Actualizado el martes 7/JUN/22

Verdades olvidadas

Existencia del infierno. 

En primer lugar, os voy a hablar de la existencia del infierno.

Lo hemos oído muchísimas veces: si un personaje histórico conocido del mundo entero (v. gr. Napoleón Bonaparte) viniese del otro mundo y, compareciendo visiblemente ante nosotros, nos dijera: “Yo he visto el infierno y en él hay esto y lo otro y lo de más allá”, causaría en el mundo una impresión tan enorme y definitiva, que nadie se atrevería ya a dudar de la existencia de aquel terrible lugar. ¿Por qué no lo envía Dios, para bien de toda la humanidad?

Señores: los que piden o desean esa prueba no han reflexionado bien; no han caído en la cuenta de que ese hecho que reclaman se ha producido ya, y en unas condiciones de autenticidad que jamás hubiera podido soñar la crítica más severa y exigente.

No voy a invocar el testimonio de alguna revelación privada hecha por Dios a alguna monjita de clausura. Ni siquiera voy a alegar el testimonio de Santa Catalina de Sena o el de Santa Teresa de Jesús, a quienes Nuestro Señor mostró el infierno y lo describieron después en sus libros de manera impresionante. Ni voy a citar, en pleno siglo XX, a los pastorcitos de Fátima, que vieron también, por sus propios ojos, el fuego del infierno. Personalmente yo estoy convencido de la verdad de esas visiones y revelaciones privadas que acabo de citar. Pero nuestra fe católica, señores, no se apoya en estos testimonios de personas particulares, aunque se trate de grandes Santos canonizados por la Iglesia. Nuestra fe se apoya, directamente, en un testimonio mucho más fuerte, mucho más inconmovible. Voy a deciros cuál es el gran testigo de la existencia y de la naturaleza del infierno. Os voy decir quién es.

Trasladémonos con la imaginación a Jerusalén, en la noche del primer Jueves Santo que conoció la humanidad. Ante el jefe de la Sinagoga, reunida en Sanedrín con los principales escribas y fariseos de Israel, acababa de comparecer un preso maniatado: es Jesús de Nazaret. Y el jefe de la Sinagoga, o sea el representante legítimo de Dios en la tierra, el entonces jefe de la verdadera Iglesia de Dios –porque ya sabéis, señores, que el cristianismo enlaza legítimamente con la religión de Israel, de la que es su plenitud y coronamiento: no hay más que una sola Biblia, con su Antiguo y Nuevo Testamento–, el representante auténtico de Dios en la tierra se pone majestuosamente de pie, y, encarándose con aquel preso que tiene delante, le dice solemnemente: “Por el Dios vivo te conjuro que nos digas claramente, de una vez, si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.” Y aquel preso maniatado, levantando con serenidad su rostro, le contesta: “Tú lo has dicho, Yo lo soy. Y os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mt 26, 63-64).

Señores: nadie hasta entonces, en toda la historia de la humanidad, se había atrevido jamás a decir: “Yo soy el Hijo de Dios”, y nadie se ha atrevido a repetirlo de entonces acá. Esa tremenda afirmación, solamente Jesús de Nazaret ha tenido el inaudito atrevimiento de hacerla. Pero ese Jesús, que ha tenido la infinita osadía de decirlo, ha tenido también la infinita audacia de demostrarlo. Una serie de pruebas aplastantes, absolutamente infalsificables, han puesto la rúbrica divina a esa tremenda afirmación: “Yo soy el Hijo de Dios.” ¿Queréis que recordemos unas cuantas?

Un día se acercaba Jesús, acompañado de un gran gentío, a un pueblo llamado Jericó. Y a la entrada del pueblo, en lugar y sitio estratégico de paso, la escena que estamos contemplando todos los días: un ciego pidiendo limosna. El pobrecillo no veía absolutamente nada, pero oyó el murmullo de la muchedumbre que se acercaba, y preguntó: “¿Qué pasa?” “Es Jesús de Nazaret que se acerca”, le contestaron. Y al instante, el pobre ciego comenzó a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Y alargando las manos, que son los ojos del ciego, buscaba con ellas a Jesús. Le llevan ante Él, y le pregunta Jesús con dulzura: “¿Qué quieres?” ¡Pobrecito, qué iba a querer! “Señor, que vea.” Y Jesús pronuncia una sola palabra: “Quiero.” Y al instante se abren los ojos del ciego y comienza a ver claramente (Lc 18, 35-43).

Oculista que me escuchas: tú sabes muy bien lo que significa atrofia del nervio óptico, corteza cervical, ceguera de nacimiento... No tiene remedio, ¿verdad? Pues lo tuvo con una sola palabra de Jesucristo. ¿Qué te parece la prueba?

