostolado

El fin de la Encarnación, y en consecuencia de todo apostolado, es divinizar a la humanidad. Christus incarnatus est ut homo fieret Deus . Unigenitus Dei Filius suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit ut homines deos faceret factus homo .
Pero el apóstol se asimila la vida divina en la Eucaristía; mejor dicho en la vida eucarística, o sea en la sólida vida interior que se nutre en el divino banquete. Así lo asegura la palabra perentoria e inequívoca del Maestro: Nisi manducaveritis carnem Filii hominis et biberitis ejus sanguinem, non habebitis vitam in vobis . La vida eucarística es la vida de Nuestro Señor en nosotros, no sélo por el estado de gracia que es indispensable para tenerla, sino, además, por una sobreabundancia de su acción. Veni ut vitam habeant et abundantius habeant . Si el apóstol debe tener una sobreabundancia de vida divina para distribuirla entre los fieles y no encuentra otro manantial que la Eucaristía para tomarla, ¿cómo imaginar que las obras puedan ser eficaces sin la acción de la Eucaristía en aquellos que, directamente o indirectamente, deben ser los dispensadores de esa vida por medio de sus obras?
Es imposible meditar en las consecuencias del dogma de la presencia real, del sacrificio del altar y de la comunión, sin llegar a la conclusión de que Nuestro Señor instituyó este Sacramento con el fin de hacerlo foco de toda actividad, de toda abnegación y de todo apostolado, que sean de utilidad verdadera para la Iglesia. Si toda la Religión gravita en torno del Calvario, todas las gracias de este misterio brotan del altar. Y la palabra evangélica del obrero que no viva del altar, será una palabra muerta, que no podrá salvar a nadie porque sale de un corazón que no está bastante impregnado de la Sangre redentora. Profundo fue el designio del Salvador al explicar después de la cena, sirviéndose de la parábola de la vid y los sarmientos, la inutilidad de toda acción que no esté animada del espíritu interior: Sicut palmes non potest ferre fructum a semetipso, sic neo vos nisi in me manseritis . E inmediatamente indica el valor de la acción, ejecutada por el apóstol que vive la vida interior, es decir, la vida eucarística: Qui manet in me et ego in eo, hic fert fructum multum .
Hic, o sea sólo él. Dios no obra con eficacia sino por él. Es lo que dice San Atanasio: "Nosotros nos hacemos dioses por la carne de Cristo." Cuando el predicador o el catequista conservan en su ser el calor de la Sangre divina, y su corazón está abrasado por el fuego que consume al Corazón Eucarístico, ¡cómo vive, arde e inflama su palabra! Y ¡cómo irradian los efectos de la Eucaristía en una clase, en la sala de un hospital, en un patronato, etc., cuando aquellos que Dios escogió para directores de sus obras reanimaron su celo en la comunión, viniendo a ser verdaderos portadores de Cristo!
La Eucaristía, vida del verdadero apóstol, hace sentir sus efectos incomparables contra el enemigo de nuestra salvación, ya se trate del demonio, tan hábil en retener las almas en la ignorancia o del espíritu soberbio o impuro que trata de emborracharlas de orgullo o de ahogarlas en el fango.
El amor se perfecciona en la Eucaristía. Ese viviente memorial de la Pasión aviva el fuego divino del apóstol cuando iba a apagarse. Le resucita Getsemaní, el Pretorio y el Calvario y le da la ciencia del dolor y la humillación. El obrero apostólico habla a los afligidos en una lengua que les hace participar de los consuelos que se encuentran en esa escuela divina. Tiene el lenguaje, de las virtudes cuyo ejemplar es Jesús, porque cada una de sus palabras es como una gota de la Sangre eucarística, derramada en las almas. Sin ese reflejo de la vida eucarística, la palabra del hombre de obras producirá un efecto momentáneo. Únicamente las facultades secundarias serán impresionadas, y ocupadas las avanzadas de la plaza; pero la ciudadela, que es la voluntad y el corazón, quedará sin ser tomada la mayor parte de las veces.
