Actualizado el jueves 19/MAY/22

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

(de San Alfonso María de Ligorio)

CONSIDERACIÓN 24

Del juicio particular

Porque es necesario que todos
nosotros seamos manifestados
ante el tribunal de Cristo.
2 Cor. 5, 10.

PUNTO 3

En suma: para que el alma consiga la salvación eterna, el juicio ha de patentizar que la vida de esa alma ha sido conforme a la vida de Cristo (Ro. 8, 29). Por este motivo temblaba Job y exclamaba (31, 14): “¿Qué haré cuando Dios se levante a juzgar? Y cuando me preguntare, ¿qué le responderé?”. Reprendiendo Felipe II a uno de sus servidores, que había tratado de engañarle, le dijo severamente no más que estas palabras: ¿Y así me engañáis?... Aquel infeliz se marchó a su casa y murió de pena.

¿Qué hará, pues, qué responderá el pecador a Jesucristo Juez? Hará lo que aquel hombre de que hablan los Evangelios (Mt. 22, 12), que acudió al banquete sin traje de boda. No supo qué contestar, y enmudeció. Las mismas culpas le cerraban la boca (Sal. 106, 42). La vergüenza –dice San Basilio– dará al pecador mayor tormento que las mismas llamas infernales.

Por último, el Juez dictará la sentencia: “Apartaos de mío, malditos, al fuego eterno”. ¡Oh! Cuán terriblemente resonará aquel trueno... –dice Dionisio el Cartujo–. “Quien no tiembla por ese horrendo tronar –exclama San Anselmo–, no está dormido, sino muerto”; y San Eusebio añade que será tan inmenso el terror de los pecadores al oír su sentencia, que si no fueran ya inmortales, al punto morirían.

Entonces, como escribe Santo Tomás de Villanueva, ya no será tiempo de suplicar, ya no habrá intercesores a quienes recurrir. ¿Y a quién acudirán?... ¿Tal vez a su Dios, que despreciaron? ¿Tal vez a los Santos, a la Virgen María?... ¡Ah, no! Porque entonces las estrellas (que son los santos abogados) caerán del Cielo, y la luna (que es María Santísima) no alumbrará (Mt. 24, 29. “María –dice San Agustín– huirá de las puertas de la gloria”.

“¡Oh Dios! –exclama el ya citado Santo Tomás de Villanueva–, con qué indiferencia oímos hablar del juicio, como si no pudiésemos merecer la sentencia de condenación, o como si no hubiéramos de ser juzgados... ¡Qué locura estar tranquilos en medio de tal riesgo!” No digas, hermano mío –nos advierte San Agustín–: ¡Ah! ¿Querrá Dios enviarme al infierno? No lo digas jamás.

Tampoco los hebreos querían convencerse de que serían exterminados, y muchos réprobos blasonaban de que no recibirían las penas eternas. Pero al fin llegó el castigo: “El fin llega, llega el fin...; ahora enviaré mi furor sobre ti, y te juzgaré” (Ez. 7, 6-8).

Pues eso mismo te acaecerá a ti. “Llegará el día del juicio y verás lo ciertas que son las amenazas de Dios”.

Ahora todavía nos es dado a nosotros escoger la sentencia que prefiramos. Y para ello debemos ajustar nuestras cuentas del alma antes que llegue el juicio (Ecl. 18, 19), porque, como dice San Buenaventura, los negociantes prudentes, para no errar, revisan y ajustan sus cuentas a menudo: “Antes del juicio podemos aplacar al Juez; mas en el juicio, no”.

Digamos, pues, al Señor lo que San Bernardo decía: “Quiero presentarme a Vos juzgado ya y no por juzgar”. Quiero, ¡oh Juez de mi alma!, que en esta vida me juzguéis y castiguéis, que ahora es tiempo de misericordia y de perdón; después de la muerte sólo será tiempo de justicia.

AFECTOS Y SÚPLICAS

Si Ahora, Dios mío, no aplaco vuestro enojo, luego no será posible aplacaros. Mas ¿cómo lo conseguiré, habiendo tantas veces despreciado vuestra amistad por viles y míseros placeres? Con ingratitud pagué vuestro inmenso amor... ¿Qué satisfacción meritoria puede ofrecer la criatura por las ofensas que hizo a su Creador?...

¡Ah Señor mío! ¿Cómo daros dignamente gracias por esa vuestra misericordia, que me dispuso medios infalibles de satisfaceros y aplacaros?... Os ofrezco la Sangre y la muerte de Jesucristo, vuestro Hijo, y queda aplacada y superabundantemente satisfecha vuestra justicia. Necesario es, además, mi arrepentimiento...

Sí, Dios mío; me arrepiento de todo corazón de cuantas ofensas os hice. Juzgadme ahora, Redentor mío. Detesto mis culpas sobre todo mal, y os amo sobre todas las cosas con toda mi alma; propongo amaros siempre, y preferir la muerte a ofenderos otra vez. Habéis prometido perdonar al que se arrepiente. Juzgadme, pues, ahora, y perdonadme mis pecados. Acepto la pena que merezco; pero volvedme vuestra gracia, y conservadla en mí hasta la muerte...

¡Oh María, Madre nuestra! Gracias por tantos dones como para mí habéis alcanzado de la divina clemencia. Seguid protegiéndome hasta el fin de mi vida.

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