Actualizado el viernes 19/OCT/18

Milagro Eucarístico

ESTANDARTE EUCARÍSTICO 

Año 1238, Daroca España 

Conquistadas las islas Baleares a la morisma, emprendió D. Jaime I su campaña contra los moros de Valencia. La oportunidad era muy favorable para lograr un feliz éxito, pues peleaban entre sí el emir Zeyd-Abu-Zeyd y el rey moro Ben-Zayán, llamado vulgarmente Zaén, pero la empresa se presentaba algo difícil por la superioridad numérica del ejército enemigo.

Confiando más en Dios que en sus propias fuerzas, se presenta D. Jaime en campaña, e inmediatamente las comunidades de Daroca, Calatayud y Teruel, alistaron tropas que se unieron a las huestes del ilustre Conquistador. Se empezó la conquista por la villa de Burriana, construyéndose luego un sólido castillo, perfectamente atrincherado, en la cima de Codol, y D. Berenguer de Entenza y D. Guillén de Aguillón fueron los encargados de esta fortaleza, desde la cual con los tercios de las tres Comunidades no cesaban de hostilizar al enemigo.

Zaén envió contra ella cuarenta mil infantes y algunos más de caballería para que la arrasasen entrando a sangre y fuego. Salió a recibirles D. Jaime con cuatro mil combatientes de infantería y cuatrocientos caballos, dándose principio a un horrible combate en el que los defensores de la Cruz obtuvieron una muy gloriosa victoria, siguiéndose a este triunfo la toma de la ciudad de Valencia, donde los valientes soldados de Daroca fueron los primeros en colocar la bandera de la fe en la misma puerta de Serranos.

A continuación de este tan memorable hecho de armas trataron, no obstante la justificada ausencia de D. Jaime, de atacar desde las alturas del Codol el castillo de Chío, formidable fuerte que poseían los sarracenos, pero éstos al verse en peligro de sucumbir, desplegaron sus huestes, que pronto rodearon a los cristianos, poniéndoles en el trance de entregarse o morir.

En tan grande apuro les arengó el General con indecible entusiasmo, proponiéndoles para pelear con denuedo, hacer un acto de contrición y recibir los jefes la Sagrada Eucaristía. Al momento se reviste el sacerdote, llamado Mateo Martínez, para celebrar el Santo Sacrificio, y habiendo consagrado las formas, resonaron los alaridos de la morisma que se abalanzaban sobre ellos, pero estos se levantan, empuñan las armas y tiene lugar el choque más sangriento y prodigioso de la campaña. En el ínterin, el capellán sumió la Hostia del Sacrificio y corrió a esconder en una apartada cueva, envuelta en los corporales, las sagradas Formas. La lucha se generaliza, y por espacio de tres horas pelean los cristianos aragoneses con gran bravura, que se hacen dueños del campo, huyendo los moros despavoridos a la vista de tan inaudito valor.

Después de este gloriosísimo triunfo se apresura, el capellán a recoger las santas Formas, y al desplegar los Corporales, estando arrodillados los cinco capitanes con su General para recibir la Comunión, observa con asombro que las Formas se habían convertido en sangre...

Las frentes de aquellos héroes se humillaron, y las lágrimas corrieron por sus mejillas al impulso del respeto y de la emoción más tiernas al ver con sus propios ojos la sangre del mismo Redentor que el cielo les daba en premio de su invencible fe. Extasiados, pues, soldados y capitanes con don tan precioso, se olvidaban de los azares del pasado combate y de que podía rehacerse el enemigo, cuando de repente se vieron nuevamente envueltos por los rabiosos sarracenos, que deseaban vengar la afrenta de su ignominiosa derrota.

En el momento de comenzar la pelea, el sacerdote que había celebrado el Santo Sacrificio, enarboló sobre un palo aquel bendito Corporal, y puesto de pie en la parte más elevada de la fortaleza, lo mostró a los combatientes.

Brillante con los reflejos del sol y azotado por los vientos, ondeaba flotando en el azul de los cielos aquel estandarte maravilloso, coloreado con la preciosísima sangre de Jesucristo y despedía de sus manchas rojizas rayos de luz que infundían terror y cegaban a los moros, al paso que esforzaban a los cristianos, de suerte que entre el convento llamado hoy de Corpus Christi y el castillo de Chío fue tan general el escarmiento, que fuera de unos pocos que huyeron, no quedó ningún moro con vida.

