Actualizado el jueves 1/DIC/22

(Sección especialmente dedicada para el Grupo ALMAS REPARADORAS)

Mensaje sobre la reparación

“¡Arrepiéntanse y hagan reparación!” 

Poco después, volví a ver a la Santísima Virgen junto con la Santísima Trinidad. Ella vestía un real atuendo. Bajo sus pies estaba el mundo como un globo. Su figura era majestuosa. Irradiaba una gran humildad y sin embargo era una majestuosa reina. Sus facciones eran tiernas e infinitamente amorosas, pero al mismo tiempo maravillosamente serias. Llevaba un vestido blanco como la nieve, con un lazo azul alrededor de su cintura. Sobre su vestido tenía un manto escarlata con una brillante hebilla dorada; del manto flotaba un velo azul turquesa. Supe que la brillante hebilla dorada representaba su especial relación con la Trinidad. Su cabello castaño estaba partido por el medio y cubierto también con un velo transparente. Llevaba una tiara en la cabeza. En su mano izquierda tenía un cetro y levantó su derecha para bendecir. Las gracias fluían de su mano como una luz que iluminaba el mundo entero, especialmente Hungría, pero fluía ante todo sobre la ahora sufrida y perseguida Iglesia. Bajo su pie vi aplastada la cabeza de la serpiente que se enroscaba alrededor del mundo en una derrota total. La alegría de la Santísima Virgen irradiaba como luz hacia la Santísima Trinidad, que aparecía tenuemente en las alturas. Entonces Ella se volteó hacia mí con amor maternal y lentamente me dijo: “¡Haz reparación! ¡Haz reparación! ¡Haz reparación! Porque sólo de este modo serás merecedora de gracias”. 

(“La Victoriosa Reina del Mundo” - Sor Magdolna) 

Comentario:   

Si queremos obtener gracias, tenemos que hacer reparación, porque por la reparación fluyen las gracias de Dios a las almas. No otra cosa hizo Cristo, que reparó por todos los hombres y obtuvo infinitas gracias. Pero cada hombre debe colaborar con lo que falta a la pasión del Señor, y con su granito de arena, con su macito de sufrimientos, debe obtener de Dios las gracias que Cristo ya nos alcanzó.

No perdamos tiempo y hagamos sacrificios, porque el amor salvará al mundo, y el corazón del amor es el sufrimiento, el sacrificio.

Ahora entendemos por qué los santos hacían tantas penitencias, puesto que las almas se salvan con la oración y la penitencia, y cuando la palabra ya no es eficaz, o para que lo sea más todavía, es necesario ofrecer los propios sufrimientos y cruces para impetrar de Dios la Misericordia sobre las almas.

Si los hombres comenzamos a hacer reparación en serio, entonces se pueden aplazar los castigos tantas veces anunciados, y tantas veces aplazados, porque por uno que repara, se salvan muchas almas y se aplaca la ira de Dios.

Debemos encontrarle la vuelta al sufrimiento y hacer pequeños sacrificios y vivir abnegadamente para que Dios derrame innumerables gracias sobre esta pobre humanidad engañada por Satanás, que sólo busca el placer y el bienestar, y huye del sufrimiento y de la cruz.

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