Actualizado el martes 20/AGO/19

Signos de los tiempos

La gran prueba. 

La Virgen ya nos viene advirtiendo que hemos entrado en lo que se llama “la gran prueba”, donde los cristianos y todos los hombres seremos duramente probados, y que si esos tiempos no se abreviaran, nadie se salvaría, ni siquiera los elegidos. Por eso los Ángeles de Dios están marcando en estos tiempos a todos los que deberán salvarse. Si queremos ser de los señalados con este signo, tenemos que consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, ya que la Virgen ha prometido que los que se consagren a su Corazón no perecerán y Ella estará a su lado en los momentos más graves de la prueba. No hay que tener miedo porque todo lo que suceda siempre será querido o por lo menos permitido por Dios. Así que hay que confiar ciegamente en Dios, que no hace nada por odio o maldad sino para sacar un bien mayor, y hasta su justicia es movida por el amor. La humanidad ha tocado el fondo de su perversión y necesita una gran purificación que la renueve completamente de su podredumbre, y así se evite que las almas se sigan precipitando en el Infierno en tan gran número como ahora. Confiemos en María y preparémonos sin miedo pero también sin negligencias, con la oración y la penitencia, armas que siempre son eficaces para retrasar los tiempos difíciles o abreviarlos, y prolongar el tiempo de paz y misericordia.

¡Ven Señor Jesús!


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Sepan, en primer lugar, que en los últimos días vendrán hombres burlones y llenos de sarcasmo, que viven de acuerdo con sus pasiones, y que dirán: "¿Dónde está la promesa de su Venida? Nuestros padres han muerto y todo sigue como al principio de la creación". Al afirmar esto, ellos no tienen en cuenta que hace mucho tiempo hubo un cielo, y también una tierra brotada del agua que tomó consistencia en medio de las aguas por la palabra de Dios. A causa de esas aguas, el mundo de entonces pereció sumergido por el diluvio. Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos. Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.  (II Pedro 3, 3-9)

(Vea cómo Consagrarse al Corazón Inmaculado de María)