Otro día se le presenta un hombre cubierto de lepra, con su carne podrida que se le caía a pedazos; y aquella piltrafa humana cae de rodillas ante Jesús y le dice con lágrimas en los ojos: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Y extendiendo Él su mano, le toca diciendo: “Quiero, sé limpio.” Y en el acto la carne podrida del leproso se vuelve fresca y sonrosada como la de un niño que acaba de nacer (Lc 5, 12-13).

Señores: La medicina moderna ha hecho progresos admirables. Pero con todos los adelantos modernos, ¡cuánto cuesta y con qué lentitud se logra la curación de un leproso! El bacilo de Hansen es dificilísimo de vencer, aún hoy, con todos los progresos y adelantos de la medicina. Pero a Cristo le bastó hace veinte siglos una sola palabra: “Quiero”, y al momento desapareció la lepra.

Otro día le seguía una inmensa multitud. Cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Y Jesús les dice a sus apóstoles: “Dadles de comer.” Pero ellos le respondieron: “No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.” Él les dijo: “Traédmelos acá.” Y alzando sus ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los dio a sus discípulos, y estos, a la muchedumbre.

Y comieron todos y se saciaron y recogieron de los fragmentos sobrantes doce cestos llenos (Mt 14, 14-21). ¿Qué os parece?

Otro día dormía Jesús tranquilamente en la barca de sus discípulos. De pronto se levanta un fuerte viento, y la débil barquichuela, bajo los embates de las olas, amenaza zozobrar. Sus discípulos le despiertan atemorizados: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Y Jesús se puso sencillamente de pie y mandó al viento y dijo al mar: “Calla, enmudece.” Y al instante se aquietó el viento y se hizo completa calma. Y sus discípulos se preguntaron asustados: “¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 34-41).

Otro día Jesucristo caminó majestuosamente sobre las olas del mar como sobre una alfombra azul festoneadas de espumas (Mt 14, 25).

Otro día...

¿Para qué seguir? Aquel hombre jugaba con el mar, con los vientos y tempestades, con las enfermedades de los hombres y con las fuerzas de la Naturaleza como Dueño y Señor de todo.

Pero hay todavía, señores, una prueba más impresionante de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Señores: en medicina legal no se admite más que una prueba definitiva de muerte real: la putrefacción. Mientras el cadáver no comience a descomponerse, no podemos tener una seguridad científica y absoluta de que está realmente muerto. Pero cuando empieza a descomponerse, cuando comienza la putrefacción, la muerte real es ciertísima, científicamente segura.

Recordemos ahora la impresionante escena evangélica. Lázaro de Betania, el amigo de Cristo, cae gravemente enfermo. Y sus hermanas Marta y María envían un recado al Maestro, diciéndole: “Señor, el que amas está enfermo”. Jesucristo no acude enseguida; deja pasar dos días después de recibido el aviso. Cuando llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Y cuando Marta le dice llorando a Jesús: “Señor: si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida... El que cree en Mí, aunque hubiese muerto, vivirá”. Se dirige al sepulcro, seguido de una gran muchedumbre. Y ordena: “Quitad la piedra”. Y al instante perciben todos el hedor pestilencial del cadáver putrefacto en descomposición. Y Jesucristo, alzando sus ojos al cielo, pronuncia estas palabras: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea, lo digo: para que crean que Tú me has enviado”. Y diciendo esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!” Y al instante, como un siervo obediente cuando su amo le da una orden, el cadáver putrefacto de Lázaro se presentó delante de todos lleno de salud y de vida.

Señores: el milagro, por definición, trasciende las fuerzas de toda naturaleza creada y creable. Solamente Dios, Autor de la Naturaleza, o alguien en nombre de Dios, puede suspender sus leyes inmutables. Ahora bien: Jesucristo hacía los milagros en nombre propio, no en nombre de Dios. Cuando invoca a Dios le llama Padre, y le invoca no para pedirle el poder de hacer milagros, sino únicamente para que los que le rodean crean que ha sido enviado por Él.

Jesucristo tuvo la osadía de decir que era el Hijo de Dios, pero lo demostró de una manera aplastante y definitiva. El mismo Dios se encargó de confirmarlo desde el cielo, cuando en el momento del bautismo de Jesús se abrieron los cielos y se oyó la voz augusta del Eterno Padre, que exclamaba: “Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo puestas mis complacencias”. (Mt 3, 16-17).

Pues bien: ese que es el Hijo de Dios, ese que ha venido del cielo y sabe perfectamente lo que hay en el otro mundo, ése nos dice veinticinco veces en el Evangelio que existe el infierno y que es eterno, que no terminará jamás. “Que venga alguien del otro mundo a decirlo”. ¡Ya ha venido! Y nada menos que el que dijo y demostró que era el Hijo de Dios. ¿Comprendéis ahora la increíble insensatez de la carcajada volteriana negando la existencia del infierno? Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se les antojen a los incrédulos.

 (De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)

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