La fecundidad del apostolado, casi invariablemente, es paralela al grado de vida eucarística alcanzado por el alma del apóstol. Efectivamente, un apostolado será eficaz en la medida en que provoque en las almas la sed de participar frecuente y prácticamente en el divino banquete. Y este resultado no se obtiene sino en la medida en que el mismo apóstol vive en verdad, de Jesús-Hostia.
Semejante a Santo Tomás, que hundía su cabeza ante el tabernáculo para hallar la solución de las dificultades teológicas, el apóstol también se postra allí para confiar al huésped divino todos sus secretos, y su acción sobre las almas es el resultado práctico de sus confidencias con el Autor de la vida.
Nuestro admirable Pontífice y Padre, Pío X, el Papa de la comunión frecuente es también el Papa de la vida interior. Instaurare omnia in Christo  ha sido la primera palabra que dirigió, programa de un apóstol que vive de la Eucaristía y no aprecia más triunfos de la Iglesia que los progresos de las almas en la vida eucarística.
¿Por qué las obras de nuestro tiempo, tan variadas, pero tan estériles, no han regenerado la sociedad? Confesémoslo una vez más; su número es mayor que el de los siglos pasados y, sin embargo, no han logrado impedir que la impiedad arrasara en proporciones alarmantes el campo del padre de familias. ¿Por qué? Porque no están suficientemente en-quistadas en la vida interior, en la vida eucarística ni en la vida litúrgica bien entendida. Los hombres de obras que las dirigen pudieron explayar en ellas su filosofía, su talento y su piedad hasta cierto punto; lograron lanzar algunas llamaradas de luz y adoptar algunas prácticas de devoción. Pero como no bebieron de la fuente de la vida, no pudieron irradiar el calor que doblega las voluntades. En vano hubieran pretendido despertar esas abnegaciones ocultas, pero irresistibles, ni esos fermentos activos de las colectividades, ni esos focos de atracción sobrenatural, que son irreemplazables, y que silenciosa y constantemente propagan el incendio en su torno y penetran con lentitud, pero con seguridad, en todo género de personas que están a su alcance. Su vida en Jesús era muy débil para alcanzar esos resultados.
En siglos pasados bastaba una piedad ordinaria para preservar a las almas del contagio del mal. Pero para el virus actual, que tiene una violencia centuplicada, inoculada por los incentivos del mundo, se precisa un suero vivificador mucho más enérgico. Por carecer de laboratorios capaces de producir contravenenos eficaces, las obras se han limitado a provocar un fervor sentimental manifestado en grandes arranques que se extinguían a poco de nacer, o cuando han logrado mejores frutos, se redujeron a exiguas minorías. Los seminarios y noviciados no han producido esos enjambres de sacerdotes, religiosos y religiosas, bien embriagados del vino eucarístico. Por eso, el fuego que por su conducto debía transmitirse a los seglares piadosos, consagrados a las obras, ha quedado en estado latente. La Iglesia ha contado, no hay duda, con apóstoles evangélicos formados por la vida eucarística, en esa piedad integral, en esa guarda del corazón y en ese celo ardiente, activo, generoso y práctico, que se llama la vida interior.
No es raro calificar de buena y hasta excelente, a una parroquia, porque la gente saluda con respeto al sacerdote, le responde con cortesía, le manifiesta sus simpatías y hasta le presta algunos servicios, aunque la mayor parte de los feligreses trabaje los domingos en vez de ir a misa y no frecuente los sacramentos, con una ignorancia de la Religión pareja de las intemperancias y blasfemias que se escuchan, con el consiguiente quebranto de la moral. ¡Qué desgracia! ¿Y a eso se llama excelente Parroquia? ¿Pueden denominarse cristianos los que hacen una vida totalmente pagana?
¿Por qué nosotros, los obreros evangélicos, que lamentamos esos resultados no vamos con más frecuencia a esa escuela donde el Verbo instruye a los predicadores? ¿Por qué no hemos ido a beber la palabra de vida más a fondo, en esa intimidad de corazones con el Dios de la Eucaristía? Como Dios no hablaba por nuestra boca, ha sido fatal el resultado. No nos extrañemos más de la esterilidad de nuestra palabra.
