Actualizado el miércoles 5/DIC/18

Vivir el Evangelio

Sólo Dios permanece. 

Ésta es una gran verdad que deberíamos meditar de día y de noche y todos los días, porque sólo Dios permanece, y todo lo demás es pasajero y limitado.

Pasajero y limitado es este mundo, del que a veces estamos tan enamorados; como limitados y caducos son nuestros bienes materiales. E incluso nuestros queridos parientes y amigos, también son limitados y mortales.

Este pensamiento y meditación, lejos de traernos pesimismo a nuestra vida, nos debe hacer tomar conciencia del momento presente, para saber aprovecharlo y buscar lo que realmente importa, es decir, a Dios, porque con Él, lo tenemos todo, y en Él recuperaremos, en la eternidad, todos los bienes y afectos que son tan queridos para nosotros.

Cuando estemos en medio del trajín de nuestra vida de cada día, hagamos un alto y elevemos la mirada al Cielo, y recordemos que sólo Dios ES, y que nosotros, junto con el mundo y las personas, somos finitos.

Si hacemos así, entonces miraremos las cosas con los ojos de Dios, con los ojos de la fe, y no desperdiciaremos el tiempo en vanidades, sino que lo aprovecharemos para hacer el bien, sabiendo que sólo nos llevamos al otro mundo las obras, las buenas para el premio, y las malas para el castigo.

El tiempo de vida se pasa rápido, aunque a veces parezca largo debido a la tristeza de la pérdida de seres queridos o desgracias y pruebas. Pero ¡qué pronto viene la muerte! Entonces hay que hacer acopio de buenas obras y levantarnos de cada caída como Jesús camino al Calvario, y seguir al Señor hasta la cruz y la muerte, para recibir también nosotros el premio de la Vida eterna: gozar de Dios por los siglos de los siglos, y con Él, de todos nuestros seres queridos.

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Todos los males individuales, familiares, nacionales y mundiales, vienen de no practicar lo que dice el Santo Evangelio.

Ya lo dice Jesús mismo, que el hombre que escucha sus palabras pero no las practica, se parece a uno que edificó su casa sobre arena, y que al soplar los vientos, desbordarse los ríos y embestir contra la casa, ésta se desmorona y queda una gran ruina.

Pues así sucederá con aquel que oiga o lea el Evangelio, pero que no se esfuerce en practicarlo. Se encontrará que al final de su vida, su casa, es decir, su alma, estará en ruinas. Y ya sabemos para qué son buenas las ruinas, para demolerlas del todo porque no sirven para nada. Y así será para nuestra alma, que será desechada para siempre en el Infierno.

Obrar de acuerdo al Evangelio, es lo que nos hará felices en el Cielo y ya desde esta vida, porque no hay nadie que sea más feliz que aquél a quien su conciencia no le reprocha nada.

Y por otro lado, quien no actúe de acuerdo al Evangelio, será infeliz para siempre en el Infierno, y su infelicidad ya comenzará desde esta vida terrena.

Por eso en esta sección, creada el 11 de Septiembre de 2011, iremos exponiendo las enseñanzas del Evangelio y el modo de llevarlas a la práctica en nuestra vida cotidiana, para hacerlas carne en nosotros y así edificar la casa sobre roca.