Actualizado el jueves 31/ENE/19

Ser santos

Perseverar en el deseo.

A pesar de que el demonio, el mundo y las pasiones quieran convencernos de que no estamos para la santidad, nosotros tenemos que ser astutos y no oír estas sugerencias diabólicas que quieren desanimarnos a toda costa para hacernos desistir del propósito firme que tenemos de llegar a ser santos.

No somos nosotros solos los que queremos ser santos, sino que es el mismo Dios el que lo quiere, es Dios y nosotros que queremos que sea así, por eso no hay que prestarle oídos al diablo cuando nos trae a la mente todas nuestras faltas pasadas o presentes, y nos dice “Tú no puedes ser santo, tú eres un gran pecador y nada más”. No escuchemos a esta serpiente maldita, porque si dejamos de tender a la santidad, luego el demonio irá por más, sin jamás detenerse hasta que nos haya arruinado la vida material y la espiritual, en lo temporal y en la eternidad.

Al demonio hay que plantársele firme y decirle como le dijo Jesús en el desierto: “¡Apártate, Satanás!”, porque si andamos con vueltas y nos ponemos a dialogar con la tentación, lo más probable es que el diablo se salga con la suya, y si no nos hace caer en pecado, por lo menos nos quiere quitar la paz, nos crea confusión y nos lleva al desaliento y a la desesperanza, y estas últimas dos cosas son nefastas para alcanzar la santidad porque nos hacen bajar los brazos. Así que atención, vigilancia y oración, y un vivo deseo de agradar a Dios, de ser santos.

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