Las almas no han visto en nosotros el reflejo de Jesús y de su vida en la Iglesia. Para que el pueblo hubiera depositado su fe en nosotros, habría sido preciso que circundase nuestra frente una brillante aureola, a manera de aquella que fulguraba en las sienes de Moisés cuando descendía del Sinaí y llegaba a los israelitas. Aquella aureola era a los ojos de los hebreos, un testimonio de la intimidad del embajador con quien le enviaba. Para el eficaz desempeño de nuestra misión, hubiera sido preciso que apareciéramos ante los demás, no solamente como hombres probos y convencidos, sino iluminados por un rayo de la Eucaristía que descubriese al pueblo, al Dios viviente en nosotros, a quien nada resiste.
Retóricos, tribunos, conferenciantes, catequistas y profesores, hemos cumplido a medias nuestra labor, por no haber reflejado la intimidad de Dios.
Al lamentar los fracasos de nuestras obras, los apóstoles, que sabíamos que en último término el hombre es arrastrado por el deseo de la felicidad, preguntémonos si se vio en nosotros irradiación de la dicha eterna e infinita de Dios, que nos hubiera dado la unión con Aquel que, oculto en el Tabernáculo, es la Alegría de la Corte celestial.
El Maestro tenía bien presente este alimento de la alegría tan necesario a los apóstoles: Haec locutus sum vobis ut gaudium meum sit in vobis et gaudium vestrum impleatur , les dijo acabada la cena, para recordarles hasta qué punto será la Eucaristía el manantial de todas las grandes alegrías de la Tierra.
Ministros del Señor, para quienes el Tabernáculo estaba mudo, el ara frío y la Hostia casi inerte, debimos dejar abandonadas las almas en sus caminos de perdición. ¿Cómo hubiéramos podido sacarlas del fango de los placeres prohibidos? Sin embargo, hemos hablado algunas veces de las alegrías de la Religión y de la buena conciencia. Pero como no supimos llegar hasta la saciedad al beber las aguas vivas del Cordero, no alcanzamos sino a tartamudear cuando hablábamos de aquellas alegrías inefables, cuyas ansias, despertadas por nosotros, hubieran roto las cadenas de la triple concupiscencia, mucho mejor que las frases más terribles sobre el infierno.
Hemos presentado ante las almas ese Dios que es todo Amor, como un legislador austero y un juez inexorable en la sentencia y riguroso en el castigo, y nos hemos callado el lenguaje del Corazón de Aquel que tanto ama a los hombres, porque nuestras efusiones con su Corazón eran tan raras como superficiales.
No carguemos la culpa a la inmoralidad de la sociedad, aunque sea muy grande, porque podemos comprobar la moralización operada en parroquias mucho tiempo descristianizadas, por la dirección de sacerdotes juiciosos, activos, abnegados, competentes y, sobre todo, amantes de la Eucaristía. A despecho de todos los esfuerzos de los ministros de Satanás, esos sacerdotes, pocos por desgracia, facti diabolo terribiles, sacando la fuerza de la fragua de la fuerza, de las ascuas del Tabernáculo, han sabido templar sus armas, tan invencibles, que todos los demonios conjurados no han podido quebrantarlas.
La oración que hacían al pie del Altar no fue estéril, porque pudieron comprender estas palabras de San Francisco de Asís: La oración es la fuente de la gracia. La predicación es el canal que distribuye las gracias que hemos recibido del cielo. Los ministros de la palabra de Dios han sido escogidos por El Gran Rey para llevar a los pueblos lo que ellos aprendieron y recogieron de sus labios, SOBRE TODO AL PIE DEL TABERNÁCULO.
Lo que más alienta nuestra esperanza es ver actualmente una generación de hombres consagrados a las obras, que no se contentan con organizar brillantes comuniones, sino que saben despertar en las almas la verdadera práctica de la comunión frecuente.

 (De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)

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