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LA FE

 

(Dictado a María Valtorta)

26 de agosto de 1943 

Dice Jesús:

“Es tal la belleza, la potencia, la fuerza de la Fe que sólo podréis entender su plenitud en el Cielo. Aquí abajo no tenéis más que un pálido reflejo, incluso en las almas más invadidas de Fe. Pero este reflejo es ya tan amplio que basta para dar una orientación a toda una vida y conducirla derecha derecha hacia Mí.

Hablo de la Fe. De la verdadera Fe. De mi Fe. No hay sino un Dios, no hay sino un Cristo, no hay sino una Fe.

Esta verdadera Fe que ha nacido con el hombre, habitante de la Tierra, única flor en el desierto y en el exilio del primer hombre y de su descendencia, que se ha perfeccionado en los siglos, alcanzando la plenitud con mi venida –sello, que no miente y que no se puede desmentir– a la fe de los patriarcas y de los profetas, esta Fe que custodia la Iglesia, depositaria de los tesoros del Verbo, no es cambiable, porque comparte con su Creador los atributos de inmutabilidad y de perfección.

Fíjate bien. ¿Qué aseguraba la Fe a los antiguos padres? Mi venida, acto de una caridad tan excelsa que sólo él basta para dar seguridad en un Dios, Padre del género humano. Aseguraba la vida eterna reservada a todos los que han muerto en el Señor y anunciaba eterno castigo a los transgresores de la Ley del Señor. Aseguraba nuestra Una y Trina Entidad. Aseguraba la existencia del Espíritu Santo del que viene toda sobrenatural luz espiritual.

¿Qué asegura la Fe de los cristianos, desde hace 20 siglos hasta ahora? Las mismas cosas. ¿Acaso he cambiado Yo la Fe? No. Al contrario la he confirmado y la he construido alrededor la roca fuerte de mi Iglesia Católica, apostólica, romana, en la que está la Verdad depositada por Mí mismo.

Hasta el último día y el último hombre la Fe es y permanece “aquella”. No puede ser otra. Que si vosotros me decís que el mundo evoluciona, Yo os respondo que tal evolución no es obstáculo a la Fe, sino más bien os debe hacer cada vez más fácil el creer.

Creer no quiere decir ser bobalicones. Creer es aceptar y comprender según la luz de la inteligencia cuanto os viene dicho por los que no han mentido nunca: los santos de Dios, partiendo de los patriarcas; creer es entender a la luz de la Gracia, que plena y abundantemente os he traído, todo lo que aún permanece oscuro a la inteligencia. Creer es sobre todo amar. La credulidad es necia. El creer es santo porque es tener el espíritu obediente a los misterios del Señor.

Bienaventurados los que no cambian su fe. Bienaventurados los que permanecen fieles al Señor. Luz sobre luz es la Fe en un ser. Las cosas, todas las cosas: sean naturales o sobrenaturales, se revelan en una luz de verdad, ignorada por los incrédulos, y el alma sube a las alturas de amor, de veneración, de paz, de seguridad.

No, no se puede describir con palabra humana lo que es la Fe en un corazón. Y no se puede tampoco entender, por parte de los que creen, cuál sea el abismo de terror, de tiniebla, de aniquilamiento de un corazón falto de Fe.

Pero no juzgues nunca a tus desgraciados hermanos incrédulos. Cree también por ellos. Para reparar sus negaciones. Sólo Yo juzgo. Sólo Yo condeno. Sólo Yo premio. Y sólo Yo sé cómo quisiera solamente premiar, porque os amo. Os amo hasta el punto que para poderos salvar he muerto por vosotros, por todos vosotros. Y no me podéis dar mayor alegría que la de salvar vuestra alma: dejármela salvar. Y no me podéis dar mayor dolor que el de querer perder vuestra alma rechazando mi don de salvación.

Ahora piensa tú, María mía, cuánto dolor tiene tu Jesús. Tu Jesús que ve perecer a las almas como flores abrasadas por un viento de fuego que día a día acelera su obra destructora. En verdad te digo que esto es más doloroso que la bárbara flagelación.

Tu Jesús llora, María. Lloremos juntos sobre las pobres almas que quieren morir. Aunque nuestro llanto no las salve, quedará siempre el tuyo como consuelo de tu Jesús, y sé bendita por este consuelo”.

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