Actualizado el domingo 1/AGO/21

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS APOSTÓLICAS)

Mensaje sobre el apostolado

IRRADIA LA FIRMEZA Y LA DULZURA.— Los santos han sido a menudo muy severos con el error y la hipocresía. Creemos que San Bernardo, oráculo de su siglo, puede ser citado como uno de los Santos de celo más firme y enérgico. Pero el que lea su vida, verá hasta qué extremo la vida interior había hecho impersonal a este hombre de Dios. Nunca despliega la firmeza de su carácter, sino cuando ha llegado a una persuasión completa de la ineficacia de otros medios. Así, llevado de su gran amor a las almas, y de una inexorabilidad en la defensa de los principios, se le ve pasar de la indignación más santa, que exige remedios, reparaciones, prendas y promesas a una dulzura maternal, para convertir a los que antes combatió implacablemente. Sin compasión para los errores de Abelardo, se convierte en amigo de aquel que ha reducido al silencio.
Cuando no se trata de defender los principios, sino de la oportunidad del empleo de algunos medios, se erige en campeón para impedir que personas eclesiásticas acudan a procedimientos violentos. Se entera de que se pretende llevar a la ruina y acabar con los judíos de Alemania, e inmediatamente deja el claustro y corre en su defensa, predicando la cruzada de la paz. Por eso, en un documento memorable que el Padre Ratisbona cita en la Vida de San Bernardo, el gran Rabino del país expresa su admiración por el Monje de Clairvaux, "sin el cual, dice, ni uno de nosotros hubiera quedado vivo en Alemania". Y conjura a las futuras generaciones israelitas a que no se olviden de la deuda de gratitud que han contraído con el Santo Abad. "Nosotros en esta ocasión somos, decía San Bernardo, los soldados de la paz; el ejército de los Pacíficos. Deo et paci militantibus. La persuasión, el ejemplo y la abnegación son las armas dignas de los hijos del Evangelio."
Nada puede reemplazar a la vida interior para obtener este espíritu impersonal que caracteriza al celo de los Santos.
En Chablais, antes de la llegada de San Francisco de Sales, fracasan todas las tentativas. Los jefes del protestantismo se disponen a emprender una lucha encarnizada. La secta quiere nada menos que matar al Obispo de Ginebra. Este se presenta ante ellos lleno de dulzura y humildad, como un hombre en quien la supresión del YO hace que refleje el amor de Dios y del prójimo. La Historia nos enseña los resultados tan rápidos como inverosímiles de aquel apostolado. Pero también San Francisco de Sales, con ser tan dulce, supo a veces mostrar una firmeza Inexorable, y no dudó en invocar la fuerza de las leyes humanas para confirmar los resultados obtenidos por la suavidad de su palabra y el ejemplo de sus virtudes. Así, aconsejó al Duque de Saboya que tomase severas medidas contra la perfidia de los herejes.
Los santos no hacían sino copiar al Maestro. En el Evangelio, el Salvador se nos presenta acogiendo con gran misericordia a los pecadores; siendo amigo de Zaqueo, y de los publícanos; lleno de bondad con los enfermos, los afligidos y los pequeñuelos. Y sin embargo, a pesar de ser la Dulzura y la Mansedumbre encarnadas, no duda empuñar el látigo para arrojar a los traficantes del templo. Qué severidad y fuerza pone en su expresión cuando habla de Heredes o estigmatiza los vicios de los escribas y de los fariseos hipócritas.
Únicamente en casos excepcionales, y después de haber echado mano de otros medios, o cuando se sabe que son enteramente inútiles, puede recurrirse, lamentándolo, y sólo para evitar el contagio del mal, es decir, a impulsos de la caridad, a otros medios que pudieran parecer violentos.
Fuera de estos casos, y cuando no se trata de defender los principios, la mansedumbre debe dominar en la conducta del obrero evangélico. Decía San Francisco de Sales que se cazan más moscas con una gota de miel que con un cántaro de vinagre.
Recordemos la censura que dirigió el Señor a los apóstoles, cuando ofendidos y humillados en su dignidad, llevados de un celo que no era puro ni desinteresado, quisieron recurrir a la violencia, pidiendo al Señor que arrojara fuego del cielo contra los habitantes de Samaría, que no habían querido recibirlos. El Salvador les contentó: No sabéis de qué espíritu sois (Luc. IX, 55).
Uno de nuestros Obispos, cuya firmeza en defender los principios se ha citado como ejemplo, visitaba recientemente en la capital de su diócesis las familias que estaban de luto a causa de la guerra, Haciéndose todo para todos, fue a llevar sus consuelos a un calvinista que lloraba a un hijo muerto en el campo de batalla, y le dirigió algunas frases cordiales, llenas de emoción. Impresionado por este acto de caridad y humildad, el protestante dijo inmediatamente. "¿Es posible que un Obispo tan noble por su sangre y tan distinguido por su cultura, se haya dignado, a pesar de la diferencia de nuestras religiones, a franquear el umbral de mi modesta casa? El paso que ha dado y sus palabras me han llegado al corazón." El industrial que tiene entre sus empleados a ese padre, agregaba al contarnos el hecho: "En mi opinión, ese protestante está ya medio convertido y, en todo caso, el señor Obispo ha conseguido con su dulzura, en la conversión de ese hombre, lo que no hubiera logrado con las más vivas e interminables discusiones." Ese Pastor de almas manifestó la mansedumbre de Nuestro Señor, y el protestante vio, por decirlo así al Salvador que se le presentaba, y se dijo: Una Iglesia que cuenta con Prelados que tan fielmente reflejan a Aquel que yo admiro en el Evangelio, debe ser la verdadera Iglesia.
La vida interior mantiene al mismo tiempo el espíritu y la voluntad al servicio del Evangelio. Ni la indolencia ni la violencia injustificada deben desviar la dirección del alma que ve y obra en conformidad con el Corazón de Jesús. Su pureza y ardor nacen del impulso de ese Corazón adorable. Ahí está el secreto de sus triunfos.
Por el contrario, la falta de vida interior y, como consecuencia, la exteriorización de las pasiones humanas, explican tantas caídas.



 (De "El alma de todo apostolado", Dom Chautard)

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