Actualizado el lunes 26/JUL/21

Signos de los tiempos

El Dragón rojo. 

Estamos en el corazón del Apocalipsis, y allí aparece un gran dragón rojo que combate contra la Mujer vestida de sol, la Virgen. Este dragón rojo es el demonio, que en estos últimos tiempos se ha presentado con el error del ateísmo marxista. Este dragón es también el comunismo ateo, y es rojo porque el comunismo usa la guerra y la sangre como instrumentos de sus numerosas conquistas.

También se ve que el dragón arrastra con su cola a una tercera parte de las estrellas del cielo, y estas estrellas son los sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica que, seducidos por el marxismo, caerán en poder del príncipe de este mundo y provocarán un cisma en la Iglesia.

Luego de eso vendrá una gran persecución a los fieles, que serán ayudados por la Virgen y darán testimonio hasta el martirio, ganando con ello el premio merecido en el Cielo.

Preparémonos a estos sucesos con una frecuente oración, especialmente el rezo del Santo Rosario, que es la cadena con la cual será atado este gran dragón del marxismo y el comunismo, que es también el demonio, y el dragón será precipitado al abismo de fuego, de donde ya no podrá salir nunca más, pues el ateísmo será borrado de la faz de la tierra.

¡Ven Señor Jesús!


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Sepan, en primer lugar, que en los últimos días vendrán hombres burlones y llenos de sarcasmo, que viven de acuerdo con sus pasiones, y que dirán: "¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación". Al afirmar esto, ellos no tienen en cuenta que hace mucho tiempo hubo un cielo, y también una tierra brotada del agua que tomó consistencia en medio de las aguas por la palabra de Dios. A causa de esas aguas, el mundo de entonces pereció sumergido por el diluvio. Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos. Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.  (II Pedro 3, 3-9)

(Vea cómo Consagrarse al Corazón Inmaculado de María)