Actualizado el lunes 11/FEB/19

Mensaje sobre la oración 

Poner el corazón.

Escribía el apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo, Recomiendo ante todas las cosas que se hagan súplicas, oraciones, rogativas, acciones de gracias (1 Tim. 2.1). Comentando estas palabras, el Doctor Angélico dice que oración es elevar la mente a Dios. Completando esta definición con lo que enseñan recientes catecismos, puede decirse que la oración es la elevación del alma y del corazón a Dios, para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos.

“El gran medio de la oración” - San Alfonso María de Ligorio.

Comentario: 

De esta definición se deduce que no hace bien oración quien repite mecánicamente palabras y más palabras, pero sin poner en ello el corazón. Porque la oración es un elevar el pensamiento y el corazón a Dios, a la Virgen, a los Santos.

Tenemos que reparar bien en este punto, porque muchas veces fallamos aquí, y hacemos distraídamente muchas oraciones pero vacías de amor, porque recitamos como un monólogo, sin darle participación a Dios, y nuestro corazón está más frío que el metal.

La oración debe ser, o debería serlo, como un descanso para el alma, no una tortura, sino un remanso para el corazón, para distenderse y recostar la cabeza cansada sobre el pecho de Jesús. Si la hacemos con oraciones ya hechas, como es el Rosario u otras devociones, no nos olvidemos de recitarlas poniendo amor en ellas, poniendo el corazón.

Recordemos que Dios ve el corazón, y si rezamos pero tenemos odio en él, resentimiento, rencor, entonces nuestra oración no es atendida por Dios, porque para ser escuchados por el Señor, debemos perdonar a todos. Igualmente nunca debemos dejar de orar, porque aunque no seamos perfectos en la oración ni mucho menos, Dios siempre tiene en cuenta nuestra buena voluntad, y nos comprende, y a través de la oración nos alcanza gracias y dones muy grandes, incluso materiales, cuando ellos no estorban a nuestra salvación y santificación.

Recemos como podamos, ¡pero recemos! No nos desalentemos si aparentemente estamos lejos de rezar como debemos, sino lancémonos a rezar como mejor nos salga, recordando que a Dios le agrada mucho la humildad, y que a veces nos deja con las imperfecciones para que aprendamos a ser humildes.

No dejemos nunca de rezar, porque si lo hacemos, muy pronto estaremos perdidos no sólo en el tiempo, sino también en la eternidad.

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