Actualizado el lunes 21/ENE/19

Milagro Eucarístico

GUERREROS CRISTIANOS 

Año 1242 Olmutz Austria 

Corría el año 1242, y las victoriosas hordas de los tártaros, a las órdenes de Beda, su jefe, invadieron las fronteras de la Moravia, y desvasaron la Silesia.

Wenceslao I, rey de Bohemia, había confiado la defensa del margraviato de Moravia al noble Jaroslav de Stersberg, y éste, a la cabeza de 8.000 bohemios, a los cuales se juntaron 4.000 combatientes de la nobleza morava, ocupó la silla de Olmutz, decidido a combatir hasta la muerte.

Muy pronto Olmutz fue cercada en todas direcciones por un ejército numeroso, y los bárbaros, para atemorizar a los sitiados, arrastraban hasta las murallas las cabezas de las víctimas que inmolaban por todas partes. Aquel espectáculo no hizo más que estimular el valor de los defensores de Olmutz, que ardían en deseos de vengar a sus hermanos. Pero Jaroslav juzgó prudente moderar la indignación de sus soldados y esperar la ocasión favorable para caer sobre los sitiadores.

No tardó en presentarse: los tártaros, viendo la aparente inacción de los sitiados, la tomaron por cobardía, y se abandonaron a la molicie y al libertinaje. Jaroslav creyó llegada la oportunidad cuando les vio vagar separados y en diversos sentidos para proporcionarse víveres y reunir un gran botín.

La empresa, no obstante, era arriesgada, y Jaroslav quiso asegurar la protección del cielo. El día de San Juan Bautista, aquel valiente guerrero se trasladó con sus tropas a la iglesia de Corpus Christi y allí purificó su alma con una ferviente confesión, recibiendo, además, el Cuerpo del Señor. Capitanes y soldados siguieron el ejemplo de su jefe; y Jaroslav, viéndoles alimentados con el Pan de los fuertes, les dirigió elocuentes palabras, recordando a sus valientes guerreros lo que debían a la patria, a su santa fe y a la Iglesia Católica. Después dio las órdenes para que todo estuviese dispuesto para la noche próxima. Llegada la media noche, sonó la señal convenida, Jaroslav con sus soldados se puso en marcha.

El número de los bárbaros no les espantaba, iban a combatir en nombre del Señor, ¿Qué digo? El Señor Dios de los ejércitos acompañaba personalmente a los guerreros cristianos.

En efecto: la víspera, cuando el ejército alineado alrededor del altar, recibió el Pan de los ángeles, quedaron en el Copón cinco Hostias consagradas. Jaroslav se acordó del Arca de la Alianza, que conforme a las órdenes de Dios precedía a los israelitas en el combate, y quiso llevar consigo a la batalla aquella sagrada prenda de victoria, más poderosa que el tabernáculo del Antiguo Testamento, y procuró que las santas Hostias, cuidadosamente encerradas en un precioso cofrecito, fuesen conducidas a la cabeza de los combatientes por un sacerdote montado a caballo.

Comenzó la lucha. Seguros de la victoria los soldados de Jaroslav, se precipitaron sobre los centinelas bárbaros y los pasaron a cuchillo; degollaron las avanzadas enemigas que se habían entregado a un profundo sueño, e invadieron el campamento mismo de los bárbaros, quienes entregados a la embriaguez, sólo advirtieron la presencia de Jaroslav cuando la carnicería era espantosa.

Aturdido y sobresaltado Beda por los gritos de alarma, quiso restablecer el orden y apresarse a la defensa: mas por todas partes tropezaba con cadáveres de los suyos, y muy pronto cedió a los formidables golpes de Jaroslav, con quien luchó cuerpo a cuerpo. Hubo, durante muchas horas, una terrible carnicería en aquella multitud de bárbaros.

Por fin, Jaroslav contuvo a sus fatigados soldados. La muerte había causado muchas bajas, pero Olmutz y la Moravia se habían salvado; porque los tártaros aterrados con sus pérdidas, habían huido hasta ganar la Hungría, donde acampaban otras hordas salvajes.

Y sucedió al llegar a Olmutz aquellos victoriosos batallones, que las sacrosantas Hostias aparecieron rodeadas de una aureola resplandeciente, de color de sangre, como para dar público testimonio de que Cristo se había puesto de parte de los valientes guerreros, y por ellos había combatido contra los enemigos de su nombre. 

(El Pilar, año XXI, núm. 1035 Zaragoza, 13 de junio de 1903 – G. Ott, Wunderbare Begebenheiten, pág. 193) 


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