Actualizado el viernes 15/NOV/19

Partículas de Salmos

Cansancio.

Me hallo extenuado de tanto gemir, cada noche inundo en llanto mi almohada, y riego con mis lágrimas el lecho. A causa de todos mis enemigos, van mis ojos apagándose de tristeza, y envejecen. (Salmo 6, 7-8). 

Comentario: 

¿Qué cansancio hay mayor que el de tener numerosos enemigos que lo hacen sufrir a uno? Por eso el salmista dice que sus ojos van apagándose. Y esto es lo que le habrá sucedido al Señor Jesús, que con tantos enemigos suyos, habrá sido tentado por Satanás con el desaliento y el desánimo tantas y tantas veces. ¡Cuánto habrá llorado el Señor! ¡Y que terrible es que Jesús llore por alguien, pues es señal de que su alma está en ruinas y que está en peligro su salvación eterna! Pero lo más trágico es que Jesús, todavía, sigue llorando por las almas que van hacia el precipicio del que no se sale, y no hay nadie que se sacrifique y rece por ellas para salvarlas. Consolemos al Señor, rezando por los pecadores y haciendo sacrificios por ellos para que se salven y den así consuelo a Jesús.

¡Bendito sea Dios!

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LOS SALMOS

Se ha dicho con verdad que los Salmos -para el que les presta la debida atención a fin de llegar a entenderlos- son como un resumen de toda la Biblia: historia y profecía, doctrina y oración. En ellos habla el Espíritu Santo ("qui locutus est per prophetas") por boca de hombres, principalmente de David, y nos enseña lo que hemos de pensar, sentir y querer con respecto a Dios, a los hombres y a la naturaleza, y también nos enseña la conducta que más nos conviene observar en cada circunstancia de la vida.

A veces el divino Espíritu nos habla aquí con palabras del Padre celestial; a veces con palabras del Hijo. En algunos Salmos, el mismo Padre habla con su Hijo, como nos lo revela San Pablo respecto del sublime Salmo 44 (Hebr. 1, 8; S. 44, 7 s.); en otros muchos, es Jesús quien se dirige al Padre. Sorprendemos así el arcano del Amor infinito que los une, o sea los secretos más íntimos de la Trinidad, y vemos anunciados, mil años antes de la Encarnación del Verbo, los misterios de Cristo doliente (SS. 21; 34; 39; 68, etc.) y los esplendores de su triunfo (SS 2; 44; 67; 71; 109, etc.); la historia del pueblo escogido, con sus ingratitudes (SS. 104-106); sus pruebas (SS. 101; 117, etc.); el grandioso destino deparado a él, y a la Iglesia de Cristo (SS. 64; 92-98), etc.

David es la abeja privilegiada que elabora -o mejor, por cuyo conducto el mismo Espíritu Santo elabora- la miel de la oración por excelencia, e "intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom. 8, 26). Todo lo que pasa por las manos del Real Procfeta, dice un santo comentarista, se convierte en oración: afectos y sentimientos; penas y alegrías; aventuras, caídas, persecuciones y triunfos; recuerdos de su vida o la de su pueblo (con el cual el Profeta suele identificarse), y, principalmente, visiones sobre Cristo, "sus pasiones" y "posteriores glorias" (1 Pedro 1, 10-12). Profecías de un alcance insospechado por el mismo David; detalles asombrosos de la Pasión, revelados diez siglos antes con la precisión de un Evangelista; esplendores del triunfo del Mesías y su Reino, la plenitud de la Iglesia, del Israel de Dios; todo, todo sale de su boca y de su arpa, no ya sólo al modo de un canto de ruiseñor que brota espontáneamente como en el caso del poeta clásico, sino a manera de olas de un alma que se vuelca, que 2derrama su oración", según él mismo lo dice (s. 141, 3), en la presencia paternal de su Dios.

Por eso la belleza de los Salmos es toda pura, como la gracia de los niños, que son tanto más encantadores cuanto menos sospechan que lo son. Este espíritu de David es el que da el tono a sus cantos, de modo que la belleza fluye en ellos de suyo, como una irradiación inseparable de su perfección interior, no pudiendo imaginarse nada más opuesto a toda preocupación retórica, no obstante la estupenda riqueza de las imágenes y la armonía de su lenguaje, a veces onomatopéyico en el hebreo.

La oración del salmista es toda sobrenatural, Dios la produce como miel divina, en el alma de David, para que con ella nos alimentemos (Prov. 24, 13) y nos endulcemos (S. 118, 103) todos nosotros. Por eso la entrega el santo rey  a los levitas, que él mismo ha establecido de nuevo para el servicio del Santuario (II Par. caps. 22-26). Y no ya solo como un Benito de Nursia que funda sus monjes y los orienta especialmente hacia el culto litúrgico: porque no es una orden particular, es todo el clero lo que David organiza en la elegida nación hebrea, y él mismo elabora la oración con que había de alabar a Dios toda la Iglesia de entonces... y hoy día la Iglesia de Cristo (cf. el magnífico elogio de David en Ecli. 47, principalmente los vv. 9-12.) ¿Y qué digo, elabora? ¿Acaso no es él mismo quien lo reza y lo canta, y hasta lo baila en la fiesta del Arca, inundado de un gozo celestial, al punto de provocar la burla irónica de su esposa la reina? A la cual él contesta, en un gesto mil veces sublime: "¡Delante de Dios que me eligió... y me mandó ser el caudillo de su pueblo Israel, bailaré yo y me humillaré más de lo que he hecho, y seré despreciable a los ojos míos!... (II Rey. 6, 21 s.).

¿Qué mucho, pues, que Dios, amando a David con una predilección que resulta excepcional aun dentro de la Escritura, pusiese en su corazón los más grandes efluvios de amor con que un alma puede y podrá jamás responder al amor divino? ¿Y cómo no había de ser ésta la oración insuperable, si es la que expresa los mismos afectos que un día habían de brotar del Corazón de Cristo?