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ORACIÓN Y BONDAD DE DIOS

 

(Dictado a María Valtorta)

25 de julio de 1943

Dice Jesús:

“Bien, miremos juntos dos milagros del Evangelio. Pero, dado que Yo soy Dios y hablo con inteligencia divina, no te expondré los milagros como se exponen generalmente, sino que te haré notar el milagro en el milagro.

Comenzamos por la multiplicación de los panes y de los peces.

Mis sacerdotes predican continuamente el poder de Dios que sacia a las multitudes multiplicando la poca comida. Hermoso y dulce milagro. Pero para un Dios que ha multiplicado los soles en el firmamento ¿qué significa la multiplicación de algunas migajas de pan? Yo, Cristo, el Verbo del Padre, os enseño otro milagro en el milagro. Un milagro que también vosotros podéis realizar cuando sepáis alcanzar el poder que se requiere.

¿Cómo obtengo Yo ese milagro? ¿Solo con tocar los panes y partirlos con mis manos de Dios? No. Dice el Evangelio: “...y dio gracias”. He aquí el milagro del milagro. Yo Hijo del Padre, Yo Omnipotente como el Padre, Yo Creador con el Padre, doy gracias. Ruego al Padre, me humillo con un acto de sumisión y de confianza. Yo no me creo dispensado del deber de pedir al Padre Eterno, el cual tiene el deber de socorrer a sus hijos, pero tiene también el derecho de ser reconocido como supremo Señor del Cielo y de la Tierra.

Yo: Dios como Él, me acuerdo de este derecho y cumplo este deber y os lo enseño. Y con el deber de respeto, el de confianza. El milagro de la multiplicación del pan se realiza después de que Yo haya dado gracias al Padre. ¿Y vosotros?

El otro milagro. La barca de Pedro, azotada por vientos contrarios, se inundaba de agua y se ladeaba. Y mis discípulos, con mucho miedo por su vida, se afanaban en enderezar el timón, en atar las velas, en tirar por la borda el agua, el lastre, preparados para arrojar las cestas de los peces y las redes, con tal de aligerar la barca y llegar a la orilla.

Las borrascas en el lago eran frecuentes e imprevistas, y no era para bromear. Muchas veces Yo les había ayudado. Pero aquel día Yo no estaba. No estaba materialmente, con ellos. Pero mi amor estaba con ellos porque Yo estoy siempre con quien me ama. Y los discípulos tenían miedo. Pero –he aquí el milagro– sin ser llamado, no presente, vine para poner paz en las aguas y paz en las almas.

Mi bondad es un milagro continuo, hija, un milagro sobre el que pensáis demasiado poco. Cuando se os presenta este punto evangélico, se os hace notar la potencia de la fe. Pero mi bondad, que se anticipa incluso a vuestras necesidades de discípulos y que sale a vuestro encuentro caminando sobre las aguas de la tempestad, ¿por qué no os la hacen ver?

Mi Bondad es mayor que el Universo, que la Necesidad y que el Dolor; es más vigilante que toda inteligencia humana. Mi Bondad tiene raíces en el amor paterno de Dios. ¿Por qué no venís a ella, no la creéis ciegamente, no tomáis de su infinitud?

Yo estoy con vosotros hasta el final de los siglos. Soy el Espíritu de Dios hecho carne. Conozco las necesidades de la carne, conozco las necesidades del espíritu y tengo la potencia de Dios para ayudar a vuestras necesidades, como tengo el amor que me induce a ayudarlas. Porque soy Uno con el Padre y con el Espíritu, con el Padre de quien procedo y con el Espíritu por quien tomé carne, del Padre tengo el Poder y del Espíritu la Caridad”.

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