Actualizado el miércoles 25/ENE/23

Ser santos

No desanimarnos.

Para ser santos necesitamos una gran dosis de ánimo, porque el desánimo tratará de minar nuestros buenos propósitos y nos precipitará en la angustia y la tristeza.

Porque a veces nos damos cuenta de que siempre caemos en las mismas faltas, en los mismos pecados, y no nos tenemos paciencia y estamos a punto de descorazonarnos y tirar todo por la borda. ¡No! No lo hagamos. Escuchemos un ejemplo que nos ayudará a comprender esto:

Había un ermitaño que vivía en una montaña, y otro ermitaño sacerdote que vivía en otra montaña al lado de la primera.

Cuando el ermitaño se iba a confesar con el sacerdote de la montaña vecina, le gritaba desde su montaña “¡Los mismos!”, es decir, que había cometido los mismos pecados que la última vez que se había confesado. Y el sacerdote de la montaña de enfrente lo absolvía y le respondía: “¡La misma!”, es decir, le daba la misma penitencia y el mismo consejo para vencerse.

Y así sucede muchas veces con nosotros, queridos hermanos, que cuando nos vamos a confesar nos damos cuenta que caemos siempre en las mismas faltas y pecados. ¡Pero a no desanimarnos, porque el que persevera, triunfará!

A Dios no le interesa tanto que seamos impecables, sino más bien que seamos humildes. Y por eso muchas veces nos deja esas faltas para que nos humillemos y seamos capaces de seguir combatiendo esas malas tendencias.

Los santos no eran ángeles, sino personas que tuvieron los mismos defectos, y aún más, que los nuestros, pero supieron humillarse y levantarse una y mil veces de sus innumerables caídas. Así que confiemos en Dios y tengámonos paciencia a nosotros mismos.

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