Después de este milagroso triunfo dejó finalmente la media luna aquel hermoso país para no volver jamás a él, debiéndose al Santo Misterio, que hoy día se venera en Daroca, la completa reconquista a la morisma de la Corona de Aragón.

Respecto a la posesión de los Santos Corporales hubo diversidad de pareceres. El general D. Berenguer pretendió tan codiciado Tesoro para la ciudad de Valencia, por haber tenido lugar el prodigio en su territorio. El capitán de Teruel lo reclamaba, por haber salido el más perjudicado por el enemigo. El de Calatayud, por ser el que más contingente de soldados y bienes dio para la guerra, y el de Daroca, por ser hijo de esta ciudad el sacerdote que enarboló el santo estandarte. Por parecerles de mucho peso las razones alegadas, nadie quería ceder del supuesto derecho, lo cual obligó a que se echasen suertes, y tres veces consecutivas fueron favorables a Daroca; pero no satisfechos todavía los ánimos, se dispuso, con universal consentimiento, que se colocaran los prodigiosos Corporales encerrados en una arquilla bien decorada sobre una mula del ejército enemigo y dejada, en la marcha que tomase, a su propio instinto, se cediesen a la Comunidad en cuyo territorio la mula expirase.

Se hizo conforme se había determinado, y empezando la carrera desde el Codol, tomó la cabalgadura el camino de Játiva, siguiéndola el capellán Mateo Martínez y una buena parte del ejército. Pasando por Artiaza se realizó el milagro de la curación de un endemoniado, y en el centro de los confines de Aragón otras muchas maravillas debidas al Santo Misterio que prodigaba sus bondades por los pueblos donde pasaba.

Entró la mula en territorio aragonés siguiendo la no interrumpida carrera sin comer ni beber, y después de cincuenta leguas de jornada, llegó el día 7 de marzo del año 1239 a Daroca, y frente a la iglesia de San Marcos, que más tarde fue de la Santísima Trinidad, cayó de repente exánime y sin vida, dejando a la ciudad de Daroca el Tesoro de los cielos entre los vivas, regocijos y aclamaciones de sus hijos, que muy pronto lo trasladaron con gran solemnidad a la iglesia de Santa María, depositándolo en ella como la gloria mayor de Aragón y timbre más preciado de catolicismo.

Luego se fundó en Daroca una capellanía para que todos los días se dijera Misa del Santísimo Sacramento, y se ordenó que a los 7 de marzo se hiciera cada año una muy solemne procesión con todo el regocijo, música y acompañamiento posible, y porque la gente que cada año concurría a esta fiesta era tanta que no cabía en el pueblo, hicieron fuera de la ciudad una torrecilla donde llevaban los santos Corporales y el sacerdote los mostraba al numeroso concurso.

Hacía ya veintitrés años que así se celebraba la fiesta, y para más autorizarla se enviaron embajadores al Papa Urbano IV a fin de impetrar gracias y favores con que acrecentar más y más la devoción de los fieles al Santo Misterio.

Estaban los delegados en Roma, cuando sucedió el milagro de destilar sangre una Hostia consagrada en Bólsena, y movido el Sumo Pontífice de uno y otro prodigio y de algunas revelaciones que habían precedido, instituyó en 1264 la fiesta del Corpus Christi, encomendando a Santo Tomás de Aquino compusiera el oficio de tan solemne festividad.

En el atrio de la iglesia de Daroca, llamada de los perdones, por el cual entró el Santo Misterio, solía, ocho días antes de la fiesta o algunos después, fijarse un enjambre de abejas como señal de que por allí había pasado el divino Panal, Jesucristo nuestro Redentor.

Casi todos los Monarcas españoles, comenzando por D. Jaime el Conquistador, han reverenciado este augusto Misterio, colmando a su iglesia de regalos y honores hasta obtener fuese nombrada insigne Colegiata, y los Sumos Pontífices han derramado en su favor el tesoro de las mayores gracias espirituales, siendo finalmente declarada Basílica por el Papa León XIII.

 

(Núñez, Antigüedades de Daroca 1º parte, cap. 111. –Lanuza, Historia Ecles. de Aragón. Tomo 1º, lib. II, cap. XIII. – P. Maneel Hernando del Castillo. Hist. de la Orden de Predicadores, 1ª parte, 1. III, c. XXVIII)

(P. Pedro Rivandeira, S. J., Flos Sanctorum)


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